EL MELCOCHAS
Fábula cuencana
Por Esopo.
Corrían ya los primeros años del siglo XXI cuando una hermosa ciudad enclavada entre montañas, ríos y campanas acumulaba honores que el tiempo le había concedido con justicia.
Era conocida como la Atenas del Ecuador por la fertilidad de sus letras; como Ciudad de las Cúpulas por los templos que vigilaban su horizonte; como Ciudad de los Ríos por las aguas que la abrazaban como venas transparentes; y como Patrimonio de la Humanidad por la nobleza de sus piedras y la memoria de sus calles, su gente noble, sus costumbres y tradiciones.
Sus habitantes habían aprendido, desde generaciones remotas, el arte de conversar con elegancia. Allí los médicos citaban poesía, los artesanos filosofaban mientras trabajaban, los comerciantes conocían el valor de la palabra dada y los ancianos enseñaban que la cortesía era una riqueza más duradera que el oro, parecía que el sol hubiese depositado una chispa de talento en cada hogar.
Sin embargo, como ocurre en los ciclos inevitables de la naturaleza, cuando los jardines se descuidan también germinan las malas hierbas. Fue entonces cuando apareció un extraño personaje al que algunos llamaron El Melcochas.
No era zorro ni lobo, ni tampoco águila o león. Era más bien una mezcla confusa de urraca vanidosa y gallo pendenciero. Caminaba inflando el pecho como si hubiese conquistado imperios invisibles y hablaba con tanta estridencia que confundía el ruido con la sabiduría, sus palabras, lejos de parecer semillas de reflexión, semejaban hojas arrastradas por las alcantarillas después de una tormenta. Ofendía con facilidad, despreciaba la prudencia y confundía la arrogancia con el liderazgo.
Los animales más viejos del bosque observaban con preocupación.
—Quien grita demasiado termina por no escuchar ni su propia conciencia —decía el búho.
—Quien desprecia a los demás se convierte en prisionero de sí mismo —añadía la tortuga.
Pero Melcochas no escuchaba.
La vanidad le había tejido una corona de humo.
Y ocurre que las coronas de humo tienen una extraña condición: parecen magníficas desde lejos, pero desaparecen cuando sopla el primer viento de la realidad.
Durante algún tiempo logró reunir a su alrededor un pequeño séquito de cuervos aduladores y urracas interesadas y hasta pagadas, que celebraban cada una de sus ocurrencias:
-si no quieren bailar en mis fiestas, que se queden en sus casas... jajaja, se burlaba como la urraca mayor". Él creyó entonces que el aplauso era sinónimo de respeto y que el temor equivalía a la admiración.
Así continuó avanzando hasta que un día una valiente lechuza, defensora de las normas del bosque, decidió enfrentarlo mediante los senderos de la justicia.
Se libró entonces una primera disputa.
Melcochas obtuvo una victoria parcial y salió a celebrarla con tal exceso de orgullo que se contemplaba en cada charco como Narciso en las aguas de su leyenda. Se sentía invencible.
Pero mientras festejaba aquella efímera conquista, otra sentencia descendía silenciosa desde las alturas, tan inevitable como la noche después del ocaso.
Y aquella segunda decisión resultó adversa.
Tan adversa que lo apartó de la rama donde se había posado para observar al mundo desde arriba.
Fue entonces cuando descubrió una verdad que los estoicos conocían desde hacía siglos: nada es más frágil que el poder sustentado únicamente en la soberbia.
Intentó defenderse.
Intentó justificarse.
Intentó culpar al viento, a los árboles y hasta a las estrellas.
Pero era tarde.
Sus palabras ya no encontraban eco.
Los cuervos comenzaron a abandonar las ramas cercanas. Las urracas dejaron de aplaudir. Los compañeros que habían permanecido junto a él por conveniencia buscaron refugio en otros parajes.
Y Melcochas quedó solo.
Tenía refugios, tenía escoltas, tenía objetos costosos y hasta armaduras brillantes, pero ninguna de aquellas cosas podía protegerlo de la consecuencia de sus propios actos.
Comprendió entonces que la peor derrota no consiste en perder un cargo, sino en perder el respeto.
Desde aquel día vagó por los caminos del bosque acompañado únicamente por la sombra de su orgullo.
Y los habitantes de la ciudad volvieron lentamente a reconstruir la serenidad que tanto apreciaban.
Al final de esta historia, los viejos sabios dejaron escritas dos enseñanzas:
Primera moraleja: Nunca celebres la victoria antes de concluir la batalla, pues el destino acostumbra escribir el último capítulo.
Segunda moraleja: Quien lanza su desprecio hacia el cielo termina recibiéndolo sobre su propio rostro.
Y cuentan que, al cerrar aquella época de turbulencias, todos los habitantes elevaron una misma plegaria:
—Que la prudencia jamás abandone nuestra ciudad y que la soberbia nunca vuelva a confundirse con la grandeza.
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