sábado, 28 de febrero de 2026

 


 


 LA NUEVA LEY PARA DEPREDAR LA NATURALEZA, PARA ENTREGAR EN BANDEJA LOS RECURSOS NATURALES DE NUESTRO PAÍS, A LAS EMPRESAS INTERNACIONALES DEVORADORAS DE LA MADRE NATURALEZA. SE LLEVAN LOS MINERALES PRECIOSOS Y NOS DEJAN RÍOS CONTAMINADOS, COMUNIDADES DEVASTADAS, ENFERMEDADES. ES EL NUEVO ECUADOR.

EL OBSERVADOR



viernes, 27 de febrero de 2026

 Cuenca tomada por las bandas delincuenciales, mientras el "Predicador" derrocha el dinero en grandes vallas publicitarias, con la frase: CUENCA, LA CIUDAD MÁS SEGURA DEL ECUADOR".

"Quien te esconde la verdad, ya te está traicionando".
El Observador



 




POR JAIME CEDILLO FEIJÓO
El alcalde de la Cuenca Culta y Patrimonial, Cristian Zamora Matute, va ganando notoriedad, pero no precisamente por ejecutar obras en beneficio de la ciudad, sino por su estilo prepotente y altanero.
Cada cuestionamiento responde con un lenguaje agresivo, violento, digno de un "matón de barrio". Cómo puede ser posible que nos esté pasando esto a los cuencanos, nos preguntamos. Los insultos que lanza el alcalde a los periodistas, a las autoridades, a todo aquel que se atreva a cruzarse en su camino, nos llenan de verguenza y bochorno.
No hay registros, hasta el día de hoy, de un representante de la Atenas del Ecuador, con ese nivel de incultura:
"Hay que tener tres pastillas para ser culto: una para subir la dulzura mientras conversas, otra para bajar la acidez mientras escuchas, y la última para mantener el ánimo cuando te critican". (tomado del libro: La Cultura Inculta).
Un político puede ser demagogo, populista, hasta mentiroso, pero no inculto, que no respete el pensamiento ajeno, que amenaza cuando se le cuestiona por decisiones mal tomadas, por engaños a sus conciudadanos, como el famoso ofrecimiento de dar terminado unilateralmente el contrato (corrupto, leonino, trucho, lesivo), eso decía en campaña electoral, pero ya bien acomodado en la alcaldía, cambió el discurso y terminó el contrato de los fotorradares por mutuo acuerdo, regalando a la empresa cuestionada nada más y nada menos que 3 millones 307 mil dólares, dinero que tendrá que salir del bolsillo de los estafados ciudadanos de a pie.
Y, cuando el concejal Xavier Bermúdez, reclamó por éste y otros contratos direccionados para favorecer a los suertudos, amenazó con juicios penales. Pura boquilla, lanza la piedra y esconde la mano.
Con esa misma parada arrogante, anunció que exhibirá las fotos de jueces, fiscales y policías que no cumplan con la ley. Alguien ha visto esos rostros expuestos en algún cartel público de la urbe agredida por el indigno representante.
Odia la libertad de expresión, pues eso demostró cuando en una rueda de prensa, se inmiscuye en un pleito ajeno para intimidar al periodista que preguntaba amparado en la Constitución. No pregunte estupideces, respondió el iracundo personaje que ganó la alcaldía con apenas el 20 por ciento de los sufragios, lo que significa que un 80 por ciento de los habitantes, le dijeron NO. No, nos gustaría que seas nuestro burgomaestre. El poco tiempo que ha transcurrido desde la posesión hasta estos días, nos ha dado la razón. Es que la sospecha destruye la credibilidad.
Se acaba de mandar otro episodio de sus desacertadas actuaciones públicas, a propósito de un concierto musical que anuncia su cuestionada administración, con motivo de las festividades del carnaval. Esta vez, su incontinencia verbal, recayó en una funcionaria del Ministerio de Salud, que “rechazó las declaraciones de la máxima autoridad del Municipio de Cuenca y exige a esta entidad desistir de la publicidad y promoción de sucedáneos de leche materna o leches infantiles como requisito para ingresar a eventos sociales planificados en su localidad”.
La respuesta del intolerante fue: "despistada, elevada, indolente, poltrona".
En otra muestra más de provocación e irrespeto a las recomendaciones de la autoridad nacional, que los gobiernos seccionales se abstengan de organizar espectáculos públicos, ante la ola de inseguridad que azota al país, con atentados y asesinatos. Ecuador vive un estado de excepción, lo que significa que todos, absolutamente todos, estamos obligados a cumplir estrictamente los decretos presidenciales. Vamos a ver si la ley es para todos.
"Anteriormente, ser culto era motivo de orgullo, y lo contrario resultaba ser muy vergonzoso; hoy en día esa percepción ha cambiado, puesto que el inculto se ha vuelto soberbio, debido a que muchos de ellos se ganan la vida hasta mejor que algunos cuantos cultos". (La Cultura Inculta).
FEBRERO 2024

 


 El 10 de Agosto de 1809 no fue solo el inicio de un levantamiento… fue el grito de un pueblo que decidió no vivir de rodillas.

