jueves, 15 de octubre de 2026

 


 EN TIEMPO DE APAGONES Y DE SINVERGÜENZAS

Alberto Acosta

Los apagones demuestran la incapacidad del gobierno. Tratar de engañar a la sociedad diciendo que el gobierno combate la corrupción de ATM y PROGEN, demuestra su sinvergüencería.

Los apagones de los años anteriores, así como los actuales pudieron ser evitados. Sabemos que los estiajes son recurrentes y cada vez peores. El déficit eléctrico es conocido. No es novedad que sube la demanda de electricidad.

A pesar de que había un plan de acción, con recursos económicos para financiarlo, el gobierno de Noboa no asumió sus obligaciones. No solo eso, con su incapacidad y corrupción complicó la situación.

Se desperdiciaron millones de dólares y valioso tiempo con la compra de chatarra eléctrica: PROGEN y ATM. Nos quedamos varios meses sin electricidad de Colombia por la torpe “guerra comercial” del presidente Noboa. La promocionada Ley de Competitividad Energética o LEY NO MÁS APAGONES resultó inútil para enfrentar el problema, pues lo único que se buscaba y se busca es privatizar el sector.

Con todos estos antecedentes, rápidamente descritos, Noboa @DanielNoboaOk  no puede ocultar su responsabilidad en esta compleja situación.

NO VENDRÁN CON LA CANTALETA QUE LA CULPA ES DE LA CONSTITUCIÓN DE MONTECRISTI !!!


 

SUMA YA TU NOMBRE
No hay tiempo que perder: 55 estudiantes gazatíes admitidos en universidades irlandesas están atrapados en zona de guerra. Sin el visado que Irlanda les ha denegado, no entrarán en la lista oficial de evacuación que se cierra este jueves 15 de octubre. Firma ya para que los mandatarios irlandeses sepan que el mundo les exige actuar antes de que sea demasiado tarde.
SUMA YA TU NOMBRE
Queridos amigos y amigas:
Un grupo de 55 jóvenes logró lo imposible en Gaza. Entre los bombardeos y las atrocidades, apostaron por su futuro y consiguieron becas para estudiar en universidades irlandesas. Pero en lugar de tenderles la mano, las autoridades de Irlanda les han denegado el visado que les permitiría salir de la Franja.

El tiempo apremia y cada minuto cuenta. Si los visados no se aprueban antes del 15 de octubre, este grupo de estudiantes no entrará en la próxima evacuación internacional prevista para salir de Gaza y quedará atrapado en una zona de guerra donde las universidades han sido reducidas a escombros.

Ayer tres de ellos consiguieron el visado tras recurrir a la vía judicial, dejándonos claro que presionar en todos los frentes y hasta última hora sigue dando resultado. ¡Pero todavía hay varias decenas en un limbo! Los mandatarios irlandeses tienen margen para intervenir hoy mismo y agilizar la tramitación de los visados. Súmate a nuestra petición de emergencia para que invaliden las denegaciones y aseguren la evacuación segura de todos los estudiantes.
El año pasado, cuando Irlanda se enorgullecía de abrir los brazos a los estudiantes de Palestina, solo se denegaron un 13% de los visados. Este año, los criterios han cambiado y las solicitudes denegadas ascienden a un alarmante 83%. Estas inesperadas trabas burocráticas llegan en el peor momento posible: la ONU ha alertado de la destrucción sistemática y deliberada del sistema educativo superior de Gaza, un “academicidio” que amenaza el futuro de las próximas generaciones.

En el gobierno irlandés, hay quien considera que los trámites deben seguir su curso ordinario, pero estamos hablando de unos estudiantes que ya han pasado un riguroso control académico, han conseguido financiación para sus estudios y han superado la revisión de seguridad prevista por las universidades. Paradójicamente, Irlanda es un país que presume de defender los derechos humanos y la ley internacional. Por eso lanzamos esta petición global para exigir que los mandatarios irlandeses no den la espalda a estos jóvenes vulnerables.

Y la presión va en aumento. Ahora mismo, hay abogados defendiendo a los estudiantes en el Tribunal Superior de Irlanda. Un clamor ciudadano internacional podría dar a los mandatarios irlandeses el empujón que necesitan para revocar esta cruel barrera administrativa. Si hoy miles de personas alzamos la voz, podemos animar al gobierno a tomar cartas antes que se cierre el plazo para presentar las listas de evacuación dentro de unos días.
Nuestro movimiento siempre ha estado del lado de quienes huyen de la violencia y ha recordado a los gobiernos su compromiso con los derechos humanos, especialmente cuando hay vidas en juego. Hoy, estamos con estos 55 estudiantes, usando nuestra voz para abrirles la puerta a una educación y a una vida donde no tengan que preocuparse por la inseguridad. Hagamos lo imposible para que Irlanda responda a su llamada a tiempo.

