lunes, 20 de junio de 2016

Tiempos idos y no volvidos

POR: Felipe Aguilar A.


Publicado en la Revista El Observador (octubre del 2004)

Los barrios reos de ayer – el Vado, el Vecino, Todos Santos – ya lindan con el llamado casco urbano.
EN LOS AÑOS CINCUENTAS en Cuenca no había mucho que hacer. La vida no ofrecía variantes ni diversiones. La gente se levantaba temprano a sus tareas cotidianas e iba a dormir a la misma hora que las gallinas. No se conocía, ni de lejos, la vida nocturna. La ciudad era diminuta . Tranquila. Conventual la llamaban. Sus habitantes eran gentes de alma pacífica y de espíritu acendradamente religioso y conservador. De día estallaba con las luces de un sol sin piedad. De noche, el silencio opresivo, la penumbra, uno que otro tímido neón, los ebrios vivando a Velasco, las voces de los Dávalos y de Olimpo Cárdenas, desde alguna escondida rockola. Dos mercados, cinco o seis colegios fiscales, una veintena de escuelas, una sola universidad.
Hoy, cuando mucho agua ha corrido bajo – y sobre – los puentes, la ciudad ha cuadruplicado su superficie, sus vías, sus servicios y ha multiplicado por siete el número de sus habitantes. Claro, hay problemas de vivienda, pero no hay favelas o villas miseria, no se han formado las ciudadelas de Dios y sin ley, el tugurio sigue en el centro. Los barrios reos de ayer – el Vado, el Vecino, Todos Santos – ya lindan con el llamado casco urbano. La actividad comercial y administrativa se ha descentralizado y ha emigrado hacia las modernas avenidas del sur . Mes a mes, día tras día, se inauguran nuevos centros educativos y por el número de institutos superiores, probablemente es la ciudad más universitaria del mundo, aunque esto no sea timbre de orgullo. Por su historia, por su superficie, por su población, se mantiene como la tercera ciudad del país, pese a que algunos afirman que es Nueva York por los 400.000 ecuatorianos que allí ¿viven?
Pero, ya en la Cuenca de los sesentas, en la ciudad de las cruces – las de El Vado, El Vecino, Todos Santos y San Sebastián la delimitaban en los cuatro puntos cardinales - no todo era sopor, aburrimiento y rutina. Las gentes de la tercera edad y los serios candidatos a ella recuerdan los sitios que, en esos tiempos, los cuencanos frecuentaban. No había vértigo ni opresión por el reloj y los horarios. Los pobladores podían matar sus horas en los cafés y en las fondas ( sí, así se prefería llamar a los restaurantes ). . Uno de ellos, de pronto, se hizo sitio de encuentro de intelectuales y poetas, de bohemios y nocherniegos, de artistas y libre pensadores, de gentes que creían que podían salvar al mundo con un verso, una diatriba, una pincelada, un manifiesto. Privilegiadamente situado junto a la catedral, en el mero centro, el Raymipamba – “18 nudos al sur de la alegría”, como dice el verso de Rubén Astudillo uno de sus asiduos visitantes - reunía a los del grupo Syrma, a algunas gentes obsesionadas y golpeadas por los textos de Kafka y a unos 4 o 5 comunistas, en torno al talento de Paco Estrella para gozar y sufrir con los alfileres de su humor irreverente y total.
Ese era el Raymipamba de los sesentas, el compadreo, el sitio en el que se destilaba el jarabe de pico, el cotilleo, la broma sutil y aleccionadora, la fantasía que llenaba la vaciedad de la realidad, la riqueza verbal, el jaque mate léxico, el juego de palabras, la lengua viperina, el habla cuencana en todo su apogeo, el cantadito, los esdrujulismos, las eres rastreras, los seseos, los voseos, los leísmos, era la Real Academia de la Lengua Cuencana en todo su esplendor. Guardando las siderales distancias el Raymipamba era la versión cuencana del legendario café Tortoni de la gran Buenos Aires de los años veintes. Del Raymi – el apócope lo hace más familiar e íntimo – de la época gloriosa todavía algo queda. Acá, con insólita puntualidad, asisten amigos – les une la edad, les diferencia las profesiones : arquitectos, agricultores, ingenieros, profesores, artistas - que van para viejos, para ver pasar el mundo y consumir, entre carcajadas y bromas, los tintos y las horas que les va quedando. Acá llegan también, cada mañana, dos símbolos de la morlaquía contemporánea: Luis Alberto Luna, cuencano por naturalización, con su atiplada voz y toda su sabiduría o Jefferson Pérez solitario, cordial y sencillo en su grandeza, a contestar todos los saludos y todas las preguntas. Acá llegan oficinistas apuradas, soñadores que cuentan, a quien quiera oírle, el último gran proyecto en el que están empeñados, hinchas del Cuenca que hacen cálculos disparatados sobre lo cerca que está el equipo de quedar campeón, algunos manifestantes que se cansaron de gritar y protestar inútilmente, los empleados de la muy cercana Casa de la Cultura, abogados que se dan un respiro en sus litigios, jueces que quieren un minuto de reflexión antes de emitir la sentencia. Al mediodía, sin embargo, el espacio deja de ser cuencano y se torna cosmopolita. Rostros rubicundos, ojos celestes, cabelleras blondas, ropajes estrafalarios, voces en todos los idiomas – predomina el francés y el inglés, aunque también se escucha hablar a gentes que perecen tener una papa caliente en la boca – gritos altisonantes, órdenes ininteligibles, pedidos gastronómicos insólitos. Es el precio que se debe pagar por el afán de convertirnos en el nuevo destino turístico del país.
Claro, en las épocas que rememoramos, había otros sitios de encuentro y zonas de diversión . La famosa “Escuelita”, por ejemplo, una cantina, más o menos depurada que era absolutamente fiel a su nombre, pues, a los últimos cursos, es decir, a los aposentos más selectos, solamente accedían los que estaban de vuelta de todos los caminos y habían logrado hacer de la trasgresión y la vida bohemia un arte. Entre ellos, en la agonía de los cincuentas estuvieron los redactores de “La Escoba”, un seminario que aparecía cuando “le daba la gana”, un semanario que hacía temblar a los tontos y a los sucios porque, “limpiaba, fijaba, daba esplendor”, un periódico que trabajaba colectivamente sus secciones pero de una manera muy peculiar – por sorteo, uno de los redactores debía permanecer sobrio para registrar y decantar los improntus, las bromas no de todo mansas, las salidas de madre que el resto, con los estímulos del alcohol y su malvado talento, iba desgranando a medida que se consumían las horas y los temas – aunque, individualmente, destacó, el “number one” del humor cuencano de todos los tiempos, Estuardo Cisneros Semería, quien con su boina en la calva, su pañuelito de seda al cuello y, “esta pinta de nazi que Dios me ha dado sin que sepa por qué ni para qué “ nos dejó el legado de su humor limpio y aleccionador y su profundo conocimiento de los seres humanos, sus potencialidades y sus flaquezas. En fin, “La Escoba”, con el poder de la ironía y la eficacia crítica del humor, como bien dicen Claudio Cordero y Adrián Carrasco, cogida entre dos aguas, entre dos maneras de ver el mundo e interpretar la existencia, marca la transición entre la sociedad aristocrática y patriarcal y la nueva mentalidad y actitud burguesa que, para bien o para mal, significa el ingreso de la ciudad hacia la modernidad auténtica.

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