LONGOS CON CORBATA
Johnny Jara Jaramillo
Durante años creímos —o nos enseñaron con una paciencia casi pedagógica— que el longo era siempre el otro: el de abajo, el de la piel incorrecta, el apellido equivocado, el cuerpo fuera de lugar en la foto oficial de la nación. El longo era el campesino, el migrante, el mestizo incómodo que no lograba parecer suficientemente blanco ni suficientemente indígena. Un error de pigmentación. Una falla de origen. Un problema estético, nunca ético.
El término, por cierto, arrastra su propia confusión. Se lo ha querido quichua (Lungu: muchacho indígena post adolescente), cuando en realidad parece venir del latín longus: largo, extendido, que se estira más de lo debido. No deja de ser irónico que una palabra usada para humillar termine describiendo tan bien ciertas conductas: largamente torcidas, largamente impunes, largamente justificadas.
Pero el tiempo —que suele ser más eficaz que las universidades privadas y bastante menos indulgente— terminó revelando algo elemental: el longo no es una raza ni una clase social. Es una conducta. Y, peor aún, es una ética —o, para ser más precisos, su ausencia prolongada.
Hoy el longo ya no necesita sombrero ni botas embarradas. Usa traje oscuro, corbata discreta y reloj caro. Habla de gobernabilidad, competitividad y sacrificios necesarios. Se toma selfies con banderas, cita la Constitución solo cuando conviene y pronuncia la palabra patria como quien ingresa una contraseña bancaria. El longo contemporáneo tiene despacho, escolta y cuenta verificada.
El longo es siempre bravucón, no tiene modales en la mesa y es malhablado; pero ha aprendido a maquillar el racismo con tecnicismos, la exclusión con discursos de eficiencia y la mezquindad con presentaciones en PowerPoint.
Durante décadas se utilizó longo como insulto racial, como una forma eficaz de recordarle a alguien su lugar en la pirámide social heredada del colonialismo. Era una palabra cargada de desprecio, miedo y vergüenza. Pero en ese uso había una trampa muy conveniente: se confundía la pobreza con la bajeza moral, la piel con el carácter, el origen con la conducta. Así, los verdaderos longos podían seguir gobernando tranquilos.
La realidad, como casi siempre, es menos cómoda. Hay longos de clase media y alta. Muchos. Tal vez demasiados.
El longo —en su versión más acabada— es el que no siente la menor incomodidad al aprovecharse del otro, el que entiende la política como botín, el que confunde astucia con corrupción y vive convencido de que la solidaridad es una debilidad propia de perdedores. Es el oportunista profesional, el que siempre cae parado porque nunca se detuvo a mirar quién quedó debajo.
Por eso la clase política está llena de longos. No porque provengan de tal o cual estrato social, sino porque han hecho del egoísmo una carrera pública. Longos que hablan de meritocracia después de heredar el poder. Longos que criminalizan la pobreza mientras firman contratos opacos. Longos que se persignan antes de mentir y sonríen mientras recortan derechos, convencidos de que la moral es un adorno y la ética una pérdida de tiempo.
El problema no es que existan longos. El problema es que durante demasiado tiempo creímos que el longo siempre era el otro. Que estaba afuera. Que era reconocible por el acento, la ropa o el color de piel. Y así dejamos intactos —e incluso aplaudidos— a los longos verdaderamente peligrosos: los que legislan, administran, juzgan y gobiernan sin el menor sentido de comunidad, pero con un sentido del beneficio personal admirablemente desarrollado.
Tal vez ha llegado el momento de resignificar la palabra. De arrancarla del insulto racial y devolverla al terreno ético, donde siempre debió estar. Llamar longo no al que nace pobre, sino al que actúa con bajeza. No al que carece de privilegios, sino al que carece de principios.
Porque si algo ha quedado claro en este país —y convendría repetirlo hasta el cansancio— es que la piel no determina la dignidad. Pero la conducta, esa sí, nos delata sin piedad. Y de longos con corbata, lamentablemente, estamos bien servidos.
Si no me creen, miren al alcalde de Cuenca.
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