jueves, 22 de octubre de 2026

 La Policía de Ecuador detiene a la excandidata presidencial del correísmo Luisa González.

EFE

 — 

Luisa González, excandidata presidencial del correísmo en las dos últimas elecciones celebradas en Ecuador en 2023 y 2025, fue detenida en la madrugada de este jueves por la Policía Nacional, a escasas cinco semanas de la celebración en el país andino de elecciones locales.

La detención se produjo en Canuto, la localidad rural de la provincia de Manabí donde se crió y creció González, según confirmó la división zonal de la Policía en esa jurisdicción sin dar mayores detalles, ya que el operativo fue realizado por agentes enviados directamente desde la capital, Quito.

González se encuentra investigada por la Fiscalía por la supuesta financiación irregular de sus campañas electorales, motivo por el que fue inhabilitada para ser candidata en los próximos comicios locales, al mismo tiempo que la Revolución Ciudadana, el partido del expresidente Rafael Correa (2007-2017), fue suspendido e impedido de participar en las elecciones.

Tras el allanamiento de su domicilio en enero, González rechazó las acusaciones y dijo que se trata de una persecución contra la oposición. “La Revolución Ciudadana y Luisa González no hemos recibido un solo centavo ni de Venezuela ni de ningún cartel, ni de nadie”, dijo en conferencia de prensa.

La Fiscalía informó a través de las redes sociales que en la madrugada de este jueves ejecutó junto a la Policía tres órdenes de detención para formular cargos ante la Justicia por lavado de dinero en las provincias de Manabí y Pichincha, cuya capital es Quito, sin especificar si entre los arrestos está la excandidata González.

El Ministerio Público apuntó que, en el marco del caso denominado ‘Laberinto’, investiga “presuntas irregularidades en el financiamiento político y el gasto electoral en publicidad durante la campaña presidencial de 2023, por inconsistencias en los aportes y el origen lícito de los recursos”.

La voz de alerta la dio el expresidente Correa a través de un mensaje en la red social X. “Apresaron a Luisa González. ¡YA BASTAAA!!!! Ecuador Vencerá”, escribió Correa sin más detalles.

Fuentes del correísmo consultadas por EFE tampoco han dado más detalles sobre el pronunciamiento de Correa.

A inicios de este año, González fue imputada dentro del denominado caso ‘Caja Chica’, en el que la Fiscalía atribuye un presunto delito de delincuencia organizada para lavado de dinero al supuestamente haber financiado la campaña de las elecciones presidenciales extraordinarias de 2023 con dinero en efectivo traído desde Venezuela.

Producto de ello, la Revolución Ciudadana fue suspendida en marzo pasado por el Tribunal Contencioso Electoral (TCE) a petición de la Fiscalía, en una acción que el correísmo ha denunciado como una persecución política por parte del Gobierno del presidente Daniel Noboa para dejarlos fuera de las elecciones locales previstas para el 29 de noviembre.

Tras ello, González intentó, sin éxito, inscribir su candidatura para postular por la Prefectura de Manabí, auspiciada por el partido indigenista Pachakutik, brazo político de la Confederación de Nacionalidades Indígenas (Conaie).



 Uzhupud: ¿pueden las enredaderas corregir la arquitectura?

 Carlos Jaramillo Medina

Publicado porcarlosjaramillomedina15 octubre, 2026Publicado enSin categoría

Frank Llody Wrigth decía que el médico puede enterrar sus errores, mientras que el arquitecto solo puede aconsejar a sus clientes que planten enredaderas para ocultarlos. La frase, irónica y provocadora, encierra una verdad profunda: la arquitectura permanece y sus consecuencias pasan a formar parte del paisaje.

La arquitectura biofílica no puede reducirse a incorporar vegetación a una construcción. Su desafío consiste en establecer una relación responsable entre edificio, biodiversidad, agua, suelo, clima y paisaje.

Porque una fachada verde no garantiza, por sí sola, una arquitectura sostenible. La sostenibilidad debe demostrarse en el conjunto de la intervención y en sus efectos a largo plazo.

La cuestión, en definitiva, no es si podemos cubrir la arquitectura con plantas, sino si somos capaces de construir sin empobrecer el paisaje que da identidad. La naturaleza no debe convertirse en un recurso para embellecer la arquitectura, sino en un criterio para juzgarla.

En el negocio inmobiliario hay una paradoja que no se debe pasar por alto: la naturaleza es convertida en recurso publicitario mostrando la arquitectura únicamente con imágenes seductoras.

Ante el proyecto de Uzhupud Sky Garden, en el valle de Paute, que plantea un “edificio jardín” de 14 pisos con una fachada que pretende incorporar alrededor de 40.000 plantas, la pregunta clave sería: ¿qué paisaje existe ahora y qué paisaje quedará después? ¿Qué sucede con el suelo, el agua, la biodiversidad, las infraestructuras y la relación del proyecto con la comunidad? ¿Se ha evaluado el impacto del conjunto o se pretende que la vegetación visible represente, por sí sola, la totalidad de sus virtudes ambientales?

El valle andino de Paute no es un espacio vacio a la espera de una arquitectura espectacular. Es una construcción milenaria de naturaleza, cultura y memoria. Para intervenir en ella se debe exigir algo más que una simple innovación formal: sensibilidad, conocimiento y responsabilidad.

La advertencia de Wright adquiere de este modo una resonancia contemporánea. Las enredaderas pueden cubrir una fachada, pero no pueden corregir por sí mismas los burdos incumplimientos de las normas urbanísticas y arquitectónicas, una implantación equivocada, reparar un ecosistema alterado, ni restituir un paisaje perdido.

El mal ejemplo de Cuenca, donde la especulación inmobiliaria y la banalización del lenguaje arquitectónico han ido degradando el paisaje urbano, comienza a extenderse más allá de sus límites cantonales. Porque el paisaje no es un simple telón de fondo para la arquitectura ni la naturaleza un adorno para legitimar cualquier proyecto.

