La carta: Querido país, de mis consideraciones
En un Ecuador atravesado por crisis superpuestas, la ciudadanía esperaba una hoja de ruta y un reconocimiento honesto de los límites del gobierno. Lo que ha recibido es una carta que retrata más el malestar de Noboa que el malestar social: un texto que busca disciplinar la conversación pública, blindar decisiones controvertidas y reposicionar al presidente como víctima de una conspiración múltiple.
Por: Gustavo Isch y PLAN V
En La ideología alemana, Marx y Engels enunciaron que «los hombres siempre han elaborado falsas concepciones de ellos mismos, de lo que hacen, de lo que deben hacer y del mundo donde viven». Por supuesto que ni Marx ni Engels, ni quienes tomaron su filosofía como doctrina, escaparon a estos errores. Tampoco, y menos aún, la política ecuatoriana contemporánea.
El error conduce a la ilusión (otro parásito del conocimiento) y la ilusión al error. Quedarse en ese circulo vicioso conduce al autoengaño (self deception). Los factores que hacen que el error y la ilusión persistan y conduzca al fracaso son, por lo general, el egocentrismo, la necesidad de autojustificación, la tendencia a proyectar sobre otro la causa del mal que hacen que cada uno se mienta a sí mismo, sin detectar esa mentira de la cual, no obstante, es el autor. Todo esto conduce a la ceguera voluntaria (a veces involuntaria) de no poder o no querer ver los hechos ni sus relaciones, ni las señales y las evidencias con las cuales la realidad se manifiesta.
Tal vez el ejemplo más cercano de todo esta fenómeno lo han dado dos momentos en la semana pasada, que nacieron del presidente de la República, Daniel Noboa: su carta Al país y el Informe a la Nación.
I. Querido país, de mis consideraciones
La carta difundida por Daniel Noboa en X el 21 de mayo, se presenta como un “mensaje al país” en el que el presidente intenta reagrupar temas sensibles: el conflicto arancelario con Colombia, los cuestionamientos por el caso Progen, el manejo de la salud pública, la guerra contra el crimen y las acusaciones de la oposición política y mediática. No es un texto técnico ni institucional clásico, sino una pieza híbrida: mezcla justificación de decisiones, queja frente a “campañas de calumnias” y reafirmación de que el gobierno no se dejará “chantajear” por élites, opositores o tropas digitales.
Ese tono responde a una coyuntura adversa: encuestas como las de Imasen, Comunicaliza y CIEES, entre otras, dan cuenta de una fuerte caída de la aprobación a la gestión del gobierno en abril y mayo de este año, con aumento del pesimismo sobre el presente y el futuro inmediato del país. Es decir, Noboa escribe desde la defensiva: con una guerra arancelaria abierta, crisis irresueltas (apagones, seguridad, salud, inversión pública y privada, endeudamiento) y promesas incumplidas a la vista de todos, decide hablar más como actor cercado que como presidente que conduce la salida de la crisis.
¿Fue una decisión correcta en términos de comunicación?
Desde la lógica comunicacional, la necesidad de ordenar un relato frente a una sucesión de escándalos y conflictos es real: callar prolongadamente hubiera alimentado la sensación de vacío y descontrol; cosa que ya es no es novedad, sino un patrón si se mira en retrospectiva. El problema es que la carta asume el formato correcto (texto dirigido al país, publicado en X y amplificado en otras plataformas) pero se equivoca en el registro: más que enmarcar el conflicto y abrir un horizonte de solución, se dedica -como es costumbre- a marcar enemigos, a victimizar al gobierno frente a una supuesta conspiración política y digital y a reafirmar que “no dará marcha atrás”. Cero intención de asumir sus propias responsabilidades.
En la esfera pública polarizada precisamente desde el correismo y alimentada por los sucesivos gobiernos, el contexto, el mensaje y el emisor se leyeron desde el antagonismo.
Entre seguidores duros y cuentas oficialistas, la carta fue presentada como “pronunciamiento firme” y “hartazgo legítimo” ante la “guerra sucia” de oposición y medios. Pero entre sectores críticos -periodismo de opinión, estudiantes movilizados por temas de educación y corrupción, activismo digital- predominó la lectura de un presidente irritado, un “Yo, el supremo” versión digital que evade responsabilidades, reinterpreta las críticas como ataques personales y sigue sin ofrecer resultados concretos a ninguno de los temas de la crisis de credibilidad que enfrenta.
El golpe reputacional
La carta carece de indicios de autoevaluación sobre la crisis reputacional que ha consumido la última semana a uno de los dos activos de imagen más importantes de la retórica del “Nuevo Ecuador” desde el inicio del régimen. La autosuficiencia unida a la impericia política y comunicacional entregaron en bandeja -y sin defensa posible- un tema tan sensible como la falta de equidad en el acceso a la educación y a la titulación profesional, a un país hastiado y polarizado. La incontenible tempestad de críticas que aún no se desvanecen, involucran a diversas esferas de opinión y superaron todo el andamiaje comunicacional del régimen y sus aliados.
La escucha social en X muestra como la carta trató de ser convertida en pieza de campaña desde cuentas afines: clips, reels y gráficos que destacan la idea del líder “que no se deja” y “da la cara”. Pero el ruido de apoyo coreografiado no logra tapar las réplicas irónicas, los hilos de fact-checking y la memoria digital de promesas incumplidas: plazos sobre seguridad, apagones, impuestos, alza de precios, empleo juvenil, acceso a la educación, entre otros.