Hoy, desde esta Asamblea, honro la valentía de quienes encendieron la llama de la libertad, recordando que la independencia no es un hecho del pasado: es un compromiso diario con la justicia, la dignidad y el futuro del Ecuador.
Que nuestra voz siga siendo firme y leal a los sueños de nuestra Patria.
Paco Cepeda, asambleísta alterno de Camila León.


 


 


 


jueves, 26 de febrero de 2026

 CRÓNICA DE UNA ATENAS CON CUCHARÓN

Johnny Jara Jaramillo

Dicen que las ciudades no mueren: se transforman. Y en esa alquimia silenciosa, la antigua “Atenas del Ecuador” ha descubierto una nueva vocación: la expansión volumétrica del orgullo.

Hubo un tiempo en que Cuenca competía en densidad intelectual. Publicaba libros como otros levantan monumentos. Exportaba poetas, estadistas, artistas, con la misma naturalidad con que ahora exporta fotografías aéreas de ollas monumentales.

Imagino a Honorato Vázquez despertando de su bruma republicana, ajustándose el cuello almidonado, observando el certificado de Guinness World Records y preguntando, con esa cortesía severa del siglo XIX:

—¿Y esto mide qué exactamente?

—Litros, señor.

—Ah.

Remigio Crespo Toral, más lírico, tal vez intentaría encontrar metáfora donde ya solo queda vapor. Buscaría en el mote pata una alegoría nacional, un símbolo telúrico, una épica de maíz y cerdo. Pero cuando le explicaran que el mérito radica en haberlo hecho más grande que nadie, quizá guardaría el soneto y suspiraría.

Porque no se trata del plato. El mote pata es tradición, es carnaval, es identidad. Nadie discute su lugar en la mesa. El problema es cuando la mesa se convierte en el altar y el cucharón en la medida del espíritu.

Fuimos declarados Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO no por inflar nuestras recetas sino por la coherencia histórica de nuestras calles, por la continuidad de nuestra arquitectura, por la textura intelectual de nuestra memoria.

Ahora celebramos otra clase de coherencia: la del diámetro.

El récord Guinness no mide calidad cultural. Mide cantidad verificable. Y eso, en sí mismo, no es ni bueno ni malo. Es simplemente una unidad de medida. Como el metro. Como el litro.

El problema empieza cuando la unidad de medida reemplaza al criterio.

Pronto podremos aspirar, con la misma convicción institucional, a otros récords igualmente prometedores:

La biblioteca más silenciosa del mundo.

El archivo histórico más abandonado del planeta.

El presupuesto cultural más invertido en Reguetón.

Quizá entonces sí obtengamos una colección completa de certificados. Podríamos colgarlos en el mismo salón donde alguna vez se discutía filosofía, derecho, diplomacia.

No es nostalgia lo que incomoda. Es la desproporción.

Una ciudad puede celebrar su gastronomía sin reducir su horizonte intelectual al tamaño de una olla industrial. Puede organizar conciertos sin convertir el aplauso en política pública de un alcalde populachero. Puede atraer turismo sin trivializar su herencia.

Pero para eso necesita recordar quién fue antes de decidir quién quiere ser.

Si Atenas hubiera competido por el tamaño de sus banquetes, Sócrates habría terminado vendiendo cucharones.

Y quizá ese sea el verdadero récord:

La velocidad con que una ciudad cambia de métrica y da más importancia al volumen de una olla que al peso específico del conocimiento.


 A los 55 años, se oscureció el rostro con carbón, se vistió con harapos y caminó durante meses por pasos de montaña helados —arriesgando la vida a cada paso— para llegar al único lugar de la Tierra al que tenía prohibido entrar.