Cuando la arquitectura renuncia a dialogar con el territorio, no lo transforma, lo degrada. Y cuando el mal ejemplo se convierte en modelo, la banalidad deja de ser una excepción para convertirse en paisaje.

 Carlos Jaramillo Medina


ALGO SE PERDIÓ PARA SIEMPRE
René Cardoso Segarra
Con el cuento repetido mil veces de que Cuenca es la ciudad más segura del Ecuador, nos han invadido. Y los despojos que quedan son evidentes: alta delincuencia importada, un turismo masivo que disparó los precios de acceso a la vivienda, alimentos, salud, y reventó nuestro centro histórico. Hoteles llenos, sí. Restaurantes y bares en fiesta permanente, sí. Millones de dólares, luego de cada feriado, para beneficio de establecimientos privados, sí. Y la paradoja: una ciudad patrimonio cultural de la humanidad sin recursos para sus museos, teatros, centros culturales, bibliotecas, preservación de sus patrimonios arquitectónicos, cuidado de sus parques y ríos.
La mortífera mancha negra de un turismo masivo desenfrenado y no sustentable, no solo se empoza y se empotra en la ciudad -ya vemos como día a día aparecen monstruos de cemento- sino además ha comenzado a expandirse en paisajes antes idílicos, que en un tiempo inspiraron a poetas, músicos y pintores, hoy heridos de muerte por los gigantes negocios inmobiliarios.
El mal gusto y la bulla lo invaden todo. El caso de Paute es deprimente: valles y montañas han sido emplasticados por descomunales invernaderos. Un sitio arqueológico fue reemplazado por un parque jurásico artificial. Un descomunal edificio tiene ya sus cimientos en uno de los lugares más bellos del Azuay: Uzhupud. Es decir, nuestros valores culturales y naturales han sido transformados en territorios del holocausto. El problema ya no es solamente a quién elegimos como alcalde de Cuenca, el problema también es a quiénes se eligen como alcaldes de los cantones azuayos.
La codicia y estupidez humana no tienen límites, se desparraman por todo lado. Comenzó con el derrocamiento de casas patrimoniales en el centro histórico, avanzó hacia la zona de El Ejido y su corazón, la señorial avenida Solano. No se sorprendan amigos que mañana, junto a su vivienda, aparezcan desafiantes columnas de acero y letreros que anuncian el negocio en altura y el fin de su privacidad y tranquilidad.
Todo se descontroló. Cuenca además está entre las ciudades más caras del Ecuador. Es extraña para los propios cuencanos. Las campanas de las iglesias históricas se han ido silenciando. En su lugar los campanazos de la inversión inmobiliaria -en zonas que deberían ser de alta protección patrimonial- son funestos tañidos para la tradicional hidalguía y belleza de Cuenca y sus paisajes azuayos. Y no hay autoridades que tomen en serio la planificación de la ciudad y provincia. Al contrario, el acomodamiento político en vista a las próximas elecciones, se ha iniciado. “Equipazos” se desbaratan, son reemplazados por otros “equipazos” y éstos, a su vez, comenzarán a ser desmantelados en noviembre. Todo es tan incierto y precario.


UNA VERRUGA EN UN ROSTRO BELLO
Johnny Jara Jaramillo
En Uzhupud, donde el viento todavía sabe a eucalipto y las tardes bajan lentamente desde los cerros, alguien tuvo una visión extraordinaria: convertir la campiña en una versión tropical de Dubái. Porque aparentemente lo único que le faltaba a este valle agrícola, rodeado de huertos, vacas y casas bajas, era una torre de quince pisos, un monumento vertical al mal gusto y a la codicia inmobiliaria. Uno mira la maqueta del proyecto y siente frustración y rabia. Curvas futuristas, jardines colgantes, ventanales inmensos, autos elegantes estacionados frente al edificio como si aquello fuera Miami y no una parroquia rural atravesada por gallinas, acequias y bueyes cansados. La imagen parece hecha por una inteligencia artificial alimentada exclusivamente con revistas de arquitectura para millonarios aburridos. Pero luego uno mira el paisaje real. Mira la herida en el suelo: el enorme cráter abierto para sostener ese monstruo de cemento y hierro. El camino público destruido y suspendido en el aire como una metáfora involuntaria del progreso ecuatoriano. Mira las lonas negras colgando sobre la tierra erosionada, como si intentaran tapar la vergüenza con fundas de basura. Entonces la maqueta deja de ser cómica. Porque detrás de todo esto está la vieja historia nacional: ponerle a una orquídea el nombre de la primera dama, cambiar ordenanzas entre amigos y gallos de medianoche, torcer el uso del suelo, sobornar municipios. Porque cambiar el uso del suelo no puede ser gratuito, vender el campo como si fuera mercancía sobrante no es gratis. Todo bajo el discurso moralmente impecable del “desarrollo” que nadie se lo cree, porque de seguro alguien habrá sacado una tajada. Así es como funciona. Siempre prometen trabajo. Es la palabra mágica. Trabajo. Pero basta caminar por Uzhupud para entender el absurdo. La migración vació la zona hace años. Los jóvenes se fueron. Los pocos que quedan trabajan la tierra o sobreviven como pueden. ¿Quién va a construir esa torre? ¿Ingenieros de la parroquia? ¿Especialistas en cimentaciones profundas que aparecen espontáneamente entre los maizales? Lo más probable es que la mano de obra venga de afuera mientras la comunidad local recibe el polvo, el ruido, el tránsito pesado y la destrucción de su entorno. El viejo truco colonial: las ganancias suben, las consecuencias se quedan. Y luego está el río. El río Paute, que todavía atraviesa esta región con una dignidad silenciosa, aunque el país entero lleve décadas tratándolo como basurero hidráulico. Nadie ha explicado seriamente qué ocurrirá con las aguas servidas de esta horrible Babel vertical. Nadie ha socializado el proyecto con la comunidad. Nadie parece obligado a responder preguntas elementales. En Ecuador, la palabra “socialización” suele significar exactamente lo contrario: hacer las cosas primero y explicarlas después, cuando ya es imposible detenerlas. Tal vez el problema más profundo no sea siquiera la torre. Las ciudades, después de todo, cambian. La arquitectura cambia. El mundo cambia. El problema es la violencia simbólica de imponer una escala absurda sobre un paisaje humano que tenía otra respiración. Hay algo obsceno en plantar un edificio de quince pisos en medio de una campiña rural y llamarlo progreso. Es como instalar una pantalla LED en mitad de una iglesia colonial o abrir un casino dentro de una reserva ecológica. No se trata solamente de estética: se trata de la destrucción de una armonía construida lentamente por generaciones. Hay lugares que todavía conservan una cierta proporción humana. Uzhupud era uno de ellos. Digo “era” porque basta mirar el derrumbe del camino para entender el futuro. Primero llega el edificio. Después el tránsito. Después los muros. Después el ruido. Después el precio de la tierra. Después desaparecen los árboles, las huertas, el silencio. Y un día alguien dirá, con nostalgia, que qué pena que ya no quede nada del viejo encanto rural que hacía especial al lugar. Pero claro: para entonces ya habrá otro proyecto más grande. Quizá una segunda torre. Quizá un centro comercial con palmeras plásticas. Quizá una marina, aunque no haya mar. En Ecuador tenemos un talento extraordinario para destruir aquello mismo que nos hace distintos. Confundimos modernidad con gigantismo, progreso con cemento y desarrollo con especulación. Nos avergüenza tanto lo que somos que terminamos copiando versiones baratas de países que tampoco entendemos. Y mientras tanto, el hermoso valle se transforma en un enorme monumento al mal gusto de los nuevos ricos. Una verruga en un rostro bello.


