Casi sesenta años separaron a dos hombres perdidos en el Sahara. Uno regresó para escribir algunas de las páginas más recordadas de la literatura francesa. El otro sobrevivió a una ultramaratón después de que una tormenta de arena borrara literalmente su camino.
El primero fue Antoine de Saint-Exupéry.
El 29 de diciembre de 1935 despegó de París acompañado por su mecánico y navegante André Prévot. Volaban en un Caudron Simoun e intentaban establecer un récord entre París y Saigón. Para cargar más combustible habían prescindido incluso de la radio.
Después de casi veinte horas de vuelo, mientras atravesaban el norte de África rumbo a El Cairo, el avión descendió en la oscuridad y golpeó violentamente una meseta del desierto. Ambos sobrevivieron.
El accidente era solo el comienzo.
Tenían cantidades mínimas de comida y bebida: algo de café, vino, fruta y pequeñas provisiones. No sabían con precisión dónde estaban. Durante los días siguientes caminaron tratando de encontrar alguna señal humana mientras la deshidratación comenzaba a alterar su percepción.
Saint-Exupéry escribiría después sobre espejismos y alucinaciones producidos durante aquella marcha. Cuando sus reservas se habían agotado y ambos estaban cerca del límite físico, una caravana beduina los encontró y les proporcionó ayuda.
La experiencia no desapareció cuando regresó a Francia.
Se convirtió en uno de los episodios centrales de Terre des hommes, publicado en 1939. Cuatro años después apareció El Principito, cuya primera situación resulta imposible separar de aquella experiencia: un aviador sufre una avería y queda aislado en medio del desierto. La propia historia editorial de Saint-Exupéry reconoce el accidente de 1935 como una de las experiencias fundamentales detrás de su obra.
En 1994, el Sahara produjo otra historia extraordinaria.
Mauro Prosperi era un policía italiano y antiguo pentatleta olímpico de 39 años cuando participó en el Marathon des Sables, una prueba de unos 250 kilómetros por el desierto marroquí.
Durante la cuarta etapa estaba entre los primeros cuando apareció una tormenta de arena.
Prosperi siguió avanzando.
Cuando el viento terminó horas después, las referencias del recorrido habían desaparecido y estaba caminando en la dirección equivocada. Un helicóptero de búsqueda llegó a pasar tan cerca que Prosperi pudo distinguir al piloto, pero nadie lo vio desde el aire.
Encontró después un marabú abandonado, una pequeña construcción religiosa que utilizó como refugio. Allí comió huevos de aves y, según su relato posterior, murciélagos crudos. Cuando se quedó sin agua recurrió también a su propia orina.
En aquel lugar ocurrió uno de los episodios más extremos de su relato.
Convencido de que probablemente moriría y preocupado porque su familia pudiera no recibir determinadas prestaciones si nunca encontraban su cuerpo, Prosperi intentó acabar allí con su vida. Años después contó que despertó a la mañana siguiente y descubrió que el sangrado se había detenido rápidamente. Él lo atribuyó a la extrema deshidratación y decidió interpretar que todavía debía seguir caminando.
Abandonó el refugio y avanzó hacia las nubes que veía en el horizonte.
Después encontró huellas, cabras y finalmente una comunidad bereber. Había permanecido perdido aproximadamente nueve días y medio y había terminado en Argelia, a más de 200 kilómetros de la ruta oficial. Cuando recibió atención médica pesaba alrededor de 43 kilos. La historia oficial del Marathon des Sables todavía registra su desaparición de 1994 como uno de los episodios más extraordinarios de la carrera.
Saint-Exupéry y Prosperi entraron al Sahara por razones completamente distintas y separados por casi seis décadas.
Uno buscaba un récord aéreo. El otro intentaba terminar una carrera.
Ambos terminaron descubriendo que, cuando desaparecen las rutas, el agua y cualquier certeza sobre dónde se encuentra uno, sobrevivir puede reducirse a continuar avanzando un poco más.
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