El drama de
la 'Vendedora de rosas', una colombiana que no tuvo niñez
Extractos
del libro del fotógrafo Édgar Domínguez sobre el regreso a casa de Lady
Tabares.
Por: Édgar Domínguez |
Leidy,
con sus hijos Julián y Andrés, al salir de la prisión. Se le concedió casa por
cárcel.
El pasado
Leidy era tan pequeña como vivaz.
Siempre tuvo el cabello largo y muchas pecas, como chispas de oro, en la nariz.
Muy rápido se cansó de los estrujones y regaños de su mamá y empezó a buscar
otras compañías, o salir sola a trabajar.
A los 4 años y medio, las calles son inmensas y la orientación se pierde unas cuadras más allá del hogar. La norma era no pasar las fronteras de Niquitao, un barrio repleto de inquilinatos y callejones, donde florecen las plazas de droga y reinan los jíbaros. El sector en algunas partes amenaza ruina y en otras alberga talleres de mecánica y negocios de pintura en screen.
A los 4 años y medio, las calles son inmensas y la orientación se pierde unas cuadras más allá del hogar. La norma era no pasar las fronteras de Niquitao, un barrio repleto de inquilinatos y callejones, donde florecen las plazas de droga y reinan los jíbaros. El sector en algunas partes amenaza ruina y en otras alberga talleres de mecánica y negocios de pintura en screen.
Salir de allí podría ser un viaje sin
regreso. Por eso, Leidy se quedaba en El Palo, una carrera que atraviesa el
barrio de sur a norte, transitada a diario por miles de carros con destino al
centro de la ciudad. En un semáforo trataba de vender una rosa o algún dulce,
mientras distraía sus ímpetus infantiles tarareando alguna ronda o jugando a la
comidita, con piedras y palos pequeños que conseguía en la calle.
Más allá de Niquitao, la ciudad pasa
de los senderos miserables a la opulencia alucinante con solo caminar algunas
cuadras.
Por la Magdalena, abajo de la avenida
Oriental, se llega a Guayaquil.
Veinte años antes el sector era el
punto de acopio de los buses de la flota Magdalena, que descargaban en ese
lugar a los viajeros de todo el país. Allí abundaban los burdeles, en donde las
prostitutas daban rápidamente placer a los borrachos.
Por muchos años, Guayaquil fue el
centro de la ciudad. El sitio del mercado, las flotas, los bares, las tertulias
y los negocios.
También el del rebusque, las bandas y
las grandes ventas de droga.
A finales de los 80, algunos locales
aledaños a San Diego se transformaron en clubes de striptease. En ellos, muchas
niñas de Niquitao aprendieron a vender su cuerpo.
—La plata está en San Diego —le
repetían a Leidy sus compañeros de semáforo. Niños que la doblaban en edad y le
contaban historias mágicas, de personajes repletos de dinero que andaban en
carros lujosos repartiendo su riqueza. Estos comentarios iban minando su
pequeña voluntad, y cada vez era más difícil negarse a seguir a los muchachos,
quienes la convidaban a aventurarse fuera del barrio.
—¿Entoes qué pelaíta...? Si quiere,
véngase conmigo que yo le pongo cuidado —le dijo una mujer que vivía en el
inquilinato, mientras le extendía la mano ofreciéndole protección.
Para Leidy fue una oportunidad única
de ampliar sus fronteras y conocer todas las fantasías que le habían relatado.
Entonces, por primera vez, tomó una decisión.
Caminaron rumbo al sur, hasta llegar
a la glorieta de San Diego. Solo habían avanzado 5 cuadras y atravesado una
calle, pero para ella fue como traspasar un umbral y sumergirse en un túnel del
que tardaría varios años en salir.
La mujer desapareció sin que Leidy
tuviera claro por dónde quedaba su casa.
Leidy empezó a extrañar a su mamá
mientras caminaba sin rumbo, por la misma acera en que desapareció la mujer.
Nunca tuvo el valor de atravesar la avenida. Un rato después se encontró frente
a una caseta de hojalata, en donde una señora servía cervezas a un grupo de
obreros. Allí se declaró perdida.
El presente
Parece que la vida da otra
oportunidad Leidy no sabía qué pensar. Le era difícil saber si estaba feliz por
el regreso a su hogar o asustada por su repentina salida de la cárcel. Esperó
tanto ese momento que ahora descubría que no estaba preparada para afrontarlo.
En las afueras del Pedregal, sus
amigas hacían una vigilia esperando su salida. Estaban Johan, quien disfrutaba
ya de algunos meses de libertad; Oriana y Gloria, una mujer menuda que conoció
a Leidy mientras iba a visitar a su hermana al penal y se convirtió en su gran
amiga durante los últimos años de prisión. Incondicional con Leidy y empeñada
en su libertad, fue ella quien la contactó con el padre Rodrigo.
Esperaron afuera durante todo el día,
mientras en el patio cuatro había fiesta por la despedida de Leidy. “Todas las
internas se alegraron con mi salida, y muchas me hicieron fila para que les
firmara autógrafos. Decían que tenían que aprovechar porque yo ya me iba, para
llevarles el recuerdo a sus familiares”.
“Algunas me entregaban mensajes o se
me acercaban y me hacían confesiones que jamás me imaginé. Decían que gracias a
mi aprendieron muchas cosas buenas, que les enseñé a luchar por sus derechos, a
respetar y exigir respeto".
Al caer la tarde, dos guardias la subieron a una camioneta blanca, con un furgón a manera de calabozo en la parte de atrás. Allí confinaron por última vez a Leidy, en un cubo metálico que le impidió saludar a sus amigas en la puerta del penal.