 


 NO HAY PLAZO QUE NO SE CUMPLA, NI DEUDA QUE NO SE PAGUE.

EL OBSERVADOR


 UNIVERSIDAD DEL AZUAY: GANAR NO BASTA, HAY QUE UNIR

Chalco ganó con el voto ponderado. López obtuvo el 69,3 % de los votos por estamentos publicados. La victoria electoral no puede convertirse en una licencia para ignorar a la mayoría discrepante.
La Universidad del Azuay acaba de cerrar una elección marcada por una profunda polarización. José Chalco ganó la rectoría, pero la magnitud de la división plantea un desafío ineludible: ¿será el rector de todos o únicamente de quienes respaldaron su lista?
LAS CIFRAS HABLAN
José Chalco, de Nuestra UDA, obtuvo el 52,2 % del voto ponderado, frente al 47,8 % de Sebastián López, de Todos Somos UDA.
Sin embargo, los votos por estamentos publicados registran 2.224 votos para López y 984 para Chalco: 69,3 % frente a 30,7 %.
Ambos resultados corresponden a formas distintas de contabilización. La ponderación determina al ganador oficial; la distribución por estamentos revela una brecha que merece explicación. Ignorarla sería confundir una victoria electoral con un cheque en blanco.
LAS DENUNCIAS EXIGEN RESPUESTAS
Ocho docentes presentaron una denuncia ante el Consejo de Educación Superior (CES), que solicitó información y un informe técnico-jurídico a la UDA. Los cuestionamientos incluyen las reglas electorales, las designaciones de profesores titulares y su posible incidencia en el padrón.
Esto no demuestra que hayan existido irregularidades. Pero tampoco justifica silenciar las preguntas. La transparencia no consiste en negar las dudas, sino en responderlas con documentos, argumentos y decisiones verificables.
La comunidad universitaria merece conocer los hechos y las conclusiones de las instancias competentes. La confianza no se impone: se construye.
CHALCO DEBE UNIR A LA UDA
El nuevo rector tiene obligaciones que van mucho más allá de administrar su victoria:
* UNIR, NO DIVIDIR: gobernar para toda la comunidad, sin exclusiones ni revanchismos.
* GARANTIZAR EL PLURALISMO: proteger la diversidad de pensamiento y el debate académico.
* DEFENDER LA LIBERTAD DE OPINIÓN: revisar las restricciones denunciadas y corregir las que se comprueben injustificadas.
* ACTUAR CON TRANSPARENCIA: esclarecer los cuestionamientos y rendir cuentas sin evasivas.
Una universidad que teme la discrepancia traiciona su esencia. La crítica no es una amenaza: es indispensable para el pensamiento libre.
Chalco ganó la elección. Ahora debe demostrar que puede liderar también a quienes no votaron por él. La polarización no desaparecerá con discursos, sino con decisiones que recuperen la confianza y garanticen derechos.
La rectoría se conquista en las urnas; la autoridad moral se construye respetando al discrepante. La gestión anterior deja una lección que no debe repetirse.
¡CHALCO, LA UDA NO NECESITA UN VENCEDOR QUE EXHIBA SU VICTORIA, SINO UN RECTOR CAPAZ DE RECONCILIARLA!
Porque ganar una elección es alcanzar el poder; unir una universidad es demostrar que se merece ejercerlo.
Dr. Fernando Arias


