Por: CÉSAR MONTÚFAR
Luego de sufrir una contundente derrota el pasado 23 de
febrero, de que la propaganda oficial agotó sus potencialidades persuasivas; de
que el uso indiscriminado de recursos públicos a favor de los candidatos
oficialistas enojó a millones de electores, y que la locomotora presidencial de
arrastre electoral tuvo un efecto contrario al esperado, AP y sus aliados
(mejor dicho el presidente Correa porque una propuesta así jamás pudiera
lanzarse sin su consentimiento o instrucción directa) parecieran haber
encontrado la solución para recuperar su estropeada condición postelectoral.
Ese bálsamo de salvación se llama reelección indefinida; quizá no solo del Primer
Mandatario, sino de todos los elegidos. Así conseguirían el apoyo de los
dignatarios en funciones. Desde la perspectiva del oficialismo, la posibilidad
de la reelección presidencial alivia la ansiedad que hoy les consume al
constatar que el poder se les escapa y que deben hacer algo contundente para
revertir la tendencia hacia el 2017. En verdad, si algo quedó demostrado el
pasado 23F es que AP solo tiene un candidato: Correa, y que si él no se
presenta, el oficialismo corre inmenso riesgo de perder en cualquier elección.
Como un movimiento caudillista, Correa es irreemplazable como ícono, marca,
referente único de AP; cualquier otra opción, por más maquillada que aparezca,
será interpretada por el electorado como un títere, un sustituto sin
independencia, una fachada que esconde la verdadera cara del poder. No habiendo
reemplazo, si Correa no es candidato, el correísmo sabe que sus días están
contados. Pero si lo es, las cosas tampoco están claras. La panacea prevista
tampoco solucionará, quizá solo agrave, los problemas del oficialismo. El
trámite para reformar la Constitución será desgastante y minará la palabra de
Correa, quien en innumerables ocasiones ha rechazado esta posibilidad. A ello
hay que agregar una situación económica en que las vacas gordas empiezan a
enflaquecer; en que creerán las demandas de los gobiernos locales, hoy
mayoritariamente no correístas; en que se vislumbra un aumento de la
movilización social. Se vienen años difíciles en que el correísmo, por primera
vez, debe avanzar con el viento en contra. Pero supongamos que el Presidente es
candidato en el 2017. El 23F también dejó en claro la realidad implacable de
que Correa es derrotable. Su atracción electoral y su carisma están
desgastados, su palabra empieza a sufrir un serio déficit de credibilidad y su
movimiento político, lejos de ser una estructura organizada, se desnudó como un
revuelto de oportunistas, sectarios y acomodados al poder. Más aún, si la
oposición se organiza; si se unifica alrededor de un solo candidato fuerte; si nace
una opción viable, con un convincente proyecto nacional; y el CNE ofrece
condiciones mínimas de equidad, el resultado sería impredecible y Correa podría
irse a su casa. Lo doy firmando. El oficialismo debería sopesar si la
reelección le rescatará de su actual situación o si, más bien, le llevará a
cavar su propia tumba.
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