Con esperanza y determinación,

Parker, Marco, Antonia, Lilian, Julian y todo el equipo de Avaaz



En esta campaña tomamos como referencia la cifra de 55 personas becadas, datos que también utilizan la plataforma "Gaza Scholars Ireland" y diversos medios de comunicación (que corresponden a las 58 becas totales menos las 3 personas que acaban de obtener su visado). Según otras fuentes, el bloqueo de los visados podría afectar hasta a 155 estudiantes. Nuestra solidaridad y nuestro apoyo son para todos ellos.
 
En la imagen, una estudiante preparando los exámenes finales de secundaria en Gaza. Hemos querido mostrar la realidad más amplia de todos los jóvenes gazatíes que quieren estudiar y dejar atrás la inseguridad.

 

Periodismo: el mejor oficio del mundo

Palabras pronunciadas por Gabriel García Márquez en Los Ángeles, Estados Unidos, el 7 de octubre  de 1996 ante la 52a. Asamblea de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP).


A una universidad colombiana se le preguntó cuáles son las pruebas de aptitud y vocación que se hacen a quienes desean estudiar periodismo y la respuesta fue terminante: “los periodistas no son artistas”. Estas reflexiones, por el contrario, se fundan precisamente en la certidumbre de que el periodismo escrito es un género literario. Lo malo es que los estudiantes y muchos maestros no lo saben, o no lo creen. Tal vez a eso se debe que sean tan imprecisas las razones que la mayoría de los estudiantes han dado para explicar su decisión de estudiar periodismo. Uno dijo: “Tomé comunicaciones porque sentía que los medios ocultaban más que lo que mostraban”. Otro: “Porque es el mejor camino para la política”. Sólo uno atribuyó su preferencia a que su pasión por informar superaba su interés por ser informado.                                                                                                                      

Hace unos cincuenta años, cuando la prensa colombiana estaba a la vanguardia en América Latina, no había escuelas de periodismo. El oficio se aprendía en las salas de redacción, en los talleres de imprenta, en el cafetín de enfrente, en las parrandas de los viernes. Todo el periódico era una fábrica que formaba e informaba sin equívocos, y generaba opinión dentro de un ambiente de participación que mantenía la moral en su puesto. Pues los periodistas andábamos siempre juntos, hacíamos vida común, y éramos tan fanáticos del oficio que no hablábamos de nada distinto que del oficio mismo. El trabajo llevaba consigo una amistad de grupo que inclusive dejaba poco margen para la vida privada. No existían las juntas de redacción institucionales, pero a las cinco de la tarde, sin convocatoria oficial, todo el personal de planta hacía una pausa de respiro en las tensiones del día y confluía a tomar el café en cualquier lugar de la redacción. Era una tertulia abierta donde se discutían en caliente los temas de cada sección y se le daban los toques finales a la edición de mañana. Los que no aprendían en aquellas cátedras ambulatorias y apasionadas de veinticuatro horas diarias, o los que se aburrían de tanto hablar de lo mismo, era porque querían o creían ser periodistas, pero en realidad no lo eran.

El periódico cabía entonces en tres grandes secciones: noticias, crónicas y reportajes, y notas editoriales. La sección más delicada y de gran prestigio era la editorial. El cargo más desvalido era el de reportero, que tenía al mismo tiempo la connotación de aprendiz y cargaladrillos. El tiempo y el mismo oficio han demostrado que el sistema nervioso del periodismo circula en realidad en sentido contrario. Doy fe: a los diecinueve años,  siendo el peor estudiante de derecho, empecé mi carrera como redactor de notas editoriales y fui subiendo poco a poco y con mucho trabajo por las escaleras de las diferentes secciones, hasta el máximo nivel de reportero raso.

La misma práctica del oficio imponía la necesidad de formarse una base cultural, y el mismo ambiente de trabajo se encargaba de fomentarla. La lectura era una adicción laboral. Los autodidactas suelen ser ávidos y rápidos, y los de aquellos tiempos lo fuimos de sobra para seguir abriéndole paso en la vida al mejor oficio del mundo –como nosotros mismos lo llamábamos. Alberto Leras Camargo, que fue periodista siempre y dos veces presidente de Colombia, no era ni siquiera bachiller.

La creación posterior de las escuelas de periodismo fue una reacción escolástica contra el hecho cumplido de que el oficio carecía de respaldo académico. Ahora ya no son sólo para la prensa escrita sino para todos los medios inventados y por inventar.

Pero en su expansión se llevaron de calle hasta el nombre humilde que tuvo el oficio desde sus orígenes en el siglo XV, y ahora no se llama periodismo sino ciencias de la comunicación o comunicación social. El resultado, en general, no es alentador. Los muchachos que salen ilusionados de las academias, con la vida por delante, parecen desvinculados de la realidad y de sus problemas vitales, y prima un afán de protagonismo sobre la vocación y las aptitudes congénitas. Y en especial sobre las dos condiciones más importantes: la creatividad y la práctica.

