jueves, 26 de febrero de 2026

 CRÓNICA DE UNA ATENAS CON CUCHARÓN

Johnny Jara Jaramillo

Dicen que las ciudades no mueren: se transforman. Y en esa alquimia silenciosa, la antigua “Atenas del Ecuador” ha descubierto una nueva vocación: la expansión volumétrica del orgullo.

Hubo un tiempo en que Cuenca competía en densidad intelectual. Publicaba libros como otros levantan monumentos. Exportaba poetas, estadistas, artistas, con la misma naturalidad con que ahora exporta fotografías aéreas de ollas monumentales.

Imagino a Honorato Vázquez despertando de su bruma republicana, ajustándose el cuello almidonado, observando el certificado de Guinness World Records y preguntando, con esa cortesía severa del siglo XIX:

—¿Y esto mide qué exactamente?

—Litros, señor.

—Ah.

Remigio Crespo Toral, más lírico, tal vez intentaría encontrar metáfora donde ya solo queda vapor. Buscaría en el mote pata una alegoría nacional, un símbolo telúrico, una épica de maíz y cerdo. Pero cuando le explicaran que el mérito radica en haberlo hecho más grande que nadie, quizá guardaría el soneto y suspiraría.

Porque no se trata del plato. El mote pata es tradición, es carnaval, es identidad. Nadie discute su lugar en la mesa. El problema es cuando la mesa se convierte en el altar y el cucharón en la medida del espíritu.

Fuimos declarados Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO no por inflar nuestras recetas sino por la coherencia histórica de nuestras calles, por la continuidad de nuestra arquitectura, por la textura intelectual de nuestra memoria.

Ahora celebramos otra clase de coherencia: la del diámetro.

El récord Guinness no mide calidad cultural. Mide cantidad verificable. Y eso, en sí mismo, no es ni bueno ni malo. Es simplemente una unidad de medida. Como el metro. Como el litro.

El problema empieza cuando la unidad de medida reemplaza al criterio.

Pronto podremos aspirar, con la misma convicción institucional, a otros récords igualmente prometedores:

La biblioteca más silenciosa del mundo.

El archivo histórico más abandonado del planeta.

El presupuesto cultural más invertido en Reguetón.

Quizá entonces sí obtengamos una colección completa de certificados. Podríamos colgarlos en el mismo salón donde alguna vez se discutía filosofía, derecho, diplomacia.

No es nostalgia lo que incomoda. Es la desproporción.

Una ciudad puede celebrar su gastronomía sin reducir su horizonte intelectual al tamaño de una olla industrial. Puede organizar conciertos sin convertir el aplauso en política pública de un alcalde populachero. Puede atraer turismo sin trivializar su herencia.

Pero para eso necesita recordar quién fue antes de decidir quién quiere ser.

Si Atenas hubiera competido por el tamaño de sus banquetes, Sócrates habría terminado vendiendo cucharones.

Y quizá ese sea el verdadero récord:

La velocidad con que una ciudad cambia de métrica y da más importancia al volumen de una olla que al peso específico del conocimiento.


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