Cerca de París, 1868.
Alexandra David-Néel nació en un mundo que ya había decidido su futuro: casarse “como corresponde”, llevar una casa, tener hijos, callar, hacerse pequeña, volverse invisible.
Alexandra tenía otras ideas.
Mientras otras chicas practicaban costura, Alexandra se perdía en museos estudiando arte oriental y civilizaciones antiguas. Mientras ellas aprendían las “buenas maneras” para atraer maridos, ella devoraba libros sobre budismo y filosofía asiática. Mientras soñaban con bodas, Alexandra soñaba con monasterios de montaña que solo había visto en libros y con tierras que nunca había pisado.
De joven, asistió a clases en París para estudiar lenguas orientales y filosofía, algo raro para una mujer en su época. Y cuando una herencia modesta le dio independencia, hizo lo que toda joven francesa “respetable” tenía prohibido:
Se fue a la India. Sola.
Vivió cerca de Madrás, estudiando sánscrito y practicando disciplinas espirituales junto a practicantes serios. Por primera vez, Alexandra sintió que había encontrado un hogar.
Luego el dinero se esfumó.
La realidad la devolvió a Europa. Hizo lo que tantas mujeres prácticas hacían para sobrevivir: se formó en música y se convirtió en cantante de ópera.
Durante años, Alexandra actuó en teatros importantes de Europa —talentosa, exitosa, admirada. Y absolutamente infeliz.
Europa le parecía una jaula dorada. La ópera le parecía interpretar un papel fuera del escenario tanto como sobre él. Se asfixiaba en una vida que se veía perfecta para todo el que miraba desde fuera.
En 1904, con 36 años, Alexandra se casó con Philippe Néel, un ingeniero ferroviario próspero al que conoció en Túnez.
Durante años, lo intentó. De verdad lo intentó: ser la esposa que la sociedad esperaba. Philippe era amable, curioso, generoso. Pero Alexandra se marchitaba por dentro.
En 1911, con 43 años, dijo su verdad: «Me voy. Vuelvo a Asia. No puedo decirte cuándo regresaré».
Lo que Philippe hizo después lo cambió todo.
Dijo que sí.
Aceptó apoyarla económicamente mientras ella seguía su vocación. Seguirían casados —sin divorciarse—, pero ella viviría su verdad en Asia mientras él vivía la suya en Europa. Se escribirían cartas.
Durante las tres décadas siguientes, eso fue exactamente lo que hicieron. Ella viajó y estudió; él envió dinero y cartas llenas de apoyo. Fue un acuerdo que desafiaba las convenciones, pero funcionó —porque Philippe la quiso lo suficiente como para dejarla ser libre.
Alexandra regresó a la India y pasó allí muchos años. Aunque decir “pasó” no alcanza: viajó sin descanso por la India, el Tíbet, China, Mongolia y Japón.
Se convirtió en discípula de maestros budistas. Pasó dos años viviendo en una cueva del Himalaya, meditando y estudiando en condiciones que quebrarían a la mayoría. Dominó el tibetano y el sánscrito. Aprendió prácticas de meditación y disciplinas necesarias para sobrevivir a los inviernos del Himalaya con ropas ligeras.
Adoptó a un joven monje de Sikkim llamado Aphur Yongden. Se convirtió en su hijo, su compañero, su compañero de búsqueda durante décadas.
Y en todo ese tiempo, Alexandra cargó con una obsesión: Lhasa.
La capital prohibida del Tíbet.
El Tíbet estaba cerrado a los extranjeros. Lhasa, en especial, era un lugar vetado: una ciudad sagrada a la que los occidentales no podían entrar. Quienes lo intentaban podían ser rechazados o castigados.
Exploradores occidentales habían fracasado. Hombres con recursos, expediciones, respaldo oficial… todos negados.
Alexandra David-Néel se negó a aceptar lo “imposible”.
Conoció a un monje que había llegado a Lhasa disfrazado. Si él pudo, ella también.
Durante años se preparó. Perfeccionó su tibetano hasta poder manejar dialectos. Estudió el budismo tibetano con suficiente profundidad como para conversar con eruditos. Absorbió costumbres, gestos, rezos, hasta que le salieron naturales.
A finales de 1923, con 55 años, Alexandra y Yongden iniciaron el viaje.
Cruzaron el Himalaya en invierno.
Alexandra se disfrazó de peregrina tibetana pobre. Se frotó carbón y hollín en la cara hasta oscurecerla. Se puso ropa sucia y desgarrada. Se trenzó el pelo al estilo local. Llevó un cuenco de mendiga.
Fingía ser la madre anciana o la sirvienta de Yongden, adaptando el papel según cada encuentro. Caminaba encorvada, imitando el paso lento de una vieja. Mantenía los ojos bajos. Hablaba solo cuando era imprescindible.