La mayoría de los graduados llegan con deficiencias flagrantes, tienen graves problemas de gramática y ortografía, y dificultades para una comprensión reflexiva de textos. Algunos se precian de que pueden leer al revés un documento secreto sobre el escritorio de un ministro, de grabar diálogos casuales sin prevenir al interlocutor, o de usar como noticia una conversación convenida de antemano como confidencial. Lo más grave es que estos 3 atentados éticos obedecen a una noción intrépida del oficio, asumida a conciencia y fundada con orgullo en la sacralización de la primicia a cualquier precio y por encima de todo. No los conmueve el fundamento de que la mejor noticia no es siempre la que se da primero sino muchas veces la que se da mejor. Algunos, conscientes de sus deficiencias, se sienten defraudados por la escuela y no les tiembla la voz para culpar a sus maestros de no haberles inculcado las virtudes que ahora les reclaman, y en especial la curiosidad por la vida.

Es cierto que estas críticas valen para la educación general, pervertida por la masificación de escuelas que siguen la línea viciada de lo informativo en vez de lo formativo. Pero en el caso específico del periodismo parece ser, además, que el oficio no logró evolucionar a la misma velocidad que sus instrumentos, y los periodistas se extraviaron en el laberinto de una tecnología disparada sin control hacia el futuro. Es decir, las empresas se han empeñado a fondo en la competencia feroz de la modernización material y han dejado para después la formación de su infantería y los mecanismos de participación que fortalecían el espíritu profesional en el pasado. Las salas de redacción son laboratorios asépticos para navegantes solitarios, donde parece más fácil comunicarse con los fenómenos siderales que con el corazón de los lectores. La deshumanización es galopante.

No es fácil entender que el esplendor tecnológico y el vértigo de las comunicaciones, que tanto deseábamos en nuestros tiempos, hayan servido para anticipar y agravar la agonía cotidiana de la hora del cierre. Los principiantes se quejan de que los editores les conceden tres horas para una tarea que en el momento de la verdad es imposible en menos de seis, que les ordenan material para dos columnas y a la hora de la verdad sólo les asignan media, y en el pánico del cierre nadie tiene tiempo ni humor para explicarles por qué, y menos para darles una palabra de consuelo. “Ni siquiera nos regañan”, dice un reportero novato ansioso de comunicación directa con sus jefes. Nada: el editor que antes era un papá sabio y compasivo, apenas si tiene fuerzas y tiempo para sobrevivir él mismo a las galeras de la tecnología. 

Creo que es la prisa y la restricción del espacio lo que ha minimizado el reportaje, que siempre tuvimos como el género estrella, pero que es también el que requiere más tiempo, más investigación, más reflexión, y un dominio certero del arte de escribir. Es en realidad la reconstitución minuciosa y verídica del hecho. Es decir: la noticia completa, tal como sucedió en la realidad, para que el lector la conozca como si hubiera estado en el lugar de los hechos.

Antes que se inventaran el teletipo y el télex, un operador de radio con vocación de mártir capturaba al vuelo las noticias del mundo entre silbidos siderales, y un redactor erudito las elaboraba completas con pormenores y antecedentes, como se reconstruye el esqueleto entero de un dinosaurio a partir de una vértebra. Sólo la interpretación estaba vedada, porque era un dominio sagrado del director, cuyos editoriales se presumían escritos por él, aunque no lo fueran, y casi siempre con caligrafías célebres por lo enmarañadas. Directores históricos tenían linotipistas personales para descifrarlas.

Un avance importante en este medio siglo es que ahora se comenta y se opina en la noticia y en el reportaje, y se enriquece el editorial con datos informativos. Sin embargo, los resultados no parecen ser los mejores, pues nunca como ahora ha sido tan peligroso este oficio. El empleo desaforado de comillas en declaraciones falsas o ciertas permite equívocos inocentes o deliberados, manipulaciones malignas y tergiversaciones venenosas que le dan a la noticia la magnitud de un arma mortal. Las citas de fuentes que merecen entero crédito, de personas generalmente bien informadas o de altos funcionarios que pidieron no revelar su nombre, o de observadores que todo lo saben y que nadie ve, amparan toda clase de agravios impunes. Pero el culpable se atrinchera en su derecho de no revelar la fuente, sin preguntarse si él mismo no es un instrumento fácil de esa fuente que le transmitió la información como quiso y arreglada como más le convino. Yo creo que sí: el mal periodista piensa que su fuente es su vida misma –sobre todo si es oficial– y por eso la sacraliza, la consiente, la protege, y termina por establecer con ella una peligrosa relación de complicidad, que lo lleva inclusive a menospreciar la decencia de la segunda fuente. Aún a riesgo de ser demasiado anecdótico, creo que hay otro gran culpable en este drama: la grabadora. Antes de que ésta se inventara, el oficio se hacía bien con tres recursos de trabajo que en realidad eran uno sólo: la libreta de notas, una ética a toda prueba, y un par de oídos que los reporteros usábamos todavía para oír lo que nos decían. El manejo profesional y ético de la grabadora está por inventar. Alguien tendría que enseñarles a los colegas jóvenes que la casete no es un sustituto de la memoria, sino una evolución de la humilde libreta de apuntes que tan buenos servicios prestó en los orígenes del oficio. La grabadora oye pero no escucha, repite –como un loro digital– pero no piensa, es fiel pero no tiene corazón, y a fin de cuentas su versión literal no será tan confiable como la de quien pone atención a las palabras vivas del interlocutor, las valora con su inteligencia y las califica con su moral. Para la radio tiene la enorme ventaja de la literalidad y la inmediatez, pero muchos entrevistadores no escuchan las respuestas por pensar en la pregunta siguiente.