Por eso, en lo comunicacional el saldo es negativo: la carta no amplía la base, quizá haya tenido el objetivo de reafirmar a los adeptos zaheridos por la metralla reventada en redes sociales -no solo generada desde la oposición-, sino desde otros actores sociales, incluidos jóvenes universitarios. La carta no encuadra los problemas, los personaliza. No baja la temperatura, la sube. Para un gobierno que necesita reconectar con un centro social hastiado, es un error de enfoque.
El error comunicacional se vuelve error político cuando se cruza con tres datos duros: la caída de la aprobación presidencial, el crecimiento de las percepciones negativas y del pesimismo sobre el rumbo del país.
De la falta de empatía social con los sectores más afectados por la situación, y sobre la desconexión con la realidad que se exhibe, es mejor no agregar nada más; salvo que ninguna de estas cicatrices se cubren con skincare coreano.
II. El Informe presidencial en su tinta
El Informe a la Nación del 24 de mayo de 2026 presentado por el presidente Noboa, será recordado no por sus logros, sino por ser el momento en que el relato de guerra se quedó solo, hablándole a un país que ya no reconoce su realidad en las palabras de su presidente.
Primero, el Informe consolida una apuesta discursiva defensivo-agresiva: Noboa no busca ampliar su base, sino afianzar un núcleo duro que celebra el tono de guerra y la confrontación con adversarios reales o construidos.
Segundo, la distancia entre discurso y verificación se ha vuelto demasiado visible como para ser gestionada solo con marketing; piezas como el especial de Lupa fijan en la esfera pública la etiqueta de promesas incumplidas y verdades infladas.
Tercero, llegar al 24 de mayo con una carta polémica a cuestas, una guerra arancelaria abierta y encuestas de aprobación a la baja convierte el Informe en un ejercicio más de contención de daños que de liderazgo renovado.
En suma, el mensaje a la Nación no revierte la erosión de credibilidad: la refuerza. Noboa aparece menos como el presidente que reordena un país en crisis y más como un mandatario atrapado en su propio relato de guerra, mientras la opinión pública,con medios y fact checking (verificadores) a la cabeza, le recuerda, cada vez con más insistencia, que los discursos no sustituyen a los resultados.
El fantasma en la tarima: Semiótica del «Adelante» y el marketing del heredero
Desde una lectura semiótica, el Informe a la Nación de Daniel Noboa este 24 de mayo no fue una rendición de cuentas, sino una operación de branding familiar, más allá de la consabida estética del «guerrero incansable» que «no retrocede»: el entierro prematuro del «Nuevo Ecuador» para dar paso al «Adelante». Este cambio de eslogan no es un capricho creativo, es un intento desesperado por capturar el capital emocional de la marca Noboa original -la de su padre, Álvaro-, fundiendo la persistencia del progenitor con la enjundia del heredero.
La puesta en escena fue un ejercicio de hiper-personalismo defensivo. Noboa ocupó el estrado no como un estadista que administra la complejidad, sino como quien reclama su lugar en la historia que por legado le corresponde, extendiendo el puente afectivo que ya había lanzado en su reciente y polémica carta. Al invocar la relación padre-hijo, la crítica a su gestión ya no es un debate técnico sobre indicadores, sino un «ataque a la familia”; el éxito del gobierno es el éxito del clan.
Lo contradictorio es que este retorno al eslogan “Adelante” revela una crisis de identidad política. Si el «Nuevo Ecuador» ya no basta, recurrir al archivo familiar -al pasado- es un espejismo de quienes creen que avanzan, cuando la marcha de su auto está en reversa. El dispositivo comunicacional de Carondelet, experto en fabricar «objetos brillantes», colisiona frontalmente con el rigor del dato y con una curva de aprobación que ya dejó atrás su “luna de miel”.
El escrutinio de Lupa Media poco después de las 16 horas, y luego de una verificación preliminar a 29 afirmaciones factuales del discurso del 24 de mayo, dio como resultado que 9 eran ciertas, 4 mayormente ciertas,1 parcialmente cierta, 10 impreciso, 4 mayormente falso; y, 1 totalmente falsa. “Más de la mitad de las afirmaciones verificadas tienen problemas de precisión, datos incorrectos o contexto omitido”.
El Informe a la Nación de Noboa llegó a la Asamblea con un libreto claro: reafirmar la “guerra” contra el crimen, blindar decisiones impopulares y encuadrar las críticas como conspiración de mafias y “pseudopolíticos”.
Se está agotando la mística de la novedad. Al refugiarse en la sombra del pasado y en la retórica de trinchera, el efecto deseado se aleja del electorado de centro que busca resultados, no genealogías. Si la distancia entre la narrativa épica y el fact checking sigue ensanchándose, el «Adelante» terminará siendo el epitafio de un gobierno que confundió el marketing de una marca familiar con la conducción de una República en crisis. Al final, el país no necesita un hijo que «no esté cansado», sino un presidente que sepa gobernar.
El Informe del 24 de mayo consolida a Noboa como actor de discurso fuerte y gestión discutida. En un Ecuador saturado de promesas rotas y liderazgos fallidos, esa combinación es políticamente frágil: la próxima crisis -económica, energética o de seguridad- puede convertir la épica del 24 de mayo en una pieza de archivo sobre cómo un gobierno prefirió narrarse a sí mismo antes que escuchar lo que el país le estaba diciendo.
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