miércoles, 21 de octubre de 2026

 Autopsia de un crimen de Estado: A 15 años del asesinato del General Gabela

Hay crímenes de Estado que se ejecutan con delicadeza de navaja suiza. Otros, con la sutileza de elefante en cristalería. El asesinato del General Jorge Gabela pertenece a esta segunda clase, con el agravante de que este elefante, tras destrozar la cristalería, procedió a reorganizar los fragmentos para convencernos de que en realidad nunca hubo cristal roto alguno. Solo un asalto. Un vulgar, trágico y desafortunado asalto.
Corría el año 2010, y el General Gabela cometió un error imperdonable: tuvo razón. Peor aún: la tuvo anticipadamente, en voz alta, con documentos y ante el Presidente de la República. ¿Su pecado? Advertir que siete helicópteros Dhruv que Ecuador estaba por adquirir de la compañía india Hindustan Aeronautics Limited (HAL) eran, en términos técnicos, una excelente forma de convertir 45,2 millones de dólares en chatarra voladora. O más precisamente, en chatarra que volaría brevemente por los cielos antes de estrellarse y matar a todos sus tripulantes.
La historia le daría la razón de la manera más cruel posible: cuatro de siete Dhruvs se estrellaron por fallas mecánicas entre 2009 y 2015, con saldo de vidas perdidas. Pero para entonces, el General Gabela llevaba ya varios años bajo tierra, incapaz de decir: “¡se los dije!”.
Cómo deshacerse de un incómodo
Gabela advirtió sobre las fallas de los helicópteros Dhruv. Declaró desiertos no uno, sino tres procesos de compra consecutivos. Y fue mucho más allá en su insistencia: el 01 de abril de 2008, en su calidad de Comandante General de la Fuerza Aérea, presentó personalmente a Rafael Correa, entonces Presidente de la República—hoy prófugo de la justicia por corrupción—, un expediente que daba cuenta de las deficiencias técnicas de los helicópteros. Uno imagina la escena: un general terco interrumpiendo con criterios técnicos lo que quizá ya había sido decidido en las altas esferas del Estado ecuatoriano.
Gabela le dijo a Correa lo mismo que advirtió tiempo después ya no ante sus superiores, sino ante alguien peor: los medios de comunicación. Ante ellos, Gabela dijo: “[Esos helicópteros] tienen muchos problemas. De motor. De rotor. En la India no pueden volar con autoridades. La web de su Aviación Civil señala que el Dhruv en la altura es inservible”, como recoge una nota de Diario El Universo fechada el 29 de octubre de 2009.
Nueve días después de esa reunión, el 10 de abril de 2008, Gabela le presentó su disponibilidad para dejar el cargo, lo que es bastante elocuente sobre cómo le fue en esa cita con el entonces presidente. Ese mismo día asumió el General Rodrigo Bohórquez Flores, quien demostró una admirable celeridad al reabrir poco tiempo después el proceso de compra que su antecesor había obstaculizado con sus molestosos tecnicismos. También ese mismo día, Javier Ponce fue designado Ministro de Defensa.
El 5 de agosto de 2008, mediante contrato Nro. 2008-d-006, se materializó dicha compra por un monto de 45,2 millones de dólares. Los helicópteros llegaron con componentes más viejos que lo estipulado (que a nadie pareció importarle), bajo un convenio de recepción anticipada avalado por el Ministro Ponce y el General Alonso Espinosa Romero.
Y cuando el primer Dhruv se estrelló en octubre de 2009, matando a sus tripulantes, la credibilidad del General Gabela aumentó proporcionalmente a la altitud perdida por el helicóptero. Y aquello convirtió a Gabela en un problema que había que resolver.
La persecución como política de Estado
El 30 de noviembre de 2009, un mes después de la caída del primer Dhruv, el General Alonso Espinosa Romero, entonces director del Comando de Operaciones Aéreas y Defensa (COAD), firmó el memorando 200902121-EF-O, cuya discreción administrativa apenas disimulaba su verdadera naturaleza: ordenó ser notificado personal e inmediatamente cada vez que Gabela ingresara a cualquier instalación de la FAE. En retrospectiva, ese memorando fue la primera señal inequívoca de que Gabela había dejado de ser un problema aburridamente técnico para convertirse en un problema que demandaba soluciones quizá más… definitivas.
Tres meses después, el 3 de febrero de 2010, convocados a comparecer sobre la compra de los Dhruv ante la Comisión de Fiscalización, el General Bohórquez protagonizó una escena que habría resultado más propia de un callejón oscuro que de los pasillos de la Asamblea Nacional. Se acercó a Gabela y, como él mismo denunció, le profirió la siguiente advertencia: “Ya vas a ver lo que te pasa…”. Una frase que posee esa cualidad lacónica que solo alcanzan las amenazas bien destiladas: breve, directa, completamente desprovista de ambigüedad. No es una especulación, ni una preocupación por su seguridad: es una promesa.
Ese mismo año, el coronel de Inteligencia Roberto Vargas Sierra, subordinado del General Espinosa, efectuó una llamada telefónica a Gabela que tuvo la precaución —o la imprudencia— de grabar. Y en esa conversación quedó registrada una de esas declaraciones que adquieren, con el paso del tiempo y el peso de los acontecimientos, la cualidad sombría de una profecía autocumplida:
“Yo sé de la disposición que hay de parte del general Espinosa, sí, para que me estén siguiendo, entonces verás… Si algo me pasa a mí, si me asalta un choro, cualquier situación, los culpables son ustedes; ustedes son los culpables de lo que me pueda pasar a mí, sí, o a mis hijos, así me choque alguien, cualquier cosa.”
Gabela no hablaba con la paranoia del perseguido imaginario. Hablaba con la lucidez del perseguido real que conoce los términos exactos de su situación. Y lo que resulta más revelador aún: Gabela ya intuía cuál sería la coartada. Un asalto. Un accidente.
En esta grabación, el coronel Vargas optó por esa forma de confirmación que solo puede ofrecer el silencio: jamás negó la existencia de la ilegal orden de seguimiento. Al contrario, sus respuestas asentían reiterativamente: “Sí, mi general”. Por ejemplo:
GABELA: Y le conocen cómo es el general Espinosa y él extendió una orden ilegal [para hacerme seguimiento], y tú tienes que cumplir, entonces protégete, que te dé por escrito, ¿ok?
VARGAS: Sí, mi general, le agradezco su comentario.
Y esta grabación —que contenía tanto la advertencia premonitoria de la víctima, como la confesión tácita del ilegal seguimiento que se le hacía— curiosamente no fue judicializada dentro del proceso. Uno no puede sino detenerse a admirar la sofisticación del sistema judicial ecuatoriano para desechar exactamente aquellas evidencias que, por sí mismas, podrían traer algo de verdad y justicia a las víctimas.
“Vea, no empecemos con esas cosas, señora”
La madrugada del 19 de diciembre de 2010, un disparo en un pasillo de su casa en Samborondón selló el destino del General Gabela. Falleció diez días después. El Presidente de la República, con admirable celeridad, anunció de inmediato que el móvil fue un asalto.
Y así se lo hizo saber personalmente a Patricia Ochoa, viuda del General Gabela, en una conversación que ella —con la desconfianza de quien intuye que la historia oficial puede no terminar coincidiendo con la verdad— tuvo el acierto de grabar:
