domingo, 12 de abril de 2015


Francisco Febres Cordero

Que se gasten nomás

Los de la tercera edad (me incluyo, pues apenas me separan pocos meses para alcanzarla) somos aguantones. Basta ver con qué resignación aceptamos que se nos nombre como adultos mayores, ese horrible eufemismo con el que se trata de esconder lo que en realidad somos: viejos.
Además de aguantones, inservibles. Como hemos sobrepasado la edad útil, ahora solo constituimos una carga y deambulamos por ahí achacosos, macilentos, cojitrancos, si es que todavía deambulamos. Representamos, en último término, el pasado.
De allí que hayamos tomado con alegría la decisión del excelentísimo señor presidente de la República de dejarnos en la estacada para hacer de este un país del futuro, cargado de ilusiones, juvenil, fresco, optimista, capaz de contemplar lo que nosotros, por el glaucoma, por la diabetes, por las cataratas, apenas divisamos a lo largo y ancho de esas inacabables publicidades oficiales que nos muestran un país maravilloso y hacia donde, al llamado de la canción All we need is Ecuador, vienen oleadas de turistas que lo recorren por carreteras impecables y dejan millones de dólares admirando boquiabiertos el cambio de guardia, aplaudiendo alegremente las canciones de las sabatinas, envidiando el paso de las enormes caravanas oficiales y mirando hacia arriba para preguntar si eso que vuela es un pájaro, es Superman o es uno de los aviones del excelentísimo señor presidente de la República.
El que se está construyendo es un país del futuro, algo que nosotros, por un alzhéimer cuyas tenazas ya sentimos que nos aprietan en las sienes, comenzamos a olvidar. Olvidamos los puentes (¿sobre qué ríos están, y el último que se inauguró fue el de la Semana Santa?), olvidamos las escuelas (¿las computadoras son esas de inducción y Mary Zamora es una perseguida o una nueva materia que se enseña en primaria?), confundimos las universidades (¿Yachay tiene cuatro mil alumnos y el sueldo del rector tiene dieciséis mil hectáreas?), olvidamos las consignas (¿los corazones ardientes son los que requieren marcapasos y las manos limpias son las que necesitan lavarse?), y no nos acordamos ni siquiera quién es el que nos gobierna (¿todavía Velasco Ibarra o es García Moreno?). En último término, ¿para qué preocuparse por quienes no obedecen a ese constante llamado de “Prohibido olvidar”, si todo lo olvidamos?
Si olvidamos a qué hora nos toca tomar la pastilla para la artritis, apenas tenemos memoria para recordar que durante treinta, cuarenta años, ahorramos parte de nuestro sueldo. ¿Pero dónde lo pusimos? Ahí creo que estaba, pero no aparece. ¿La María habrá cogido para sus necesidades? Ojalá se haya gastado esa platita, que a ella le ha de servir más, porque ahorrar es una tontería, un error, una torpeza, como escuchamos, con la radio bien pegada a la oreja, que repite el excelentísimo señor presidente de la República que, porque todo lo sabe, sabe que ni nos hemos de dar cuenta si alguien utiliza nuestra plata o no nos paga lo que debe pagarnos.
Por eso me parece muy bien que se gasten nomás ahora nuestros ahorros y los usen para beneficio del futuro. Al fin y al cabo, conque a los viejos inservibles nos dejen por lo menos oler los aromáticos efluvios que dizque salen de El Aromo, nos es suficiente para morir tranquilos.(O)

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