La grabadora es la culpable de la magnificación viciosa de la entrevista. La radio y la televisión, por su naturaleza misma, la convirtieron en el género supremo, pero también la prensa escrita parece compartir la idea equivocada de que la voz de la verdad no es tanto la del periodista que vio como la del entrevistado que declaró. Para muchos redactores de periódicos la transcripción es la prueba de fuego: confunden el sonido de las palabras, tropiezan con la semántica, naufragan en la ortografía y mueren por el infarto de la sintaxis. Tal vez la solución sea que se vuelva a la pobre libretita de notas para que el periodista vaya editando con su inteligencia a medida que escucha, y le deje a la grabadora su verdadera categoría de testigo invaluable. De todos modos, es un consuelo suponer que muchas de las transgresiones éticas, y otras tantas que envilecen y avergüenzan al periodismo de hoy, no son siempre por inmoralidad, sino también por falta de dominio profesional.

Tal vez el infortunio de las facultades de comunicación social es que enseñan muchas cosas útiles para el oficio, pero muy poco del oficio mismo. Claro que deben persistir en sus programas humanísticos, aunque menos ambiciosos y perentorios, para contribuir a la base cultural que los alumnos no llevan del bachillerato. Pero toda la formación debe estar sustentada en tres pilares maestros: la prioridad de las aptitudes y las vocaciones, la certidumbre de que la investigación no es una especialidad del oficio sino que todo el periodismo debe ser investigativo por definición, y la conciencia de que la ética no es una condición ocasional, sino que debe acompañar siempre al periodismo como el zumbido al moscardón.

El objetivo final debería ser el retorno al sistema primario de enseñanza mediante talleres prácticos en pequeños grupos, con un aprovechamiento crítico de las experiencias históricas, y en su marco original de servicio público. Es decir: rescatar para el aprendizaje el espíritu de la tertulia de las cinco de la tarde.

Un grupo de periodistas independientes estamos tratando de hacerlo para toda la América Latina desde Cartagena de Indias, con un sistema de talleres experimentales e itinerantes que lleva el nombre nada modesto de Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano. Es una experiencia piloto con periodistas nuevos para trabajar sobre una especialidad específica –reportaje, edición, entrevistas de radio y televisión, y tantas otras– bajo la dirección de un veterano del oficio.

En respuesta a una convocatoria pública de la fundación, los candidatos son propuestos por el medio en que trabajan, el cual corre con los gastos del viaje, la estancia y la matrícula. Deben ser menores de treinta años, tener una experiencia mínima de tres, y acreditar su aptitud y el grado de dominio de su especialidad con muestras de las que ellos mismos consideren sus mejores y sus peores obras.

La duración de cada taller depende de la disponibilidad del maestro invitado –que escasas veces puede ser de más de una semana–, y éste no pretende ilustrar a sus talleristas con dogmas teóricos y prejuicios académicos, sino foguearlos en mesa redonda con ejercicios prácticos, para tratar de transmitirles sus experiencias en la carpintería del oficio. Pues el propósito no es enseñar a ser periodistas, sino mejorar con la práctica a los que ya lo son. No se hacen exámenes ni evaluaciones finales, ni se expiden diplomas ni certificados de ninguna clase: la vida se encargará de decidir quién sirve y quién no sirve.

Trescientos veinte periodistas jóvenes de once países han participado en veintisiete talleres en sólo año y medio de vida de la fundación, conducidos por veteranos de diez nacionalidades. Los inauguró Alma Guillermoprieto con dos talleres de crónica y reportaje. Terry Anderson dirigió otro sobre información en situaciones de peligro, con la colaboración de un general de las fuerzas armadas que señaló muy bien los límites entre el heroísmo y el suicidio. Tomas Eloy Martínez, nuestro cómplice más fiel y encarnizado, hizo un taller de edición y más tarde otro de periodismo en tiempos de crisis. Phil Bennet hizo el suyo sobre las tendencias de la prensa en los Estados Unidos y Stephen Ferry lo hizo sobre fotografía. El magnífico Horacio Bervitsky y el acucioso Tim Golden exploraron distintas áreas del periodismo investigativo, y el español Miguel Ángel Bastenier dirigió un seminario de periodismo internacional y fascinó a sus talleristas con un análisis crítico y brillante de la prensa europea.