Patricia Ochoa: Señor presidente, ¿cómo está usted?
Rafael Correa: Muy consternado con la noticia. Primero, el asalto, la herida y la muerte del comandante Gabela. Créame que una muerte así…
Patricia Ochoa: Bueno, señor presidente, disculpe: creo que usted está mal informado porque ¿asalto? No se llevaron nada. Yo creo que a usted lo tienen mal informado, señor presidente.
Rafael Correa: Vea, no empecemos con esas cosas, señora…
Hay en ese “Vea, no empecemos con esas cosas, señora” toda la filosofía de su gobierno condensada en siete palabras. La viuda se permite el atrevimiento de señalar que en el supuesto asalto no sustrajeron objeto alguno, y la respuesta presidencial es, al parecer, una invitación cortés pero firme a no complicar una narrativa ya establecida con detalles por demás inconvenientes.
Uno se pregunta cómo el Presidente de la República llegó a esa instantánea predeterminación forense. Quizá los economistas poseen dones que escapan al entendimiento de los simples mortales que solo tienen a su disposición este anticuado artefacto: el sentido común. O quizá —y esta es una hipótesis que la malicia nos obligaría a considerar— la conclusión precedió a la investigación, lo cual tiene la ventaja de cierta eficiencia gubernativa.
Liberación, muerte y resurrección de alias “Francis”: el autor material clave
Pero hubo un problema: testimonios señalaban al sicario alias “Francis” (cuyo nombre era —o más precisamente, era y no era— Derly David Salazar Vargas) como el principal autor material, quien supuestamente habría recibido pagos de un General de las Fuerzas Armadas. Así lo afirmó Jaime Dennis Arias Tomalá, alias “Cojo”, quien también habría participado en la logística del asesinato. El vídeo de esta confesión, que fue obtenida como parte del proceso de la investigación del crimen, se perdió: los CDs que la almacenaban fueron aparentemente quemados el 21 de septiembre del año 2018.
Alias “Francis” fue detenido en febrero de 2011. El fiscal Washington René Astudillo Orellana solicitó formalmente que no lo trasladaran a prisión para poder investigar su vinculación con el caso Gabela.
Luego nunca tomó su declaración.
Y después lo liberó.
¿Por qué lo liberó? Richard Párraga Anchundia, quien compartía celda con alias “Francis” en la Penitenciaria de Guayaquil, confirmó que ambos estuvieron detenidos juntos, que los vincularon con el caso Gabela, que cuatro días después fueron puestos en libertad, y que alias “Francis” le manifestó haber pagado $20.000 dólares al fiscal René Astudillo Orellana.
El 05 de abril de 2023, mediante oficio SRI-2023-0070-OF, el Servicio de Rentas Internas remitió un informe donde se identifica un depósito en efectivo realizado por el contribuyente Washington René Astudillo Orellana en su cuenta corriente 25XXX68 del banco de Guayaquil, por la suma de 20 mil dólares en efectivo, cantidad que habría sido retirada el mismo día de su cuenta de ahorros 17XXXX4-7. A esa fecha, la investigación del caso Gabela se encontraba aún en instrucción fiscal.
Llama la atención —o debería llamarla, en un país donde se ejerciera el acto subversivo de conectar una cosa con otra— que dicho depósito se realizó en fecha posterior a la liberación de los detenidos Párraga y “Francis”. Es decir: primero los liberaron, luego apareció el dinero. Lo cual constituiría, diríase, una definición casi ejemplar de quid pro quo.
Esta liberación consta en el oficio Nro. 860-FGE-FPS del 18 de febrero de 2011, mediante el cual el fiscal Astudillo había solicitado formalmente al Jefe de la Policía Judicial que “Francis” y Párraga “NO sean ingresados al Centro de Rehabilitación Social” porque la Fiscalía estaba realizando investigaciones relacionadas con el asesinato del General Gabela y requería “tomarles sus versiones libres y voluntarias”.
Sin embargo, dentro de la instrucción fiscal Nro. 015-2011 no se encontró la versión libre y voluntaria de Derly David Salazar Vargas, ni de Richard José Párraga Anchundia. Tampoco se halló registro alguno de investigación que explicara los motivos por los cuales estas personas tenían presunta vinculación con la muerte del General Gabela.
Es decir: el fiscal pidió no enviarlos a prisión para interrogarlos sobre el caso Gabela. No los interrogó. Los liberó. Y semanas después depositó $20.000 dólares en su cuenta bancaria.
Uno podría pensar que esto constituye, en el lenguaje del derecho penal, lo que se conoce como “indicios”. O en el lenguaje popular, “evidencia”. O en el lenguaje más llano posible, “potencial soborno con recibo bancario”.
Pero este fiscal, Washington René Astudillo Orellana, no fue investigado ni procesado por estos hechos. Al contrario: es ahora nada menos que Fiscal Provincial del Guayas (e). Un ascenso que habla bastante bien de su capacidad para navegar las sucias y turbulentas aguas de la justicia guayasense.
Y como si el currículum del fiscal Astudillo necesitara más matices, La Fuente tuvo acceso a un parte de detención de la Jefatura Provincial Antinarcóticos de Pichincha, con fecha del 14 de febrero de 2000, donde aparece involucrado un individuo identificado como Washington René Astudillo Orellana —nombre que coincide exactamente con el del fiscal—, en un caso complejo de presunto tráfico internacional de cocaína con destino a Milán, Italia, a través del reclutamiento de “mulas”.
Lo cierto es que la existencia de este documento plantea una interrogante razonable: ¿fue este antecedente verificado y aclarado durante los procesos de evaluación para cargos fiscales que, uno pensaría, demandan probidad pública y notoria? Tratándose de un nombre poco común y de una coincidencia onomástica completa, uno esperaría que las autoridades competentes hubieran realizado —o al menos públicamente documentado haber realizado— las diligencias necesarias para descartar cualquier identidad compartida entre el detenido de aquel expediente del año 2000 y el funcionario que años después llegaría a dirigir la Fiscalía Provincial del Guayas. La ausencia de clarificación pública sobre este punto no prueba identidad, pero sí sugiere una laguna en los protocolos de debida diligencia para cargos de semejante responsabilidad.
Pero volvamos al asunto: ¿qué ocurrió con Derly David Salazar Vargas, alias “Francis”, quien presuntamente apretó el gatillo contra el General Gabela, pagó $20.000 por su libertad, y luego se esfumó de la narrativa oficial?
Tanto alias “Cojo” como Párraga mencionaron que alias “Francis” habría sido asesinado en 2012 en la ciudadela Sauces 6, ciudad de Guayaquil. Un final conveniente para alguien cuyo testimonio podría haber complicado demasiadas cosas.
Sin embargo, un peritaje de 2023 descubrió algo verdaderamente notable: Derly David Salazar Vargas, quien se suponía que estaba muerto, sufragó en las elecciones del 11 de abril del 2021. Por tanto, para los registros oficiales del Consejo Nacional Electoral, alias “Francis” estaría vivo.