Al caer la tarde, dos guardias la subieron a una camioneta blanca, con un furgón a manera de calabozo en la parte de atrás. Allí confinaron por última vez a Leidy, en un cubo metálico que le impidió saludar a sus amigas en la puerta del penal.
“Yo sabía que estaban afuera porque
me llamaron varias veces ese día, preguntándome a qué hora iba a salir, y
cuando iba en el furgón lo único que escuché fueron los voladores que tiraron
saludando mi salida”.
El viaje se le hizo eterno, y las
curvas incesantes de la carretera le generaron un gran mareo. Cuando llegó a su
casa se encontró con una cuadra repleta de vecinos y periodistas. Los
guardianes la bajaron y se tuvieron que abrir paso entre la gente para dejarla
dentro de su hogar.
Los primeros en recibirla fueron sus
hijos Julián y Fernando José. También María Magdalena, Angie y su hermano
menor, Brian. Allá llegaron las amigas que la siguieron desde el Pedregal, y la
casa se llenó de cámaras y micrófonos, todos buscando una declaración de la
‘vendedora de rosas’.
De su casa salió cuando comenzó la
pesadilla de su periplo de prisión en prisión. Tenía 21 años, el cabello largo
y el rostro de niña que exhibió en la película La vendedora de rosas intacto.
Once años, cinco meses y nueve días después, regresó con el pelo corto, unas
gafas que le corrigen su miopía y el rostro endurecido por sus pesares.
Próxima a cumplir 32 años, volvió en
las vísperas de la celebración del día de la madre, y sus hijos sintieron que
en sus corazones revivía la ilusión de tener a su mamá cerca, de compartir con
ella sus sueños infantiles y de encontrar en su regazo calor y consuelo, lo que
no tuvieron por muchos años.
Le cuesta recordar cuántas
entrevistas concedió durante los primeros días de retorno a su hogar. “De mi
personaje en La vendedora de rosas me queda la soledad”, atinó a decir.
Poco a poco, esa soledad comenzó a
reinar de nuevo en su vida. Los periodistas se fueron con su noticia, los
amigos regresaron a sus actividades cotidianas, y su familia empezó a sentir
que las cosas eran diferentes y no sería fácil tener ahora a Leidy en casa.
Para Brian es una hermana que apenas
conoce. Angie permanece ocupada con sus dos hijos y la atención a su marido.
Fernando José estuvo con ella durante los primeros días de su regreso, pero
poco a poco se ha alejado y continúa viviendo en la casa de su abuela paterna,
como lo hizo desde que Leidy fue recluida en prisión.
Julián recién debutó como actor de
televisión y se ilusiona con seguir los pasos de su mamá, mientras María
Magdalena trata de comprender lo que siente al tener a su hija de nuevo en
casa.
Ella pregona una inmensa felicidad,
pero en la intimidad su relación sufre de los altibajos que generan inmensas
heridas que se empeñan en no cerrar, dolores de recuerdos que permanecen en sus
mentes, luego de una vida llena de vértigo y adrenalina.
Una gruesa tobillera negra le
recuerda, con el pito agudo que emite cada 20 segundos, su cuenta aún pendiente
con la justicia. En ese nuevo entorno en el que ahora se siente en soledad,
Leidy descubre cómo irónicamente la casa que le prometió siendo una niña a su mamá,
la misma que recibió de las donaciones de la gente que la admiró por su papel
en La vendedora de rosas, ahora está convertida en su nueva prisión.
Ha llorado, y en ocasiones también
añorado su vida en El Pedregal. “Aquí sigo sola y dependo de otras personas. No
puedo salir ni a la tienda de la esquina y me duele mucho tener que pedir
favores para todo”, se lamenta.
En la pantalla del televisor, una
Leidy pequeña y vivaz es representada por una singular actriz que no supera los
diez años y la lleva a rememorar sus andanzas infantiles. Ella observa callada
y expectante. No puede evitar la ansiedad. Se ha propuesto no llorar y su
rostro se esfuerza por negar cualquier asomo sentimental.
Ella siente que su corazón está duro.
Le cuesta expresar sus emociones y no quiere que nadie se asome a su intimidad.
Mira a la ‘vendedora de rosas’ como una persona ajena, la causante de muchos de
sus males.
Pero cuando encuentra en esa pantalla
el reflejo de momentos fieles de su existencia, los ojos se le encharcan y una
cadena de sentimientos afloran. En ese instante, la mujer fuerte y curtida por
los golpes de la vida se doblega, y la niña que se robó los corazones de todo
un país vuelve a aparecer.
Ahí está Leidy, enfrentada a la
‘vendedora de rosas’, preguntándole todos los porqués de esa vida frenética y
descarnada, por qué tantas alegrías y tan desgarradoras tristezas.
Reprochándole por todo lo que le ha dado y por las cosas que le ha quitado.
El juicio que Leidy le hace a La
vendedora de rosas tiene que ver con las ausencias de las personas que tanto ha
querido. Le pregunta por la vida de Ferney, por ‘el Zarco’, por ‘Murdoc’, por
Sandra, por los muchachos del elenco que anhelaban vivir. También por el
desamor de sus hijos, de su madre, por la indiferencia de sus hermanos, pero
sobre todo por la furia de una sociedad que no le perdona su pasado, que le
reprocha lo que es y la somete a continuar con una existencia atada a ese
collar negro que no para de pitar.
En la pantalla recuerda cómo sus
amigos les huían a sus enemigos que se abalanzaban en carreras frenéticas por
entre los callejones de los barrios populares de Medellín, y siente que así ha
sido su vida, una constante huida, una desesperada carrera contra la suerte
negra en donde se pierde toda esperanza.
En sus ojos se retienen las lágrimas que no quiere dejar correr; en su rostro
se nota la angustia de no saber qué hacer y en silencio se pregunta si en
realidad será muerte vivir tanto.
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