Uno de gerentes frente a redactores tuvo resultados muy positivos, y soñamos con convocar el año entrante un intercambio masivo de experiencias en ediciones dominicales entre editores de medio mundo. Yo mismo he incurrido varias veces en la tentación de convencer a los talleristas de que un reportaje magistral puede ennoblecer a la prensa con los gérmenes diáfanos de la poesía.

Los beneficios cosechados hasta ahora no son fáciles de evaluar desde un punto de vista pedagógico, pero consideramos como síntomas alentadores el entusiasmo creciente de los talleristas, que son ya un fermento multiplicador del inconformismo y la subversión creativa dentro de sus medios, compartido en muchos casos por sus directivas. El solo hecho de lograr que veinte periodistas de distintos países se reúnan a conversar cinco días sobre el oficio ya es un logro para ellos y para el periodismo. Pues al fin y al cabo no estamos proponiendo un nuevo modo de enseñarlo, sino tratando de inventar otra vez el viejo modo de aprenderlo.

Los medios harían bien en apoyar esta operación de rescate. Ya sea en sus salas de redacción, o con escenarios construidos a propósito, como los simuladores aéreos que reproducen todos los incidentes del vuelo para que los estudiantes aprendan a sortear los desastres antes de que se los encuentren de verdad atravesados en la vida. Pues el periodismo es una pasión insaciable que sólo puede digerirse y humanizarse por su confrontación descarnada con la realidad. Nadie que no la haya padecido puede imaginarse esa servidumbre que se alimenta de las imprevisiones de la vida. Nadie que no lo haya vivido puede concebir siquiera lo que es el pálpito sobrenatural de la noticia, el orgasmo de la primicia, la demolición moral del fracaso. Nadie que no haya nacido para eso y esté dispuesto a vivir sólo para eso podría persistir en un oficio tan incomprensible y voraz, cuya obra se acaba después de cada noticia, como si fuera para siempre, pero que no concede un instante de paz mientras no vuelve a empezar con más ardor que nunca en el minuto siguiente.


 Kirvin Larios

Por fuera de las novelas de Gabriel García Márquez, el tiempo vertiginoso de Macondo nos sigue interpelando. Pestes de olvido, guerras y pugnas políticas, crisis climática, poderes delirantes: somos testigos o protagonistas de un continente en constante hervor. Las sociedades se miran en el espejo del pasado y en las tensiones del presente tratando de descifrar lo que viene. En 2026, varios países acudieron o acudirán a las urnas en un clima de agitación y expectativa que evoca las épocas en que la sociedad se dividía –también– en izquierda y derecha. Casos como el de Cuba sugieren un futuro incierto, con injerencias estadounidenses propias de comienzos del siglo XX, tal como ocurre hoy en Venezuela. 

El Festival Gabo 2026 se propuso analizar este entorno en la charla ‘La nueva vieja América Latina’, que se llevó a cabo el 24 de julio en el auditorio del Gimnasio Moderno de Bogotá. Los periodistas Natalia Viana (Brasil), Luz Mely Reyes (Venezuela), Diana Calderón (Colombia), Nelly Luna Amancio (Perú) y Norges Rodríguez (Cuba) conversaron con Gustau Alegret (España) sobre aspectos nuevos o problemas recurrentes de esta región donde, como en Cien años de soledad, la realidad parece dar vueltas en redondo. Al temor por los dictadores y los autoritarismos se ha sumado la incertidumbre ligada a la desinformación y el crecimiento de las plataformas tecnológicas, un hecho que repercute profundamente en la cobertura periodística y en las decisiones que se toman en democracia.

La desinformación

¿Pero qué tiene esta ‘vieja América Latina’ hoy que la distingue de las anteriores? Esa fue la pregunta introductoria de Alegret y Viana no dudó en afirmar que una de las novedades es la desinformación, no porque no haya existido antes sino porque nunca había sido igual. Es la desinformación como “arma política”, que exige a las personas observar con mucho cuidado y estar atentas ante las manipulaciones discursivas. “Los periodistas somos partícipes de este desorden informacional cuando ampliamos estas narrativas de desinformación”, añadió.

“El debate está privatizado, concentrado en empresas estadounidenses que imponen las reglas del juego. Es un contexto en que manda la plata”, dijo Viana. En esa crisis, un punto alarmante es “la alianza con el fascismo y el gobierno autoritario de Donald Trump, lo cual permite un nuevo imperialismo, más complejo de enfrentar y denunciar”. 

