La reciente observación sobre el estado de Cuenca en este diciembre nos obliga a mirarnos al espejo. Coincido plenamente con la preocupación ciudadana: Cuenca no es, ni debe ser, una vitrina de productos genéricos bajo carpas de lona. Ser Patrimonio de la Humanidad no es un título de heredado; es un ejercicio diario de mantenimiento de nuestra identidad, es orden y amor propio.
El problema de convertir nuestros espacios emblemáticos, como la Calle del Artista, la Plaza de San Francisco o Santo Domingo en extensiones de una "bahía" no es solo estético, es conceptual. Cuando degradamos el espacio público con el desorden, le estamos diciendo al visitante que Cuenca es un lugar de paso, un sitio para el consumo rápido y el ruido estridente, en lugar de un destino para la contemplación y el respeto.
La trampa del "turismo a cualquier costo"
Es comprensible que, en busca de la reactivación económica, queramos ver la ciudad llena. Sin embargo, hay una diferencia abismal entre el turismo que suma y el turismo que resta.
El que suma: Es aquel que busca la arquitectura, respira la limpieza de nuestras calles y consume en el comercio local que paga impuestos, genera empleo digno y cuida su fachada.
El que resta: Es aquel que confunde el Centro Histórico con una pista de baile móvil, que deja su basura en las orillas de los ríos y que busca en Cuenca lo mismo que podría encontrar en cualquier mercado informal del país.
Si permitimos que el desorden visual se instale en nuestro corazón patrimonial, el vandalismo conductual será el siguiente paso inevitable. Si nosotros, como cuencanos, permitimos que se pierda la dignidad, elegancia y respeto de nuestros portales, plazas y espacios públicos en general no podemos culpar al turista por no encontrar el valor de nuestra historia.
La hospitalidad cuencana es famosa por su calidez, pero no debe confundirse con la permisividad de las autoridades que habiendo ordenanzas permiten que esto ocurra, especialmente la regulación del ruido. Queremos que nos visiten, que se enamoren de nuestros ríos y de nuestra ciudad, pero bajo una premisa innegociable: a Cuenca se viene a vivir su esencia, no a imponerle la estridencia de lo ordinario.
OPINIÓN
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