EDITORIAL.-
¿Qué es la Justicia?
La Justicia no es otra cosa que la manera en que un Estado administra el derecho. Los jueces no son la Justicia; son sus representantes y administradores, llamados a aplicarla de acuerdo con la Constitución y las leyes de un país.
Por eso, la grandeza de la Justicia no está en la persona del juez, sino en su independencia, imparcialidad y sometimiento exclusivo a la ley. El juez no debe obediencia al gobernante de turno, ni a un partido político, ni a intereses particulares. Su única obediencia legítima debe ser a la Constitución, a la ley y a su conciencia jurídica.
Cuando en un país la administración de justicia, representada por sus jueces, ha caído en el desprestigio y en la desconfianza casi general de la sociedad; cuando los ciudadanos perciben que los jueces ya no actúan con independencia, sino que se encuentran sometidos, directa o indirectamente, al poder ejecutivo de turno, entonces el problema deja de ser solamente judicial: se convierte en una crisis del Estado de derecho.
Porque cuando el ciudadano deja de confiar en el juez, ¿a quién acudirá para defender sus derechos?
Y cuando la Justicia pierde su independencia, el poder deja de encontrar límites. La Constitución puede seguir escrita, las leyes pueden seguir vigentes y los tribunales pueden continuar funcionando; pero, si quienes deben aplicarlas obedecen al poder político antes que, al derecho, la democracia comienza a convertirse en una simple apariencia.
Un país puede soportar muchas crisis: económicas, sociales e incluso políticas. Lo que difícilmente puede soportar es la pérdida de una Justicia independiente.
Porque cuando la Justicia se somete al poder, el ciudadano queda indefenso frente al poder.
Y cuando una sociedad pierde la confianza en sus jueces, pierde también una parte esencial de su confianza en el propio Estado.
Ese es el verdadero peligro.
Un país que ha perdido la independencia de su Justicia ha comenzado a perder su rumbo; y si no recupera a tiempo la dignidad, la autonomía y la credibilidad de sus jueces, corre el riesgo de caminar hacia un abismo del que puede resultar muy difícil regresar. -
F. Durán A.
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