No solo eso: huellas dactilares confirmaron que Derly David Salazar Vargas tenía, al parecer, otra identidad: Francisco Israel Cruz Vargas, quien aparece en el Libro de Defunciones del Registro Civil como fallecido en la parroquia Tarqui, ciudad de Guayaquil.
Resurrección o identidad duplicada, el resultado es el mismo: el presunto autor material del asesinato del General Gabela fue dado por muerto en 2012, permitiendo cerrar convenientemente ese hilo suelto de la investigación, mientras en realidad seguía vivo bajo otro nombre, sufragando democráticamente y disfrutando de las libertades que, según Párraga, el fiscal René Astudillo le habría facilitado por la módica suma de $20.000 dólares.
El peritaje que se esfumó en el aire
Aquí es donde la trama del caso Gabela alcanza niveles artísticos verdaderamente avant-garde, dignos de los mejores cuentos de Pablo Palacio.
El 10 de abril de 2013, el Estado ecuatoriano contrató al perito internacional Roberto Carlos Meza Niella para elaborar un examen pericial sobre el crimen. El contrato estipulaba la entrega de tres productos escalonados, cada uno condicionado a las conclusiones del anterior. El Primer Producto detallaba el plan de trabajo. El Segundo Producto determinaría el móvil del asesinato. Y el Tercer Producto debía identificar a los presuntos autores intelectuales del crimen, pero solo si se cumplía una condición específica establecida en ese mismo contrato:
“Ejecutada que ha sido la primera etapa y confirmada de manera objetiva y aprobada por el administrador del contrato, que el acto criminal dice relación con un acto ajeno a la delincuencia común, sino más bien encuentra méritos en hechos relacionados con la actividad laboral del General Jorge Gabela Bueno, se emitirá un informe motivado y sustentado con recaudos probatorios, que permita determinar a los presuntos autores intelectuales del móvil del crimen”.
Léase con atención: el Tercer Producto solo se elaboraría —y por tanto solo se pagaría— si el perito determinaba que el móvil no fue delincuencia común. Esta cláusula contractual se convertiría, con el paso del tiempo, en la pieza más incriminatoria de este grotesco rompecabezas.
El 8 de julio de 2013, Meza entregó formalmente su Tercer Producto. Fue recibido, registrado en actas y debidamente pagado por el Ministerio de Justicia. El 4 de febrero de 2015, casi dos años después, la entonces Ministra de Justicia Ledy Zúñiga (hoy asambleísta por el correísmo) presentó públicamente lo que denominó el “Informe final” del perito Meza. ¿Qué decían las conclusiones que presentó Zúñiga? Que el móvil del crimen fue el robo, descartándose categóricamente cualquier otra posibilidad.
Sin embargo, esas conclusiones tienen unos pequeñísimos inconvenientes. Para empezar, el documento carecía de las firmas y sumillas del perito Meza. No es que las firmas estuvieran mal puestas o fueran ilegibles. Simplemente no existían: el informe era apócrifo.
Cuando el perito Meza fue finalmente consultado sobre estas conclusiones que supuestamente él había alcanzado, su respuesta tuvo la contundencia de quien se encuentra ante una impostura demasiado burda como para merecer eufemismos. Declaró públicamente que las conclusiones presentadas por la Ministra Zúñiga eran “completamente diferentes a las que nosotros llegamos” y que el documento era “algo completamente montado”.
Mientras tanto, el informe original —ese Tercer Producto que había sido entregado, recibido y pagado— se esfumó con la misma facilidad con que se desvanecieron los sueños de ver volar un Dhruv sin contratiempos.
En 2018, un examen especial de la Contraloría General del Estado confirmó lo que a estas alturas resultaba ya obscenamente evidente: sí, el Estado había pagado la totalidad del contrato; no, el producto final no aparecía en ningún archivo oficial.
Jéssica Jaramillo, excoordinadora jurídica del Ministerio de Justicia, fue notificada por la Contraloría con una predeterminación de responsabilidad civil por haber incurrido en lo que podríamos denominar un delito contra la lógica: “haber pagado por un producto que no existe”. La acusación posee cierta ironía: Jaramillo no hizo desaparecer el informe; simplemente tuvo la imprudencia de pagar por él, dejando así constancia de su existencia. El 15 de junio de 2018, Jaramillo acudió voluntariamente a rendir testimonio ante la Fiscalía General del Estado, donde afirmó que ese tercer informe “sí existió y ella personalmente firmó el acta de entrega-recepción.
Cuatro días después, el 19 de junio de 2018, el mismo perito Meza fue convocado por la Fiscalía para rendir versión sobre su trabajo del año 2013. En esa comparecencia, Meza declaró desconocer el “Informe Final” presentado por la Ministra Zúñiga, confirmó que carecía de sus sumillas y firmas de responsabilidad, y ratificó que las conclusiones allí consignadas no coincidían en absoluto con las que él había alcanzado en su informe original.
La verdad reconstruida (y lo que revela)
El 11 de julio de 2023, tras una orden de la Corte Constitucional, el perito Meza reconstruyó el Tercer Producto. Y vaya sorpresa: sus conclusiones eran bastante distintas a las que la Ministra Ledy Zúñiga había presentado.
El Tercer Producto reconstruido establece, con la frialdad que caracteriza a los documentos técnicos cuando señalan lo que a estas alturas resulta insoportablemente obvio, que:
“Existen suficientes indicios para ubicar al General Bohórquez y al General Espinosa con motivaciones personales y económicas claras que permiten vincularlos directamente con el móvil y como posibles autores intelectuales del crimen del General Jorge Gabela Bueno.”
“La muerte del General Gabela terminaría con las denuncias públicas acerca de la idoneidad técnica de los helicópteros Dhruv.”
Pero quizá la verdadera perla se encuentra en la siguiente conclusión, redactada con esa elegancia forense que hace que una bomba de implicaciones políticas, legales y morales suenen como simples comunicados de prensa:
“Respecto a la relación de mandos dentro de las instituciones, el entonces Presidente de la República, Economista Rafael Correa Delgado, los Ministros de Defensa Wellington Sandoval y Javier Ponce, los miembros de la Junta de Defensa Nacional y los miembros de la FAE, conocían la falta de idoneidad técnica de los helicópteros Dhruv.”
Léase bien: conocían. No “quizá sabían”, no “es posible que se enteraran”, no “tal vez alguien les comentó en un pasillo”. Conocían. El expresidente prófugo, que salió a declarar inmediatamente que el asesinato fue el resultado de un asalto, conocía las denuncias de Gabela sobre la falta de idoneidad técnica de los Dhruv. Los ministros conocían. La Junta de Defensa Nacional lo conocía.
Y, en la punta del pastel pericial, esta última conclusión:
“Existió por parte de agentes de la FAE un sistematizado seguimiento al General Gabela desde el año 2008 hasta meses antes de su muerte e inclusive una amenaza evidenciada en la Asamblea Nacional.”
Pensar a martillazos: la confesión involuntaria del Estado
