sábado, 15 de agosto de 2026

 Su cabello conservó un calendario de los últimos meses de su vida. Quinientos años después, los científicos aprendieron a leerlo.

En 1999, arqueólogos que trabajaban cerca de la cima del volcán Llullaillaco, a más de 6.700 metros de altura entre Argentina y Chile, encontraron tres niños incas depositados en una plataforma ceremonial.
Entre ellos estaba una adolescente que hoy conocemos como la Doncella de Llullaillaco.
El frío extremo y la sequedad de la montaña habían conservado su cuerpo de manera extraordinaria. Su ropa seguía en su lugar. Su cabello permanecía largo y cuidadosamente trenzado. Cerca de su boca todavía podían observarse pequeños fragmentos de hojas de coca.
Pero una de las historias más sorprendentes estaba escondida precisamente en ese cabello.
El cabello humano crece aproximadamente un centímetro por mes y, mientras lo hace, incorpora señales químicas relacionadas con la alimentación y determinadas sustancias consumidas. Los cerca de 28 centímetros de cabello de la Doncella conservaban así más de dos años de información sobre su vida.
Los investigadores analizaron diferentes segmentos.
Y apareció una cronología.
Aproximadamente un año antes de morir, su alimentación cambió notablemente. Pasó de una dieta relativamente modesta de las tierras altas a consumir alimentos asociados con un estatus más elevado, con mayor presencia de proteínas y maíz.
En ese mismo periodo aumentó también el consumo de hojas de coca.
Había otro detalle todavía más extraordinario.
Junto a los niños se encontraron pequeños paquetes que contenían cabello cortado. Comparando químicamente aquellos cabellos con los que permanecían en sus cabezas, los científicos pudieron establecer que el mechón perteneciente a la Doncella había sido cortado aproximadamente seis meses antes de su muerte.
Alguien lo guardó.
Y aquel cabello viajó con ella hasta la montaña.
Las señales químicas registradas durante sus últimos tres meses también cambiaron, probablemente reflejando el desplazamiento hacia Llullaillaco. En las semanas finales, los análisis muestran que la coca comenzó a consumirse junto con cantidades mayores de chicha, una bebida alcohólica elaborada con maíz.
Finalmente, su cabello fue peinado y trenzado cuidadosamente antes de la ceremonia.
Durante siglos nadie pudo preguntarle qué ocurrió durante aquel viaje.
Sin embargo, parte de la respuesta permaneció creciendo sobre su cabeza.
Cada centímetro guardó un pequeño fragmento de tiempo hasta que, cinco siglos después, la ciencia consiguió leerlo.
La Doncella de Llullaillaco había permanecido en silencio desde el Imperio inca.
Su cabello, en cambio, todavía tenía una historia que contar.


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