Viana afirmó que “por suerte y por pasión” siempre se ha dedicado a investigar la influencia estadounidense en Latinoamérica y Brasil. Antes, explicó, no se hablaba de soberanía como en el presente. “Lo que hicieron en Venezuela es tomárselo y ahora gobernarla”, dijo, en un apunte que adquiere vigencia con la nueva “privatización” anunciada por Trump del campo petrolero venezolano para alimentar las reservas de Estados Unidos.

Para Viana, los problemas de algunos gobiernos están ligados a la desinformación y al alcance nunca antes visto de las compañías tecnológicas: “Las plataformas digitales son partícipes de la desinformación, incluso de la que derroca la democracia. No ha habido en la historia de la humanidad empresas que fueran tan poderosas”, dijo refiriéndose a las grandes tecnológicas. Ante la pregunta de si había que regularlas, respondió enfáticamente: “Absolutamente. Si no, destruirlas”.

El trabajo en red

Luna Amancio continuó con las críticas a las grandes tecnológicas. “Hay empresas que han puesto bajo ataque el concepto de democracia. Hay nuevas narrativas inventadas por ellos mismos que tienen como fin supremo destruir todo lo que se había construido bajo el estándar de lo que conocemos como democracia liberal”. La periodista cuestionó también los fundamentos de ese modelo en América Latina, donde, afirmó, el crecimiento económico se ha sostenido en el “despojo de la tierra”.

Recordó que este año Elon Musk se convirtió en la primera en alcanzar un patrimonio neto de un billón de dólares: “Este debate, entonces, no es solo político, sino económico. ¿Y qué podemos hacer los periodistas en este escenario de democracia atacada? Creo que nos obliga a repensar no solo las prácticas, sino qué tipo de democracias hemos estado narrando”, añadió. Pero “las crisis nos dan oportunidades de repensarnos”.

La periodista considera que lo diferente de esta “nueva vieja América Latina” es “un periodismo que trabaja en red”. Existen, por ejemplo, organizaciones comunitarias indígenas y un tejido social con bases más sólidas que cuando las dictaduras azotaban el continente.

El silencio y la necesidad de ‘llamar las cosas por su nombre’

La preocupación por la soberanía volvió a la mesa. Para Reyes, “lo nuevo” en América Latina es que existan encuentros públicos en los que sentarse a hablar sobre estos temas. “Hace diez años difícilmente veíamos espacios donde mujeres periodistas teníamos espacios públicos en los que nos sentásemos a hablar con diversidad”, dijo. Y denunció el silencio ante la situación de su país: “Yo soy de Venezuela, un país donde nos desmontaron la democracia, donde un gobierno violó la soberanía popular al robarse una elección y luego entregó la soberanía a su enemigo histórico en un ejercicio de violencia contra Venezuela y Latinoamérica, que se quedó callada”.

En los casos de Cuba o Nicaragua advierte un fenómeno similar: “Todavía no tenemos una visión regional que defienda valores fundamentales”. 

“Necesitamos ser valientes para decir y nombrar las cosas”, afirmó Reyes. “Se sigue muriendo gente en nuestros países, flexibilizando la tolerancia a ciertas acciones. Me pregunto cómo podemos actuar. Hace falta tener liderazgos que se paren firmemente, que puedan llamar las cosas por su nombre. ¿Podrán cambiarlas? Tal vez no. Pero podemos empezar a llamarlas sin eufemismos”. 

Como contrapunto del silencio, surge el ruido de la polarización. “Nosotros entendimos que la polarización es una trampa y es una trampa porque vende el conflicto pero termina debilitándonos muchísimo a los periodistas”, añadió Reyes.

Velocidad de las mentiras

“Lo que es nuevo son las redes sociales. Es como un cronómetro digital que nos permite reaccionar rápidamente”, dijo Calderón, que también comentó la necesidad de ver los “matices” y “zonas grises” de este contexto en un mundo digital que propaga fácilmente mentiras. Los periodistas van a otro ritmo: “La desinformación no necesita fact checking. Lo único que necesita comprobación es lo que nosotros informamos y eso toma un tiempo que las redes no necesitan y nosotros sí necesitamos”.

Calderón también se refirió a la situación actual de Colombia. “Para nosotros es nuevo que acabamos de salir del primer gobierno de izquierda durante cuatro años y vamos a estrenar un gobierno, que es la nueva derecha. Son elementos que no habíamos vivido, ni la izquierda ni la nueva derecha. Esto nos plantea un desafío con nuevos códigos. Estos liderazgos surgen de las mismas realidades de América Latina: narcotráfico, desigualdad”. Además mencionó la situación de otros países y mostró preocupación, de nuevo, por el silencio ante las injusticias. “Cuba lleva 70 años sin elecciones. Daniel Ortega avisó que no habría elecciones en Nicaragua. Me pregunto si nos estamos quedando callados ante algo que se está repitiendo constantemente”.