Lo verdaderamente exquisito del caso Gabela —y aquí “exquisito” debe entenderse en su acepción más perversa— es que la mera existencia de un “Tercer Producto reconstruido” constituye una confesión más elocuente que cualquier testimonio bajo juramento. Porque si hubo necesidad de reconstruirlo, entonces alguien lo hizo desaparecer. Y si alguien se tomó ese trabajo —incurriendo en un delito adicional cuyo único propósito era encubrir el original—, es porque sus conclusiones justificaban riesgos extraordinarios.
Vamos a pensar a martillazos. El contrato con el perito Meza estipulaba que el Tercer Producto —aquel que identificaría a los autores intelectuales— solo se elaboraría si el Segundo Producto determinaba que el móvil no fue delincuencia común. Es decir: ese tercer informe solo existiría, y por tanto solo se pagaría, si el perito concluía que aquello no fue un vulgar asalto. El Estado ecuatoriano pagó la totalidad del contrato, incluyendo ese Tercer Producto. Luego, el mismo Estado presentó conclusiones falsas —atribuidas fraudulentamente al perito— que afirmaban que el móvil fue delincuencia común. Y finalmente, ese Tercer Producto desapareció misteriosamente de todos los archivos oficiales.
El nivel de absurdo es casi conmovedor. Porque al pagar por el Tercer Producto, el Estado admitió implícitamente que el móvil no fue un asalto. Al falsificar las conclusiones para decir lo contrario, se contradijo. Y al hacer desaparecer el original, confesó que tenía algo que ocultar. La desaparición misma del informe es la prueba de su propio contenido. Una confesión por ocultamiento. La evidencia negativa más positiva de la historia jurídica ecuatoriana.
Pero la verdadera elegancia de esta operación de encubrimiento radica precisamente en su perseverante ausencia de elegancia: cuando en 2023 el perito Meza reconstruye el documento que él ya había entregado una década antes —y cuya existencia Jéssica Jaramillo había certificado con su firma en el acta de entrega-recepción—, resulta que ese informe perdido, ese documento que alguien consideró necesario borrar de la realidad oficial, contenía exactamente el tipo de conclusiones que justifican semejante esfuerzo de ocultamiento.
El informe reconstruido señala como posibles autores intelectuales a dos generales de la Fuerza Aérea Ecuatoriana. Confirma la existencia de una persecución estatal sistemática contra Gabela. Establece que el entonces Presidente de la República y todo el alto mando militar y político conocían tanto las deficiencias técnicas de los helicópteros Dhruv como las denuncias públicas que Gabela venía formulando. Y concluye que el móvil del asesinato fue silenciar esas denuncias.
Todo lo cual, naturalmente, explica por qué resultó tan urgente hacer desaparecer el original y sustituirlo con un texto apócrifo que concluía, con admirable síntesis burocrática, que fue un robo y punto, “descartándose cualquier otra posibilidad”. El falseo de las conclusiones del perito no fue un acto de encubrimiento: fue, paradójicamente, un acto de revelación. Con este, el Estado ecuatoriano admitió involuntariamente —mediante esa forma de confesión que solo puede emerger del acto mismo de intentar ocultar— que había utilizado su aparataje institucional para cometer y encubrir el asesinato del General Gabela.
Disponemos, pues, de los pormenores suficientes para comprender toda la secuencia de hechos con abundante claridad: un general advierte sobre una compra irregular de helicópteros; es forzado a salir de su cargo; la compra se concreta de inmediato bajo su sucesor; los helicópteros se estrellan confirmando sus advertencias; el general es seguido ilegal y sistemáticamente; es amenazado públicamente en la Asamblea Nacional; es asesinado en su domicilio; el Presidente de la República —que conocía sus denuncias— sale a declarar antes que los peritos forenses que el móvil fue un asalto; se contrata a un perito internacional cuyo tercer informe contractualmente solo existirían si el móvil no fue delincuencia común; el Estado paga por ese tercer informe; el perito determina que fue un crimen por encargo con autores intelectuales identificables; su informe desaparece de los archivos oficiales; se presentan conclusiones falsas atribuidas fraudulentamente al perito; el perito las desconoce públicamente; una década después se reconstruye el informe; dice exactamente lo que el gobierno no quería que dijera; y nadie es procesado.
Si uno tuviera que diseñar desde cero un crimen de Estado que fuera simultáneamente atroz e incompetente, brutal en su ejecución pero grotesco en su encubrimiento, efectivo en eliminar al testigo molesto pero torpe en borrar las huellas, sería difícil superar el caso Gabela.
Se trata, muy probablemente, del crimen de Estado más evidente de la historia reciente del Ecuador. Tan evidente que su torpeza da vergüenza ajena. Tan impune que nuestra indiferencia colectiva da vergüenza propia. Tan exhaustivamente documentado que insulta la inteligencia de cualquiera que se moleste en leer el expediente. Tan descarado en su ejecución y encubrimiento que uno no sabe si admirar la audacia o lamentar la degradación institucional que permite semejante impunidad.
Mientras tanto, Patricia Ochoa sigue esperando verdad y justicia, esas abstracciones que en Ecuador funcionan más como conceptos filosóficos que como realidades jurídicas. Los helicópteros Dhruv que no tuvieron la oportunidad de estrellarse permanecen embodegados desde 2015 en algún hangar de la Fuerza Aérea, convertidos en el monumento involuntario a la razón póstuma de su esposo. Y alguien, en algún despacho, conserva el conocimiento de qué ocurrió con ese informe que nunca se debió “perder”. O con más precisión: que nunca debieron hacer desaparecer. O con aún más precisión: que nunca debieron falsificar, porque si sus conclusiones hubieran coincidido con la narrativa deseada, no habría existido motivo para ocultarlo.
Conviene establecer tres máximas que contienen más verdad sobre el Estado ecuatoriano que cualquier tratado de ciencia política. Primera: lo que se pierde en archivos oficiales rara vez se pierde por accidente, especialmente cuando costó decenas de miles de dólares y cuya recepción quedó certificada en actas. Segunda: lo que se falsea jamás se falsea por error, sino por necesidad de sustituir una verdad que acarrearía consecuencias penales, políticas y morales. Y tercera: lo que se encubre con esmero institucional nunca carece de importancia, porque el esfuerzo mismo del encubrimiento revela la magnitud de lo ocultado.
Estas máximas, elementales para quien conserve intactas sus facultades de razonamiento, bastan para comprender no solo el caso Gabela sino toda una metodología de impunidad perfeccionada hasta convertirse en práctica institucional.
Si algo nos enseña este caso es que en el Ecuador contemporáneo es perfectamente posible asesinar a un general que cometió el grave error de tener razón anticipadamente, falsear un peritaje internacional sin pudor alguno, engañar a un país entero sobre la naturaleza de un crimen de Estado, y continuar adelante con la existencia como si nada particularmente notable hubiera ocurrido.
Solo hace falta repetir, una y otra vez, como mantra: “Vea, no empecemos con esas cosas, señora”.
LA FUENTE


