Uzhupud: ¿pueden las enredaderas corregir la arquitectura?
Carlos Jaramillo Medina
Publicado porcarlosjaramillomedina15 octubre, 2026Publicado enSin categoría
Frank Llody Wrigth decía que el médico puede enterrar sus errores, mientras que el arquitecto solo puede aconsejar a sus clientes que planten enredaderas para ocultarlos. La frase, irónica y provocadora, encierra una verdad profunda: la arquitectura permanece y sus consecuencias pasan a formar parte del paisaje.
La arquitectura biofílica no puede reducirse a incorporar vegetación a una construcción. Su desafío consiste en establecer una relación responsable entre edificio, biodiversidad, agua, suelo, clima y paisaje.
Porque una fachada verde no garantiza, por sí sola, una arquitectura sostenible. La sostenibilidad debe demostrarse en el conjunto de la intervención y en sus efectos a largo plazo.
La cuestión, en definitiva, no es si podemos cubrir la arquitectura con plantas, sino si somos capaces de construir sin empobrecer el paisaje que da identidad. La naturaleza no debe convertirse en un recurso para embellecer la arquitectura, sino en un criterio para juzgarla.
En el negocio inmobiliario hay una paradoja que no se debe pasar por alto: la naturaleza es convertida en recurso publicitario mostrando la arquitectura únicamente con imágenes seductoras.
Ante el proyecto de Uzhupud Sky Garden, en el valle de Paute, que plantea un “edificio jardín” de 14 pisos con una fachada que pretende incorporar alrededor de 40.000 plantas, la pregunta clave sería: ¿qué paisaje existe ahora y qué paisaje quedará después? ¿Qué sucede con el suelo, el agua, la biodiversidad, las infraestructuras y la relación del proyecto con la comunidad? ¿Se ha evaluado el impacto del conjunto o se pretende que la vegetación visible represente, por sí sola, la totalidad de sus virtudes ambientales?
El valle andino de Paute no es un espacio vacio a la espera de una arquitectura espectacular. Es una construcción milenaria de naturaleza, cultura y memoria. Para intervenir en ella se debe exigir algo más que una simple innovación formal: sensibilidad, conocimiento y responsabilidad.
La advertencia de Wright adquiere de este modo una resonancia contemporánea. Las enredaderas pueden cubrir una fachada, pero no pueden corregir por sí mismas los burdos incumplimientos de las normas urbanísticas y arquitectónicas, una implantación equivocada, reparar un ecosistema alterado, ni restituir un paisaje perdido.
El mal ejemplo de Cuenca, donde la especulación inmobiliaria y la banalización del lenguaje arquitectónico han ido degradando el paisaje urbano, comienza a extenderse más allá de sus límites cantonales. Porque el paisaje no es un simple telón de fondo para la arquitectura ni la naturaleza un adorno para legitimar cualquier proyecto.
Cuando la arquitectura renuncia a dialogar con el territorio, no lo transforma, lo degrada. Y cuando el mal ejemplo se convierte en modelo, la banalidad deja de ser una excepción para convertirse en paisaje.
Carlos Jaramillo Medina
ALGO SE PERDIÓ PARA SIEMPRE
René Cardoso Segarra
Con el cuento repetido mil veces de que Cuenca es la ciudad más segura del Ecuador, nos han invadido. Y los despojos que quedan son evidentes: alta delincuencia importada, un turismo masivo que disparó los precios de acceso a la vivienda, alimentos, salud, y reventó nuestro centro histórico. Hoteles llenos, sí. Restaurantes y bares en fiesta permanente, sí. Millones de dólares, luego de cada feriado, para beneficio de establecimientos privados, sí. Y la paradoja: una ciudad patrimonio cultural de la humanidad sin recursos para sus museos, teatros, centros culturales, bibliotecas, preservación de sus patrimonios arquitectónicos, cuidado de sus parques y ríos.
La mortífera mancha negra de un turismo masivo desenfrenado y no sustentable, no solo se empoza y se empotra en la ciudad -ya vemos como día a día aparecen monstruos de cemento- sino además ha comenzado a expandirse en paisajes antes idílicos, que en un tiempo inspiraron a poetas, músicos y pintores, hoy heridos de muerte por los gigantes negocios inmobiliarios.
El mal gusto y la bulla lo invaden todo. El caso de Paute es deprimente: valles y montañas han sido emplasticados por descomunales invernaderos. Un sitio arqueológico fue reemplazado por un parque jurásico artificial. Un descomunal edificio tiene ya sus cimientos en uno de los lugares más bellos del Azuay: Uzhupud. Es decir, nuestros valores culturales y naturales han sido transformados en territorios del holocausto. El problema ya no es solamente a quién elegimos como alcalde de Cuenca, el problema también es a quiénes se eligen como alcaldes de los cantones azuayos.
La codicia y estupidez humana no tienen límites, se desparraman por todo lado. Comenzó con el derrocamiento de casas patrimoniales en el centro histórico, avanzó hacia la zona de El Ejido y su corazón, la señorial avenida Solano. No se sorprendan amigos que mañana, junto a su vivienda, aparezcan desafiantes columnas de acero y letreros que anuncian el negocio en altura y el fin de su privacidad y tranquilidad.
