El helicóptero: un colibrí entre las máquinas
Una reflexión lírica sobre el helicóptero y la poesía del vuelo. Fue publicada el 26 de mayo de 1948. Además de sus acostumbradas greguerías, el autor incluye una referencia a Las mil y una noches, especialmente a las alfombras mágicas que años más tarde tendrán una aparición estelar en Cien años de soledad junto a los gitanos que llegan a Macondo.
Yo podría decir: ya vienen los helicópteros. Decir que a nuestro paisaje le está haciendo falta su presencia de pájaro fantástico, legendario. Que los niños campesinos sentirán el rumor de su vecindad por el hilo de las cometas. Que lo verán venir, absortos, abanicando el cielo de los árboles, a posarse sobre la tierra recién arada, a la orilla del agua, como un barco descendido.
Recordaría Las mil y una noches. Diría el hechizo de las alfombras mágicas que con sólo oír una voz se llevaban al hombre por encima de los camellos y las montañas. Anotaría que el viajero iba glorioso, bello y transfigurado, por entre las espadas del aire, respirando un olor de lejanía, mientras soltaba su canción luminosa y ancha como un alfanje.
Podría hablar de la aventura del vuelo. Decir que su embriaguez es la revelación de nuestra escondida bondad. Que cuando sentimos el avión suspendido sobre los hombros del aire, descubrimos inesperadamente que aún nos queda la capacidad de angelizarnos. Recordaría entonces las cosas que hemos visto otras veces desde nuestra elevada estatura arcangélica. Hablar de aquella aldea anónima pastoril, que pasó una vez a la orilla de nuestro viaje. Diría que el vientre de la aldea estaba curvado. Lleno de una gravidez frutal, de un silencio que se parecía en algo al de una madre dormida. Que más allá, desenvuelto, estaba el río indispensable. Y que venía mansamente, habitado de racimos y de niños, como si no corriera el paisaje sino por la memoria de la aldea.
Podría recordar ahora, como aquella vez, lo mucho de falsa, de artificial, que había en esa beatitud. Decir que hay un doloroso desequilibrio entre la velocidad de la máquina y la tranquilidad del espíritu. Que el trepidar de los motores, el ansia de la ruta que se va prolongando hacia el atrás como una sed insaciable, no puede proporcionarnos aquella blancura, aquella limpieza del alma.
Podría, ahora sí, volver al helicóptero. Decir que él tiene sobre el avión no sólo las ventajas de que puede anclar a la ribera de un árbol, descender hasta la espalda de la yerba, quedarse suspendido del aire, pensativamente; sino que tiene -y ésta es la principal- la ventaja de lograr la serenidad. Me acordaría de los pájaros y diría que lo poético, lo musical del helicóptero, es lo poco que tiene de máquina y lo mucho que tiene de colibrí.
Yo podría decir todas estas cosas y mucho más, y quedar al final con la desolada certidumbre de no haber dicho nada.
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