 



 

Noboa y Fujimori revisan la agenda bilateral de infraestructura y desarrollo fronterizo

El encuentro presidencial también contempla el traspaso de la Presidencia Pro Tempore de la Comunidad Andina (CAN) de Ecuador a Perú

Ecuador y Perú buscan fortalecer la infraestructura, la conectividad y el desarrollo de sus zonas fronterizas mediante una agenda de cooperación bilateral revisada en Lima este 20 de octubre de 2026, durante el Encuentro Presidencial y XVII Gabinete Binacional, encabezado por el presidente ecuatoriano, Daniel Noboa, y la presidenta peruana, Keiko Fujimori.
La agenda contempla cinco ejes: seguridad y defensa; ambiente, energía, minería y desarrollo sostenible; comercio, inversiones y turismo; integración fronteriza y conectividad; y cooperación social y cultural. Los encuentros ministeriales buscan definir acciones conjuntas y dar seguimiento a los compromisos entre ambos países.
Como parte de los trabajos preparatorios, la XVIII Comisión de Vecindad Ecuatoriano-Peruana se reunió el 19 de octubre para revisar los avances del Plan de Acción de Quito 2025 y evaluar nuevas iniciativas de cooperación en infraestructura, vivienda, conectividad y desarrollo urbano sostenible.