El escándalo Mangas delata el peor escollo de Moreno
Lenín Moreno paró el deslizamiento de nieve antes de que se vuelva avalancha. Eduardo Mangas, Secretario General de la Presidencia, era un peso muerto en su gabinete. Lo era desde que el portal Focus colgó un audio suyo, de 37 minutos, en el cual hace, en Cuenca, confidencias comprometedoras para el gobierno a gobernadores y otros miembros de la cúpula de Alianza País. Audio que fue profusamente analizado en 4P. Hoy su renuncia, pedida, fue aceptada.
El gobierno quiso ignorar el asunto cuando apenas se destapó. Muchos lo creyeron archivado tras un comunicado de Mangas en el cual admitía ser el autor del audio y libraba de toda responsabilidad a Lenín Moreno por las afirmaciones hechas por él. En la Asamblea, correístas y morenistas se dieron la mano para salvarlo de ser citado por la oposición. Miembros del gobierno quisieron limitar la responsabilidad del esposo de María Fernanda Espinosa convirtiendo los hechos, que él relata en el audio, en interpretaciones que, si se les cree, no representan el pensamiento del Presidente Moreno. Pero decir que Alianza País perdió las dos vueltas, no es una interpretación. Decir que se creó un Frente de Lucha y Transparencia contra la Corrupción, para contrarrestar la Comisión Anticorrupción que había ganado notoriedad, es otro hecho. Decir que el gobierno de Moreno convirtió el diálogo en tontómetro es más que un hecho: es un escándalo. Como decir, igualmente, que habían decidido adoptar en el Ejecutivo una posición pasiva frente al tema de la corrupción.
El caso Mangas creció como burbuja de jabón hasta volverse inmanejable políticamente para el gobierno que no se deshace de él porque eso es lo correcto: se deshace de él en un claro intento de frenar una dinámica absolutamente adversa para Lenín Moreno. Lo cual vuelve a probar que el Presidente toma este tipo de decisiones solo si percibe un peligro inminente de desgaste. De lo contrario, ignora las señales.
El caso de Mangas no es único. Moreno y los miembros del gobierno han actuado de la misma manera, por ejemplo, con Richard Espinosa e Iván Espinel. Los dos casos han sido ampliamente ventilados ante la opinión y en los dos hay informes adversos de la Contraloría General del Estado. En los dos la opinión pública esperaba que el Presidente actúe por principios. No que calcule el nivel de afectación y que lo haga en forma política y utilitaria; es decir, por encima de las conveniencias éticas en el manejo de lo público.
Además, Moreno se jacta de no entrometerse en los decisiones de otros poderes. Pues bien: la Contraloría destituyó a Espinosa y se ratificó. Esto imponía la obligación al Presidente de cumplir con esa decisión: bastaba con retirar el nombramiento de Espinosa como su delegado ante el Consejo Directivo del IESS. No lo hizo y Espinosa disfrazó esta destitución por una renuncia que aún hoy lo mantiene en el IESS. Iván Espinel es ministro y no ha probado todavía cómo logró comprar su casa. En los hechos, Moreno lo protege.
Además, Moreno se jacta de no entrometerse en los decisiones de otros poderes. Pues bien: la Contraloría destituyó a Espinosa y se ratificó. Esto imponía la obligación al Presidente de cumplir con esa decisión: bastaba con retirar el nombramiento de Espinosa como su delegado ante el Consejo Directivo del IESS. No lo hizo y Espinosa disfrazó esta destitución por una renuncia que aún hoy lo mantiene en el IESS. Iván Espinel es ministro y no ha probado todavía cómo logró comprar su casa. En los hechos, Moreno lo protege.
El caso Mangas es una campana de alerta para el gobierno. Es claro que la opinión está cansada del cinismo, doble lenguaje, caretuquismo y otras virtudes propias de Rafael Correa y sus amigos. Es claro que Moreno –so pretexto de difíciles equilibrios para renegociar los factores de poder– ha cerrado los ojos sobre casos evidentes de mal manejo administrativo y ha premiado a ilustres sinvergüenzas del correísmo como Guillaume Long y René Ramírez. El caso de Eduardo Mangas muestra que esa licencia para preconizar una política y aplicar otra, está tocando techo. Lo que era evidente para Moreno, desde que el caso de Mangas reventó, era exigir su renuncia y, además, facilitar sus explicaciones y respuestas sobre lo que dijo en ese audio que nadie sacó de contexto.
Moreno lo renuncia pero no marca puntos en sus activos. Su actitud mas bien delata una estrategia curiosa y contraria a sus propios intereses: jugarse por los amigos, en detrimento de un ejercicio ético y estirar la cuerda, ante la opinión, hasta límites incomprensibles. La salida de Mangas que con su esposa, María Fernanda Espinosa, constituían parte del círculo central del poder, abre la posibilidad de que se tenga que renovar. Eso hace más perentorio un cambio, que se antoja imprescindible, en el gobierno: ser coherente entre lo que dice y lo que hace.
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