Hoteles activos, restaurantes con movimiento, calles llenas de vida y redes sociales diciendo lo hermosa que es nuestra ciudad 

Pero cuando baja la emoción del feriado, queda una pregunta incómoda:
Cuando el éxito se nos puede ir de las manos 
El turismo mal manejado no se nota de golpe. Se va colando poco a poco:
Plazas históricas convertidas en ferias improvisadas 
Carpas sin ningún criterio estético en espacios patrimoniales 
Parlantes, carros con música a todo volumen y ruido sin control 
Visitantes que sienten que “todo vale” porque nadie pone límites
Y cuando el mensaje es ese, el respeto se diluye.
Muchas ciudades hermosas del mundo ya pasaron por esto. Venecia, Barcelona o Dubrovnik entendieron tarde que llenarse sin reglas termina vaciando de sentido al destino. Por eso hoy ponen límites, ordenan el espacio público y cuidan su identidad, no por capricho, sino por supervivencia urbana.
Cuenca no necesita más turistas, necesita mejores reglas 
Aquí es donde entran las ordenanzas, pero dichas en palabras simples y claras:
Es definir dónde sí y dónde no. No todo puede pasar en el Centro Histórico. Hay espacios que deben cuidarse más que otros.
Quien venda en espacios patrimoniales debe hacerlo con puestos bonitos, limpios, sobrios y acordes a la ciudad. No con carpas improvisadas que rompen toda la estética.
Una ciudad patrimonial no puede convertirse en una discoteca ambulante. La música fuerte no es sinónimo de alegría; muchas veces es falta de control.
En feriados largos debe haber límites claros: menos puestos, mejor distribuidos; horarios definidos; control real, no solo en papel.
¿Y las autoridades qué pueden hacer desde ya? 

No se trata de grandes discursos, sino de acciones concretas:
Una verdad incómoda, pero necesaria 
Si el centro se ve desordenado, el visitante se comporta como si estuviera en cualquier parte.
Si el centro se ve cuidado, la gente lo respeta.
Cuenca no es una ciudad para el consumo rápido ni para el ruido sin sentido. Es una ciudad para caminarla, mirarla, escucharla y sentirla.
Porque el turismo que no se gestiona hoy, se convierte mañana en el problema que nadie sabe cómo arreglar.
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