Todo se descontroló. Cuenca además está entre las ciudades más caras del Ecuador. Es extraña para los propios cuencanos. Las campanas de las iglesias históricas se han ido silenciando. En su lugar los campanazos de la inversión inmobiliaria -en zonas que deberían ser de alta protección patrimonial- son funestos tañidos para la tradicional hidalguía y belleza de Cuenca y sus paisajes azuayos. Y no hay autoridades que tomen en serio la planificación de la ciudad y provincia. Al contrario, el acomodamiento político en vista a las próximas elecciones, se ha iniciado. “Equipazos” se desbaratan, son reemplazados por otros “equipazos” y éstos, a su vez, comenzarán a ser desmantelados en noviembre. Todo es tan incierto y precario.
UNA VERRUGA EN UN ROSTRO BELLO
Johnny Jara Jaramillo
En Uzhupud, donde el viento todavía sabe a eucalipto y las tardes bajan lentamente desde los cerros, alguien tuvo una visión extraordinaria: convertir la campiña en una versión tropical de Dubái. Porque aparentemente lo único que le faltaba a este valle agrícola, rodeado de huertos, vacas y casas bajas, era una torre de quince pisos, un monumento vertical al mal gusto y a la codicia inmobiliaria.
Uno mira la maqueta del proyecto y siente frustración y rabia. Curvas futuristas, jardines colgantes, ventanales inmensos, autos elegantes estacionados frente al edificio como si aquello fuera Miami y no una parroquia rural atravesada por gallinas, acequias y bueyes cansados. La imagen parece hecha por una inteligencia artificial alimentada exclusivamente con revistas de arquitectura para millonarios aburridos.
Pero luego uno mira el paisaje real. Mira la herida en el suelo: el enorme cráter abierto para sostener ese monstruo de cemento y hierro. El camino público destruido y suspendido en el aire como una metáfora involuntaria del progreso ecuatoriano. Mira las lonas negras colgando sobre la tierra erosionada, como si intentaran tapar la vergüenza con fundas de basura. Entonces la maqueta deja de ser cómica.
Porque detrás de todo esto está la vieja historia nacional: ponerle a una orquídea el nombre de la primera dama, cambiar ordenanzas entre amigos y gallos de medianoche, torcer el uso del suelo, sobornar municipios. Porque cambiar el uso del suelo no puede ser gratuito, vender el campo como si fuera mercancía sobrante no es gratis. Todo bajo el discurso moralmente impecable del “desarrollo” que nadie se lo cree, porque de seguro alguien habrá sacado una tajada. Así es como funciona.
Siempre prometen trabajo. Es la palabra mágica. Trabajo. Pero basta caminar por Uzhupud para entender el absurdo. La migración vació la zona hace años. Los jóvenes se fueron. Los pocos que quedan trabajan la tierra o sobreviven como pueden. ¿Quién va a construir esa torre? ¿Ingenieros de la parroquia? ¿Especialistas en cimentaciones profundas que aparecen espontáneamente entre los maizales? Lo más probable es que la mano de obra venga de afuera mientras la comunidad local recibe el polvo, el ruido, el tránsito pesado y la destrucción de su entorno. El viejo truco colonial: las ganancias suben, las consecuencias se quedan.
Y luego está el río. El río Paute, que todavía atraviesa esta región con una dignidad silenciosa, aunque el país entero lleve décadas tratándolo como basurero hidráulico. Nadie ha explicado seriamente qué ocurrirá con las aguas servidas de esta horrible Babel vertical. Nadie ha socializado el proyecto con la comunidad. Nadie parece obligado a responder preguntas elementales. En Ecuador, la palabra “socialización” suele significar exactamente lo contrario: hacer las cosas primero y explicarlas después, cuando ya es imposible detenerlas.
Tal vez el problema más profundo no sea siquiera la torre. Las ciudades, después de todo, cambian. La arquitectura cambia. El mundo cambia. El problema es la violencia simbólica de imponer una escala absurda sobre un paisaje humano que tenía otra respiración. Hay algo obsceno en plantar un edificio de quince pisos en medio de una campiña rural y llamarlo progreso. Es como instalar una pantalla LED en mitad de una iglesia colonial o abrir un casino dentro de una reserva ecológica. No se trata solamente de estética: se trata de la destrucción de una armonía construida lentamente por generaciones.
Hay lugares que todavía conservan una cierta proporción humana. Uzhupud era uno de ellos. Digo “era” porque basta mirar el derrumbe del camino para entender el futuro. Primero llega el edificio. Después el tránsito. Después los muros. Después el ruido. Después el precio de la tierra. Después desaparecen los árboles, las huertas, el silencio. Y un día alguien dirá, con nostalgia, que qué pena que ya no quede nada del viejo encanto rural que hacía especial al lugar.
Pero claro: para entonces ya habrá otro proyecto más grande. Quizá una segunda torre. Quizá un centro comercial con palmeras plásticas. Quizá una marina, aunque no haya mar. En Ecuador tenemos un talento extraordinario para destruir aquello mismo que nos hace distintos. Confundimos modernidad con gigantismo, progreso con cemento y desarrollo con especulación. Nos avergüenza tanto lo que somos que terminamos copiando versiones baratas de países que tampoco entendemos.
Y mientras tanto, el hermoso valle se transforma en un enorme monumento al mal gusto de los nuevos ricos. Una verruga en un rostro bello.
