El espejismo del Charlatán
Por: Romeo López A.
Voy a intentar contar una historia (una analogía explicada casi con plastilina) la cual no espero que se tome el tiempo en ser leída y recibida con comedimiento, obviamente, no por los trolls, sobre cómo funcionaron las obras y la administración del alcalde Zamora en Cuenca. Imaginémonos por un momento que Cuenca es nuestra madre y nosotros, sus hijos. Para fines didácticos, digamos que somos siete hermanos y que mamá cambia de esposo cada cuatro años. Este nuevo padrastro llega a instalarse en la casa familiar (sin ser el dueño, desde luego), pero con acceso irrestricto a las cuentas bancarias, a la fortuna, a los ahorros y a las líneas de crédito de mamá. Resulta que nuestros anteriores padrastros (al menos desde Jorge Piedra Ledesma, que es hasta donde me alcanza la memoria) llegaban y trataban a mamá con cariño y respeto, y a todos los hijos con la misma deferencia que el señorío de la casa otorgaba. Eran diligentes con las cuentas y prudentes con la economía del hogar. Aun sabiendo que las tarjetas de crédito de mamá gozaban de un cupo generoso, siempre entendieron que cualquier gasto desmedido, injustificado o falto de análisis terminaría repercutiendo sobre los hijos, quienes tendrían que pagar las deudas una vez que el padrastro de turno se retirara.
Cabe indicar que mamá era por todos conocida como la más bella del pueblo y su casa también, a la que entenderemos que tienen un nombre en la práctica que se llama “infraestructura”; una mansión que, sin ser la más grande, era por lejos la más elegante, armónica y delicadamente construida. Pero entonces llegó un padrastro distinto a todos los demás. Digamos que mamá lo tenía casi en la friendzone, pero por un margen estrechísimo y por errores de los que en principio eran los mejores candidatos, le dio la oportunidad de intentarlo. Por supuesto, el hombre sabía que entre los siete hermanos había de todo: sencillos, incomprendidos, chabacanos, intelectuales, bohemios, ambiciosos y reflexivos. Sin embargo, él no venía a quedar bien con nadie.
Llegaba a la casa, se desabrochaba el cinturón y comenzaba a azotar con el cuero de su lengua iracunda a cualquiera que se atreviera a reclamar, observar u opinar distinto. Había llegado prometiendo a mamá únicamente protegerla de un pillo que llamaremos “Don Radar”. Este tipo había hecho un negocio con el antecesor en el cual se aseguraba el “cuidado” de la casa por montos elevados, eso sí, comisionando a costa de los hijos que se portaban mal. Nada más ofreció eso: librar al hogar de este ladrón. No tenía planes, no tenía ideas, carecía de planificación y no guardaba la menor intención de dejarse asesorar por gente con conocimiento. ¡Faltaría más! ¿Alguien más inteligente que él? Imposible. Transcurrió el tiempo. Mamá no decía nada, pero los hijos empezaron a inquietarse porque no había aparecido nada más que Don Radar diciendo adiós. Al verse acorralado y sin más habilidades y destrezas que su verbo y el ingenio delincuencial suyo y de sus compinches (pues era sabido que jamás trabajó en administración de más que una vaca para comprar trago), el hombre echó mano del monedero, la alcancía, los ahorros, las tarjetas y las líneas de crédito que mamá siempre había guardado, y que sus anteriores cónyuges cuidaron con devoción, sacando y utilizando solo lo necesario; no por brutos ni por incapaces, sino por estar conscientes de que la casa y mamá son más importantes que ellos y que, al final de esos cuatro años, tendrían que vérselas con el barrio, los hijos de mamá y las autoridades (cabe recalcar que todos ellos caminan tranquilos por la calle, sin escoltas ni guardias pretorianas).
