POR: RODRIGO PESÁNTEZ RODAS
Pero un chileno de prestigio internacional acaba de
llegar a ese alero tempo-espacial con la gloria sobre sus hombros y la
admiración y el reconocimiento de miles de lectores que ávidos de sinrazones encontraron en su
razón desmitificadora, el otro rostro del lenguaje en sus codificaciones
poéticas, éticas y sociales. No hay lugar a dudas. Se trata del poeta Nicanor
Segundo Parra Sandoval ( San Fabián de Alique, 5 de septiembre, 1914).
Chile no ha sido cuna de grandes narradores, pero sí de
poetas universales. La mayor tetrarquía poética de Latinoamérica está en este
país de la “estrella solitaria: Pablo Neruda, Gabriela Mistral, Vicente
Huidobro y Nicanor Parra.
Sus estudios tuvieron ramificaciones a simple vista
distantes de las letras: Mecánica, Matemáticas y Física, que después las fue
desarrollando en su cátedra universitaria dentro y fuera del país. Estas
especialidades dentro del conocimiento humano quizás le dieron esa orientación
espiritual, anímica, de mirar la vida desde otros vértices que unidos a su
vocación indiscutible de poeta lo llevaron a rescatar el innato lenguaje del
verso en la búsqueda de lo sicológico trascendente.
Y no fue el verso sino la prosa la inicial huella de su
hoja de ruta literaria. En 1935 publicó en la Revista Nueva de Santiago, su
cuento Gato
en el camino. Luego, en 1937 sale
a la luz su poemario, Canciones sin nombre, saltando de
la prosa a los renglones versales. Mas, su ruptura con la poesía simbólica,
tradicional, canónica se da en l954 con la aparición de Poemas y
Antipoemas.
A Nicanor Parra lo conocimos en Nueva York en un
conversatorio que él daba en Columbia University, mientras nosotros dictábamos
un seminario sobre Poesía de Ecuador, invitados por el Departamento de Lenguas
Romances de dicha universidad, en 1971. Desde ese alero temporal nació nuestra
amistad que fue alimentándose personalmente cada vez que el poeta chileno
volvía a Nueva York, o cuando estaba de paso a Europa. En su departamento
ocasional, compartíamos amenas charlas sobre los más diversos temas junto a
escritores y amigos suyos. Nunca
faltaba a estas reuniones su
compatriota y poeta y grata amiga nuestra
Raquel Jodorosky. Allí tocamos algunas veces los rasgos, rastros y
rostros de la poesía ecuatoriana, muy poco conocidos por él y casi nada por los
estudiantes de literatura de aquella universidad. Fue entonces cuando le
prometí hacerle llegar un libro que preparaba sobre Siete Poetas de Ecuador
donde por primera vez recogíamos 17 textos de nuestro mayor poeta vanguardista,
Hugo Mayo, igual que de Medardo Angel Silva, Carrera Andrade, Dávila Andrade,
entre otros; texto, que fue el fruto de ese Seminario y que fue distribuido
casi en su totalidad en esa Metrópoli. Cuando le enviamos al poeta ese libro a
Chile, tuvimos la grata sorpresa de recibir una de sus cartas que más nos han
llenado de satisfacción. ¿Por fin!, lo conoció en su escritura a Hugo Mayo, y
la sorpresa mayor nos vino con la poética de Medardo Angel Silva, a quien lo
cataloga, luego de la lectura de sus versos de “Tremendo y Formidable Maestro”. (se adjunta copia de esa carta). La
última vez que nos vimos fue cuando junto a otros poetas de prestigio
internacional se presentó en el Poetry Center de Nueva York, compartiendo y
representando la jerarquía de la poesía latinoamericana junto a Carrera
Andrade, con quien ya manteníamos también una fructífera amistad casi hasta su
muerte. Entre las anécdotas que más recordamos de Nicanor Parra es aquella en
la que en un Congreso Internacional de Poetas en Nueva York, entre los
invitados estaba el poeta chileno Nicanor Parra; y, cuando le tocó intervenir
en la lectura de sus textos poéticos, Jorge Carrera Andrade abandonó la sala.
Sin embargo, cuando se dio la ocasión y en su casa, le interrogamos al autor de La Cuenca
Larga, muy disimuladamente que cual
era su opinión sobre la poesía de Carrera Andrade, nos supo manifestar
que la valoraba en sumo grado, tratándose aún más de un viejo y cordial amigo
en las andanzas literarias por varios países de Europa. En tanto que el poeta
de
La Guirnalda del Silencio, cuando le hacíamos asomar a los textos de
Parra se limitaba en hacer juicios de valor, evadiendo tratar el tema siempre
con respetada actitud. Hoy, después de tantos años vividos y añorados en
compañía de estos dos grandes bardos con quienes compartí amistad, sueños y realidades, seguro estoy,
que son dos escritores con dos visiones diferentes en la estructuración de sus
lenguajes literarios codificantes, pero
indivisibles en su majestad poética.
La antipoesía de Nicanor Parra no es sino la poesía de
siempre mirada y elaborada desde otra dimensión de los lenguajes, es decir: dar
lo máximo con lo mismo. Desmantela la escritura canónica, la saca del sendero
tropológico donde el fulgor lírico ufanaba los estilos, para instaurarla en un
nuevo espacio artístico. Los temas son tratados con chispeante humor, ironías
beligerantes a través del lenguaje popular que lo impide al lector la
identificación emotiva con las situaciones expuestas priorizando la reflexión
sobre los aspectos tratados. Nicanor Parra revolucionó el ambiente literario
con un lenguaje nato, coloquial, en el que tras su aparente prosaísmo aparece
una mirada desmitificadora y a la vez, desgarradora y sabia.
El mayor aporte de Parra a las letras hispánicas es el
haber, como el mismo lo afirma: “Hecho saltar a papirotazos los cimientos
apolillados de las Instituciones caducas y anquilosadas”. En resumen, su
presencia en el panorama de nuestras literaturas obedece a una tradición de
ruptura.
El reflejo internacional de su
yo no lírico sino poético y su transgresión hacia los modelos estatizantes del
lenguaje en su espíritu creativo, tuvieron su respuesta en sus múltiples
reconocimientos de alta jerarquía, contándose entre ellos, el Premio Nacional
de Literatura de Chile, en 1969; el Premio de Literatura Latinoamericana y del
Caribe “Juan Rulfo”, 1951; el Premio “Reina Sofía” de Poesía Iberoamericana,
España, 2001 y el premio Miguel de Cervantes, España, 2011. En algunas
ocasiones fue nominado para el Nobel de Literatura.
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