Ni las redes ni el populismo: al MUNA le tumbó el vil negocio
Gonzalo Ortiz
Escritor, periodista y editor; académico de la Lengua y de la Historia; politico y profesor universitario. Fue vicealcalde de Quito y embajador en Colombia.
El oscuro maquiavelismo de Daniel Noboa casi logra que creamos que la proclama dirigida a los ecuatorianos por Roberto Luque anunciando que su Gobierno rechazaba el anteproyecto ganador del concurso para el edificio del Museo Nacional del Ecuador (MUNA), se debía al populismo y a la cobardía.
Casi lo logra.
Un comunicado tan baboso que incluía aquello de que “Los hemos escuchado atentamente y no solo eso, coincidimos con ustedes. El diseño propuesto para el Museo Nacional no es lo que Ecuador necesita, especialmente Quito”, se prestaba a decir que era puro populismo ante la reacción de las redes.
Algunos pelos se vio al maquiavelismo en la mentira de Luque de que el proyecto era del Colegio de Arquitectos del Ecuador, núcleo de Pichincha (CAE-P), pues él bien sabía que el papel del CAE-P fue coordinar un concurso, por lo demás, riguroso, profesional y transparente.
¿No les dio mala espina que el Gobierno se mostrara tan asustadizo ante unas pocas decenas de mensajes en X, Facebook e Instagram? Era raro. Bien raro. Porque al Gobierno le resbala lo que las redes dicen sobre mañoserías como las de Progen y Austral, el desastre de la salud o el fracaso en la seguridad pública.
¿Y no les pareció muy sospechoso que tras solo dos días de una pequeña tormenta en redes (Lupa Media dice que solo 53% de las menciones fueron negativas), Noboa y Luque tuvieran un súbito rapto de sensibilidad democrática y por ello tumbaran un concurso internacional?
Porque no era una decisión pequeña: estaban poniendo en solfa la credibilidad del país y rifando la palabra del Gobierno.
Tenía que haber algo más.
Fue entonces que recordé que el MUNA es parte de una figura municipal llamada Unidad de Actuación Urbanística (UAU) La Pradera.
Las propias bases del concurso señalan que el museo forma parte de esa UAU, concebida como un nodo de renovación urbana con un bulevar peatonal, nuevos espacios públicos y desarrollos inmobiliarios.
Y que detrás del predio del museo se planea construir cinco torres de alrededor de 25 pisos.
¿Qué les interesa a sus constructores? Que esas torres tengan vista a La Carolina y que delante de ellas haya alguna cosita menor, un edificio pequeño, que no les corte la vista ni reduzca el precio del metro cuadrado. Que aquello solo sea un rodapié para sus mansiones; bueno, tal vez no un rodapié, pero un simpático hall de entrada.
Resulta que el proyecto de Campo Baeza y MAODA perjudica ese negocio, porque es una propuesta rotunda, con una masa y una altura considerables, que va a colocarse, con personalidad propia, entre esas torres y el parque.
Frente a torres inmobiliarias de 100 m de altura, el proyecto ganador propone un edificio de 87,5 m con un desarrollo horizontal considerable. Aquello horrorizó a los inversionistas del ladrillo y el cemento. Para ellos, el museo tiene que ser de poca altura, muy arbolado, muy efectista, muy “nice”. Para que no crezca mucho, las reservas patrimoniales tienen que ir a los sótanos (sin importarles las condiciones del nivel freático) y el museíto no ocupar sino una pequeña parte de su lote.
Así que aquello de ser democráticos y escuchar a la gente no es sino un invento, un sainete, consecuencia de que el jurado votó 5 a 2 el lunes 5 por el proyecto de Campo Baeza y no aceptó las presiones del Gobierno para que al proyecto preferido por este quedara en primero o segundo puesto.
Esto se desprende de la entrevista que este lunes 12 hizo el pódcast “Politizados” a Alejandro Zaera Polo, miembro del jurado y destacadísimo arquitecto español. Al conocer la oposición presidencial, dijo, el jurado hizo un video explicando los criterios técnicos con los que se seleccionó la propuesta triunfadora (manejo de la luz, construcción antisísmica, altura y presencia, flexibilidad de los espacios y muchos otros) y lo envió a Noboa. La respuesta que recibieron fue que el presidente aceptaba la decisión por mayoría del jurado.
Pero lo tenían bien planeado: el pretexto fue la reacción de las redes —no descarto que el propio Gobierno, con su granja de trolls, haya amplificado la reacción negativa—. El siguiente paso fue pedir la renuncia a Romina Muñoz, la mejor funcionaria del gabinete y quien ha luchado años para que se construya el MUNA, y prescindir de su equipo, lo que Zaera calificó, con razón, de catástrofe para la cultura del Ecuador.
Eliminado este estorbo, tumbado el proyecto ganador, el campo está libre para el desarrollo inmobiliario, con cualquier museíto minúsculo, hecho a la escala que requieren los inversionistas de la UAU, a través de la ópera bufa que ha inventado Luque quien, con la mayor desfachatez, pone nuevas reglas y nombra un nuevo jurado.
En una muestra de verdadera hidalguía, once equipos participantes en el concurso ya declararon que no acudirán a la nueva convocatoria. Luque dice que nueve han aceptado. “De algo hay que comer”, dirán, vergonzantes y desprovistos de honor.
Pero, hablando de honor y seriedad y carácter, ¿qué autoridad moral les queda a Luque y a Noboa para estafar al ganador e imponer nuevas fases del concurso? Han renegado de un proceso transparente y digno, del que ellos mismos fueron parte y cuyas reglas ayudaron a establecer.
Esto no es solo ligereza irresponsable frente a la cultura, la arquitectura y la institucionalidad del país. Es un desfalco a la fe pública, que comprueba la arbitrariedad de Noboa y profundiza el desconcierto de la ciudadanía ante un régimen que no tiene más norte que lo crematístico y carece de convicciones… porque solo tiene conveniencias.
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