Imperialismo y violaciones de derechos humanos

Las palabras de Calderón dieron paso a la intervención de Rodríguez, que se centró en el drama cubano. “Hace mucho tiempo no tenemos elecciones. Una de las primeras cosas que hizo Fidel Castro fue controlar la prensa. El acceso a internet ha cambiado el panorama del país grandemente en lo que tiene que ver con el periodismo, que se hace digital. En los últimos años, y creo que eso también es nuevo, con los cambios en los algoritmos, se nota más la polarización”, dijo.

Norges también denunció el silencio regional con respecto a la situación de su país y las formas de imperialismo que ha vivido. En Cuba hay una base naval de Estados Unidos, pero ha habido bases soviéticas y hay bases de China. “Cuando se habla de imperialismo, por lo menos en el caso de Cuba, hay que hablar en plural. Y con respecto a lo que está sucediendo ahora, el escenario en Cuba es incluso peor. Han pasado 70 años sin democracia en los que la región no ha hecho nada. La región ha hecho silencio, incluso en algún punto ha justificado el hecho de que no exista democracia durante 70 años. Hay un imperialismo, hay un enemigo, y el régimen ha utilizado ese enemigo también para justificar todo tipo de atrocidades y violaciones de derechos humanos”. 


miércoles, 14 de octubre de 2026

 


 

El profesor que lucha también está enseñando


Por Karina Marín Lara

La escena se confunde con muchas otras de los últimos años. En esta, en particular, se ve a estudiantes, administrativos y docentes, de un lado, protestando y reclamando por una presencia que no es bienvenida; y, del otro lado, a policías y militares armados hasta los dientes, impidiendo el paso de la misma comunidad dentro de su propio predio, normalizando la vulneración de la autonomía universitaria. Los separa una valla de metal, barrera improvisada que denota la imposición de una frontera como medida aparentemente obvia para garantizar orden y seguridad. En medio de esa teatralización del poder, se deja notar, de repente, el cuerpo reptante y decidido de un hombre maduro, pero lo suficientemente ágil e indignado como para optar por cruzar aquel límite a rastras sobre su espalda, atravesando con dificultad el espacio que el cerco metálico no logra resguardar. Una vez del otro lado, el hombre se incorpora y, colocándose en medio de los uniformados, levanta el cartel de protesta que lleva en sus manos, en el que puede leerse: “Cuenca no es tu hacienda. No somos tus títeres Noboa”, ante la mirada incrédula de las fuerzas de seguridad que no pudieron impedir su desacato.

El gesto, que ese día anticipó la expulsión del heredero de las industrias Noboa de la Universidad de Cuenca, le ha valido, entre otros, el calificativo de ‘agitador’ al profesor Santiago Rosano, ciudadano español que ejerce la docencia desde hace ya varios años en Ecuador. El término ‘agitador’, vale decirlo, está definido por la RAE como “persona que excita los ánimos para propugnar determinados cambios políticos o sociales”. Cambios que al poder de turno no le convienen, claro está, y por eso ha amenazado no solamente con separar al profesor Rosano de la institución educativa, sino también con deportarlo. El motivo podría ser resumido en apenas unas palabras: un profesor indignado es un sujeto incómodo. En tiempos de mentes adormecidas y de brazos sometidos, los cuerpos que se levantan para protestar dejan en evidencia las verdaderas intenciones de los regímenes que procuran normalizar la violencia, como discurso y como estrategia. ¿Acaso no se deja ver en todo el esplendor de su autoritarismo la señora Alcívar, ministra de turno de la cartera de Educación, que exige por redes sociales el despido del profesor con argumentos que desconocen la ley, pero que ante todo hacen gala de una ignorancia supina y de un moralismo impostado del que se hacen eco también otros tantos títeres de este gobierno cínico e infame? “¡Que alguien piense en los niños!”, le faltó salir gritando a la ministra, la misma que tendrá, tarde o temprano, que dar cuentas del fracaso de las políticas de guerra impuestas en el sistema educativo nacional, esas que profundizan una crisis sin precedentes, caracterizada por un clima de reclutamiento, tráfico de drogas, extorsiones y amenazas en escuelas y colegios de todo el país, como han mostrado recientemente sesudos trabajos del periodismo independiente.

De todos modos, a la señora Alcívar le tendremos también que dar las gracias por darnos la posibilidad, muy a su pesar, de conocer las reflexiones del profesor Rosano. Porque, hablando de niñeces, este docente es experto en psicología educativa y educación inclusiva, y ha llevado a cabo un trabajo que ya no podremos ignorar: ha defendido el derecho a la educación y a la convivencia diversa, a la participación estudiantil y al reconocimiento de la voz de niñas y niños en contextos escolares incluyentes, poniendo en crisis el adultocentrismo. “No se trata de caer en la idea de que ‘en ellos está la verdad’, pero sí que en sus voces está parte de la verdad, que sin sus voces es imposible construir el rompecabezas del mundo, actual, y del soñado”, escribió Rosano en un artículo publicado hace más de una década, en el que se proponía, justamente, señalar la importancia de la participación como un derecho de niñas y niños, para garantizar la inclusión educativa. Dicha participación, hay que decirlo, señala directamente la implicación política de una generación que a estas alturas, y ante los acontecimientos mundiales de los que somos testigos, no podemos eludir.