Caminaron durante meses por uno de los terrenos más implacables del planeta. Durmieron en cuevas y refugios abandonados. Comieron lo que pudieron mendigar o encontrar. Evitaron caminos principales y controles.
Cuando se cruzaban con autoridades, Alexandra interpretaba su papel a la perfección: una vieja peregrina pobre viajando con su “hijo” para buscar bendiciones en los lugares santos de Lhasa. Demasiado insignificante para llamar la atención. Demasiado miserable para despertar sospechas.
En febrero de 1924, Alexandra David-Néel cruzó las puertas de Lhasa.
Fue la primera mujer occidental conocida por entrar en la ciudad prohibida.
Ella y Yongden permanecieron allí más de dos meses. Vivieron entre peregrinos y monjes. Asistieron a ceremonias sagradas. Visitaron monasterios y observaron una vida religiosa a la que casi ninguna mujer occidental había tenido acceso.
Durante ese tiempo, caminó por las calles de la ciudad más sagrada del budismo tibetano, disfrazada de mendiga, y nadie la descubrió.
Más tarde se marchó —las versiones varían sobre si la descubrieron o si se fue por decisión propia—, pero había logrado lo que expediciones enteras no pudieron: entrar en la ciudad prohibida, permanecer allí un tiempo, aprender, y salir con vida.
En 1925, Alexandra regresó a Francia tras muchos años en Asia. Tenía 57.
Y era famosa.
Se instaló en Digne-les-Bains, en Provenza, y compró una casa a la que llamó “Samten Dzong” (Fortaleza de la Meditación). Allí, escribió.
Sus libros sobre el Tíbet, en especial su relato de la llegada a Lhasa y su obra sobre el misticismo tibetano, se volvieron sensaciones internacionales. Describió el budismo tibetano, prácticas espirituales y experiencias que desafiaban la comprensión occidental de la época.
A lo largo de su vida, Alexandra escribió más de 30 libros sobre budismo, el Tíbet y la filosofía asiática.
Influyó en la generación beat y en otros divulgadores occidentales del pensamiento oriental. Recibió grandes honores en Francia, incluida la Legión de Honor.
Pero, sobre todo, vivió exactamente como eligió.
Philippe murió en 1941, tras apoyarla durante décadas a pesar de verla poco. Ella lo lloró como al compañero que le dio libertad.
Yongden murió en 1955. Alexandra tenía 87 años y quedó devastada. Aun así, siguió escribiendo, estudiando y manteniendo correspondencia con especialistas de todo el mundo.
Alexandra David-Néel murió el 8 de septiembre de 1969, pocas semanas antes de cumplir 101 años.
Vivió más de un siglo. Y pasó casi todo ese tiempo haciendo justo lo que la sociedad insistía en que las mujeres no podían hacer:
Viajar sola. Estudiar saberes prohibidos. Vivir en cuevas. Adoptar a un hijo fuera de los moldes sociales. Dejar a su marido para seguir su vocación. Cruzar el Himalaya con 55 años. Entrar en ciudades prohibidas. Escribir sobre misticismo. Vivir a su manera.
Piénsalo.
En 1868, cuando Alexandra nació, las mujeres no podían votar y el acceso a la educación superior era una rareza. Se esperaba que fueran esposas y madres. Nada más.
Alexandra fue cantante de ópera, estudiosa, practicante budista, exploradora, autora y leyenda.
A los 55 —una edad en la que la sociedad esperaba que fuera una abuela sentada en silencio junto al fuego—, cruzó el Himalaya en invierno, disfrazada de mendiga, para llegar a una ciudad donde ser descubierta podía costarle la vida.
Y lo consiguió.
Su casa en Digne-les-Bains es hoy un museo. El propio dalái lama la visitó en 1982 y en 1986. Sus libros aún se leen y se estudian. Su influencia en la forma en que Occidente se acercó al budismo tibetano es enorme.
Pero quizá su legado más grande sea más simple: demostró que lo único que frenaba a las mujeres de hacer cosas “imposibles” era un mundo empeñado en decirles que eran imposibles.
Alexandra David-Néel se negó a aceptar límites. Se negó a quedarse donde le dijeron que se quedara. Se negó a ser la persona que la sociedad exigía que fuera.
Vivió más de un siglo. Recorrió el mundo. Entró en ciudades prohibidas. Influyó en generaciones. Murió libre.
A los 55, se disfrazó de mendiga y caminó por el Himalaya.
Y en la vejez, seguía escribiendo, seguía estudiando, y seguía negándose a aceptar la visión de otros sobre quién debía ser.
Hay personas que se pasan la vida entera en los espacios “seguros” que la sociedad construye para ellas.
Alexandra David-Néel pasó más de 100 años demostrando que la vida más extraordinaria es la que te niegas a dejar que otros definan.
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