Y así es como comenzó el despilfarro: fiestas, comilonas y bacanales para mantener contenta a una parte de la fraternidad. De cuando en cuando, les gritaba a los vecinos (algunas veces a medianoche embriagado y otras al amanecer, secado por la resaca), hablaba mal de los exesposos y se echaba flores a sí mismo mientras servía tragos a la fracción de hijastros que repetían: “Así mismo son todos; al menos este da fiesta y baile”. La cosa no paró ahí. Pidió a sus compinches revisar los saldos bancarios, las reservas y las líneas de crédito, y descubrió que se había sacado la lotería: había dinero para gastar a lo loco. Ocurre que los antiguos esposos habían dejado una impecable reputación en los bancos y un fondo de reserva para que mamá y los niños no pasaran necesidades. Él, en cambio, vio la oportunidad perfecta: “Tengo que gastar este dinero, y qué mejor que comprar algo que los ponga felices mientras me llevo mi comisión en la compra”. Revisó los cajones con las memorias y planes que dejaron los anteriores administradores y halló planos, proyectos e ideas.
Los hizo suyos, eso sí, arrancando las últimas páginas, donde sus predecesores advertían que todo proyecto debía contemplar la deuda futura, un fondo de reserva y un plan de ejecución, situación que siempre los frenó, dejando sin embargo el plan de un futuro mejor para cuando vengan mejores tiempos. Pero para él, eso carecía de importancia. Finalmente, tomó la caja donde mamá guardaba las cartas que los niños enviaban a Papá Noel. Con la euforia de quien encuentra un mapa del tesoro, procedió a justificar el asalto a los ahorros de la casa. Primero, se compró un convertible blindado para sí mismo; por supuesto, el auto familiar no encajaba con su personalidad ni con su prosa. Luego, recordando lo leído en las cartas navideñas y antes de que los hijos se enfadaran, compró tres vehículos: uno llamado Baños, otro Ricaurte y el último El Valle. Se los adquirió a su compinche Juan Pérez Prado. Para disimular el favoritismo, mandó a los muchachos a traer cotizaciones, aunque terminó eligiendo entre tres concesionarias supuestamente independientes: el consorcio Juan Pérez, Pérez Prado y Juan Prado. Y se los entregó a los chicos, quienes no cabían de la dicha. ¡Un carro! Justo lo que necesitábamos. ¡Dos carros! Esto es un sueño… ¡y ni se diga tres! Es una bendición. Ninguno de los exesposos de mamá se preocupó tanto por nosotros. Dios sabe que necesitábamos un carrito para no ir a pie. ¡Papá Noel leyó nuestras cartas! Ni Piedra, ni Muñoz Chávez, ni Cordero, ni Cabrera, ni Granda (bueno, él nos compró el trencito, que cuesta la mitad del predio, pero es lindo), ni Cabrera otra vez, y peor Palacios… ¡Nadie nos dio nada y llega Cristian a darnos tres carros! Y allí estaban ellos, dichosos con sus vehículos, armando calendarios por turnos para los próximos cinco años y agradeciendo al padrastrito por ser el mejor. La realidad, sin embargo, tenía otros matices.
El convertible era carísimo y consumía gasolina de alto octanaje. Las fiestas eran meros espejismos. Tampoco libró a mamá de Don Radar, sino que lo convirtió en su compinche: al más puro estilo de quien tranza con la delincuencia para comprar un espejismo de paz (no sé de dónde sacó esta idea), se reunió con el supuesto enemigo del hogar, le estrechó la mano y le pagó, con los fondos de mamá, más de cinco millones de dólares para que se fuera… reservándose, desde luego, un milloncito para él, con lo cual, como gran jumento, compró una casa a las afueras del barrio para su futuro retiro. Además, al comprar los autos omitió un detalle: no les dijo a los niños que los vehículos requieren matriculación, placas, revisión técnica, neumáticos, cambios de aceite y, sobre todo, ¡GASOLINA! Pero qué más da: los niños estaban felices porque ya tenían carro, asumiendo que del mismo sitio de donde salió para la compra saldría para el mantenimiento y sus paseos.