¿Acaso no ha sido la juventud francesa, durante los últimos días, la que nos ha mostrado lo que sucede cuando las generaciones más frescas dejan de lado la pantalla del celular? Esos gestos de sublevación, que incluyeron la toma simbólica de La Bastilla en París, hace pocos días, y que han provocado que adultos uniformados que han despolitizado sus vidas los sometan con violencia, son gestos de cuerpos agitados, desbordados si se quiere, cansados de tanta injusticia, cuerpos que incomodan y que provocan al poder. Detrás de esos cuerpos jóvenes, enfadados y creativos, alterados y festivos, hay sin duda profesoras y profesores que no se conformaron con los programas educativos oficiales y que decidieron no colocar sobre los ojos de sus estudiantes ningún tipo de venda. Detrás de esas juventudes hay, además, padres y madres que les hablan a sus hijas y a sus hijos de frente, sin subestimarles, diciéndoles que les ha tocado vivir una época de espantos y que deben prepararse. Estas formas de la docencia y estas formas de la crianza son a las que el poder tanto les teme y por eso reacciona como reacciona. Agitadoras y agitadores de almas nuevas, cualquier adulto de ojos bien abiertos, encarnando el descontrol y la indignación, representa para el poder una amenaza: la posibilidad del fracaso de su proyecto de zombies. Sin embargo, para el resto de la población, cualquier adulto enseñando a luchar debería representar al menos una pequeña luz de esperanza.

“Levantar al mundo. Para lograrlo, hacen falta gestos, hacen falta deseos, hacen falta profundidades” escribía Georges Didi-Huberman en el texto a propósito de su exposición Sublevaciones, justamente al finalizar el apartado en el que hace referencia a la película Cero en conducta, del director francés Jean Vigo, en la que se muestra la insurrección de un grupo de estudiantes de un internado ante el régimen de opresión y la severidad impuesta por las autoridades de la institución. La película fue estrenada  en 1933 y luego censurada hasta 1945. Una de sus escenas más memorables es, precisamente, aquella en la que, ya organizado el complot en contra de las autoridades del internado, los niños inician una revuelta a partir de una ‘guerra de almohadas’ en el dormitorio compartido. En aquella escena, uno de los niños lee una proclama, que parece insistir en ser escuchada casi un siglo después:

 “Hemos declarado la guerra. ¡Mueran los vigilantes! ¡Abajo los castigos! ¡Viva la rebelión!… ¡La libertad o la muerte!  […] Plantemos nuestra bandera en el techo del colegio. ¡Mañana, todos decididos a luchar con nosotros! ¡Adelante! ¡Adelante!”

¿No queríamos, entonces, que la juventud despertara? ¿No ha sido juventud la que salió a las calles en Chile hace unos días, la que acampa en la Puerta del Sol, en Madrid, la que marcha en Nueva Delhi ahora mismo, la que ha salido a las calles brasileñas a alertar sobre las consecuencias regionales, si ganara el candidato de la oposición? ¿No fue acaso juventud universitaria la que inició las acampadas en contra del genocidio palestino en universidades estadounidenses, luego del 7 de octubre de 2024? ¿Acaso no ha sido sobre todo juventud la que ha salido a defender los ríos en Cuenca? ¿Acaso no fue sobre todo juventud la que marchó este sábado 10 de octubre en Quito, que concluyó con demostraciones de abuso policial en contra de manifestantes y periodistas?  ¿Acaso no es juventud lo que exhibe el dirigente estudiantil Mauricio Ochoa, también perseguido por presidir la Federación de Estudiantes Universitarios en Cuenca, que se opuso a la militarización de su casa de estudios y defendió la autonomía universitaria?

Si lo que ha pasado en Gaza ha empezado a pasar en casa, sépase que también París está más cerca que nunca. Quienes enseñamos y criamos conscientes  del mundo que les ha tocado vivir a nuestras hijas e hijos, no podemos hacer menos que enseñar con el ejemplo. Porque la protesta es también un derecho académico, como nos lo ha recordado Cristina Burneo Salazar, debemos asumir la responsabilidad de debatir todas aquellas circunstancias que afectan a la educación y de expresar con libertad aquello que atañe a toda la sociedad, aquello que nos está violentando. Ni la militarización de las universidades ni las amenazas de deportación pueden ser herramientas consentidas por la ciudadanía para que un gobierno ejerza su poder fuera de la ley, como si nada. Y si para impedirlo será necesario que reptemos debajo de vallas hasta que seamos señaladas como ‘agitadoras’, lo haremos. Ya lo hemos vivido y no vamos a callar.

Que nuestros cuerpos indignados y solidarios sean el rumbo a seguir.