martes, 9 de mayo de 2017

Caretucos, serviles y vitalicios




Felipe Burbano de Lara
En su retirada del poder, el correísmo deja una estela con malas herencias a la sociedad ecuatoriana. Se trata de una suerte de reafirmación final, en los últimos días, de personajes, principios y valores que muestran el lado decadente de la revolución ciudadana.
Empecemos por un par de personajes de comedia, Freddy Ehlers y Carlos Ochoa. Ehlers ha sido, con razón, objeto de mofas y burlas en las redes sociales, que expresan una profunda indignación por su triste desempeño en la función pública. En el lenguaje de las sabatinas se lo podría llamar un caretuco, un aprovechado, un arrimado del poder. Ehlers retrata la insensibilidad e indiferencia de la revolución ciudadana a los malestares, razonables y justificados, de amplios sectores ciudadanos al abuso de la función pública. En términos políticos y filosóficos, retrata la ruina moral del buen vivir, el buen vivir transformado en una felicidad hueca, vacía, superficial, permanente, de abrazar troncos de árboles, pedir minutos de silencio y pasearse en bicicleta por la bella ciudad francesa de Grenoble.
A una nariz de Ehlers, pegadito, Carlos Ochoa. Si Ehlers sepultó el buen vivir, Ochoa glorificó el servilismo del poder, la pérdida de honor y dignidad personal. La última sanción a siete medios privados por no haber publicado el reportaje de Página 12 sobre Guillermo Lasso mostró hasta dónde estaba dispuesto a ir para complacer al caudillo y satisfacer su propio resentimiento hacia los medios. Anunció la sanción con una sonrisa de oreja a oreja, más grande y ancha que el ostentoso ejercicio que hace del poder. Ochoa les recordó a los medios privados quién define el interés público y quién tiene los instrumentos legales para imponérselo a la sociedad.
Correa, por su parte, deja definido lo que Hernán Pérez Loose llamó en esta misma página hace una semana un manual perfecto de la corrupción. Lo que en lenguaje jurídico se entiende como “coima diferida”, a propósito del millón de dólares recibido por el exministro Alecksey Mosquera –hoy preso– por parte de Odebrecht, fue transformado por el presidente en un arreglo entre privados. De ese modo, dejó abierta una amplísima vía para disfrazar la corrupción. Y tan penosa como la declaración presidencial fue la rectificación inmediata de Galo Chiriboga, por pedido de Correa, al supuesto error cometido por la Fiscalía en un boletín de prensa sobre el mismo caso. Chiriboga retrata no solo la cursilería y el mal gusto del poder en tiempos refundacionales, sino la diligente claudicación de la independencia política de las funciones del Estado.
Cierra esta triste estela de huellas la manipulación de las cifras sobre el crecimiento del empleo en el cuarto trimestre del año anterior con el único fin de disfrazar la complejísima situación económica del país y de ese modo no dejar ninguna duda sobre la excepcionalidad de Correa. Nada, absolutamente nada, que pueda opacar la salida triunfante, apoteósica, del líder populista del siglo XXI ecuatoriano. Tan excepcional, tan genial es el líder, que la VI Convención Nacional del movimiento lo despidió declarándolo, en un gesto ideológico de tono decimonónico, su presidente vitalicio. Además de todo, insustituible. ¡Viva la Patria! ¡Hasta la victoria siempre! (O)

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