Mientras tanto, las arcas de mamá, casi vacías, se convertían en un problema para el día de mañana… para cuando él ya no estuviera. Su plan era quedarse cuatro años y, tras encandilar a los muchachos, lograr que le rogaran a mamá cuatro años más. Lo que no calculó fue que sus escándalos, la estridencia de sus fiestas y el vómito que sus secuaces dejaban cada madrugada en las aceras contiguas terminarían atrayendo a las autoridades. Porque, aunque mamá y sus hijos fueran dueños de la propiedad, el vecindario tenía reglas y autoridades, y los vecinos podían oler la inmundicia a distancia. ¿Qué ocurrió? Como todo matón de barrio que se respete, procedió a insultar a todo el mundo sin cruzar la verja, parapetado en el predio hacia afuera. Amenazó e increpó a quien osara pedirle que bajara el volumen de la música (incluidas autoridades), mientras aseguraba a los niños (encandilados con semejante gallardía) que todos los vecinos eran malos y lo odiaban porque solo él sabía hacerlos felices. Al final, la ley intervino. No porque él abriera la puerta de la casa (convertida ya en guarida), sino porque cometió un error flagrante y con testigos: agredió e insultó reiteradamente a su vecina. Ella tuvo que protegerse mediante una denuncia que terminó por exhibirlo ante los tribunales y someterlo, al fin, a la justicia. ¿Y qué pasó con los cuatro años? Se redujeron a tres.
Tuvo que abandonar la casa dejando a algunos hijos con la añoranza de su regreso, y a otros con la sospecha de que quizás no era el ángel que esperaban. Enfermó gravemente: las malas noches, los excesos, la gula y la vida desordenada hicieron mella en su cuerpo. Para colmo, la megalomanía que interpretaba como una suerte de elección divina terminó somatizándose al desvanecerse, dejándolo frágil, debilitado e incapaz de sostener el ritmo de su vida privada y la masturbación mental que le procuraba gritar e insultar al prójimo. Fue así como, convertido en periódico de ayer, resultó abandonado por los suyos: aquellos leales compinches que le juraron fidelidad eterna y a quienes la hija mayor (la que se quedó a cargo) tuvo que sacar a patadas del inmueble. Ahora se rumorea que estos zánganos merodean al posible sucesor: un tipo más contenido, prudente y, si cabe, más humilde, pero que, al haber sido su socio en el pasado, se ve comprometido a mantener vínculos con ellos. Este señor, a diferencia de su antecesor, luce educado, ecuánime y sereno. Se sabe que nunca administró una casa hasta hace tres años, cuando asumió la gestión de una finca rural a la que descuidó y no dejó en muy buen estado. Por lo pronto, la casa luce silenciosa. Algunos hijos aún anhelan los días de fiesta, las fundas de caramelos y el perreo hasta el piso. Los autos adquiridos van llegando; quedó el convertible blindado, pero las cuentas apremian y la deuda tendrá que salir del bolsillo de los chicos. Mamá no tendrá más remedio que recortar privilegios: ahora les tocará lavar sus platos, recoger su basura, remendar su ropa vieja por varios años y salir a trabajar para cubrir el hoyo financiero que dejó aquel remedo de regente romano.
La casa se percibe estoica pero golpeada. Mantiene las goteras, el agua no llega, los techos continúan cuarteados, las cortinas siguen rasgadas y los lavabos gotean. No hay recursos para pagar a las empleadas ni al jardinero. En cambio, siguen llegando las facturas de los DJ para cobrar por las fiestas, junto a las cuentas de los pregoneros que durante tres años recorrieron las calles cantando odas a quien ya no está. Las luces del Gran Gatsby criollo se apagaron. Solo quedan el silencio, los cobros pendientes y la certeza de que el carnaval ha terminado. Por cierto, los tres autos no tienen gasolina ni matrícula para rodar, los niños no saben conducir y los choferes cuestan. Se ven preciosos estacionados en el garaje. Mientras tanto, el convertible blindado tendrá que venderse (¡y ojalá haya comprador!) para intentar pagar las cuentas de este mes. Mientras tanto, los siete hijos se ven enfrentados y comprometidos a salir a trabajar, para que mamá siga siendo bella y hermosa y la casa siga siendo la envidia del barrio, por lo menos en apariencias. Romeo López A. Especialista en Obras Públicas, 20 años.