viernes, 17 de abril de 2026

 En los pasillos de la UNAE, donde el viento debería llevar fórmulas pedagógicas y debates sin prisa, a veces se cuela un aroma inconfundible: tinta de campaña. No es que falten cátedras, es que el plan de estudios parece venir en edición aniversario: “Gestión Pública I: cuando la prefectura y el aula se saludan en el corredor”. Entre el Cañar y el Azuay, los prefectos cruzan fronteras con maletines de obra pública y, de paso, dejan un recordatorio de que la gobernanza también se enseña con visitas institucionales. ¿Y la academia? Pues toma apuntes, por si acaso.

En este campus de ideas, la rectoría luce más bien un ministerio en miniatura. Maribel Sarmiento Berrezueta , dicen, lleva el corazón RC tatuado en la carpeta de resoluciones. Gladys Portilla , si la lealtad ideológica fuera un crédito académico, tendría docencia vitalicia y seminario de posgrado. Y por si el currículo no estuviera completo, aparece María Eugenia Verdugo, heredera silenciosa de un ministerio que ya no existe en el organigrama, pero que parece respirar en los memorandos, como si la burocracia tuviera alma y linaje.
¿Será que la UNAE no es una universidad, sino un campus de formación política con prácticas en gestión territorial? Claro, esto es solo sátira. Porque si fuera en serio, habría que preguntar si los exámenes se corrigen con rúbricas pedagógicas o con alineación partidista, y si los congresos académicos incluyen stand de campaña como requisito de acreditación. Pero no, esto es un ejercicio literario para recordar que las aulas deben ser refugios de pensamiento crítico, no extensiones de comités de campaña.
La Revolución Ciudadana, como proyecto histórico, merece ser estudiada, no administrada. Y la academia, como espacio libre, merece respirar sin cuotas de herencia institucional. Que el debate siga, que la ironía sirva de espejo, y que los pasillos de la UNAE vuelvan a oler… bueno, a café, a libros y a preguntas incómodas. Para política, ya hay suficientes sedes.


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