"He conocido en persona a Isabel Allende y esto es todo lo que he aprendido de ella"
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Rebuscando entre las estanterías del salón de mi casa el mismo día en que se anunció que Isabel Allende se había alzado con el Premio Planeta de 2026, encontré un ejemplar de ‘La casa de los espíritus’. En su primera página, una dedicatoria escrita a mano marcaba una fecha: 14 de febrero de 1994. Aquel regalo de San Valentín que mi madre se hizo a sí misma hace más de tres décadas guardaba otro secreto: en aquel año, ella tenía la misma edad que tengo yo hoy. Descubrir que ambas nos habíamos asomado por primera vez a este universo con la misma mirada joven convirtió mi lectura en un hilo invisible entre dos generaciones; sostenerlo, además, sin saber que, dos semanas más tarde, estaría sentada frente a su autora, elevó el nivel de magia a algo casi místico.
El pasado 29 de octubre, el hotel InterContinental de Madrid acogió un desayuno en ‘petit comité’. Allí, en un ambiente íntimo, reservado para un reducido grupo de revistas, Isabel Allende se presentó ante nosotras con esa elegancia, calidez y humanidad que trasciende cualquier página escrita. Lo demostró al comienzo del encuentro con un gesto de profunda empatía: dar su más sentido pésame por la tragedia ferroviaria ocurrida en Urda (Toledo). “Me recordó a lo que sucedió con las Torres Gemelas en Nueva York, que puso al país entero a reflexionar. Se disolvió rápido, pero hubo una sensación de unidad en el dolor”, expresó conmovida.
Tras aquel momento de respeto y sensibilidad, se dio paso al motivo central de la cita: presentar ‘La hora antes del alba’, la esperada novela que llega a las librerías este 4 de noviembre. La directora de la editorial Planeta, Belén López, evocó la emoción vivida durante la gala del premio, donde 1.400 personas se pusieron en pie para regalar a la escritora chilena una ovación por su victoria, pero especialmente como homenaje por toda una vida entregada a las letras. Y no es para menos, puesto que la obra supone el esperadísimo regreso al mundo de ‘La casa de los espíritus’ al recuperar a Alba, la nieta de Clara y Esteban Trueba, justo en el punto donde la historia original se detuvo durante 44 años.
El nacimiento de 'La hora antes del alba'
Durante décadas, en los encuentros de Isabel Allende con sus lectores, surgía la misma pregunta: ¿qué fue de Alba tras la última página de ‘La casa de los espíritus’? La propia autora nos explicó entre risas que, aunque a ella le apasionan los finales abiertos porque reflejan lo impredecible de la vida, comprendió que sus seguidoras –porque la mayoría son mujeres– necesitaban saber si aquella joven torturada, violada, embarazada y devastada tras la pérdida de su abuelo había logrado salir adelante. La semilla de esta novela, gestada durante un viaje en 'ferry' entre Montevideo y Buenos Aires, terminó de germinar al observar la inquietante fragilidad de las democracias actuales y el peligro de la amnesia colectiva frente a los autoritarismos.
En esa intersección entre memoria histórica e intimidad emocional, ‘La hora antes del alba’ retrata la travesía de Alba bajo una feroz dictadura militar. Sola en la mansión familiar, embarazada y aguardando a su amor en la clandestinidad, la joven resiste el acoso y la venganza del cruel coronel Esteban García. Con su característica pluma que oscila entre la crudeza social y el realismo mágico, Isabel contrapone la amenaza del odio a una red inquebrantable de afectos; una vorágine de emociones que demuestra que la vida siempre se abre paso en la oscuridad.
Escuchar a Isabel Allende hablar sobre las entrañas de este libro supuso asistir a una verdadera lección magistral sobre la vida misma. Al abordar la postura de Alba, la protagonista de ‘La hora antes del alba’, de no responder a la violencia con más violencia, algo que se presenta a lo largo de todo el relato, la escritora enlazó la ficción con la herida más dolorosa de su propia biografía: la pérdida de su hija Paula.
“Lo más importante que yo he aprendido es que uno escoge lo que va a sentir. Si tú cambias el relato de tu vida, también puedes cambiar cómo lo enfrentas”, reconoció. Tras el fallecimiento de su hija debido a una negligencia médica, pudo haber cargado para siempre con el rencor, pero comprendió que el odio es un peso que sólo destruye a quien lo lleva dentro: “No puedes cargar con el odio y el resentimiento porque la única que carga con ello eres tú. A los demás no les importa, pero a ti te arruina la vida”. Por consiguiente, perdonar es una elección consciente para no dejar que la amargura te apague jamás.
La independencia de las mujeres no se negocia
Ligada a esa fortaleza espiritual, emergió de forma natural otra de sus grandes verdades: la soberanía de la mujer sobre su propio destino. Recordando su infancia en Chile, una época en la que el concepto de feminismo ni siquiera existía en su entorno –“Yo empecé a ser feminista cuando la palabra no existía en Chile”–, la escritora rememoró cómo nació su rebeldía al ver a su madre arruinada y abandonada con tres hijos pequeños.
“Lo que yo tenía era rabia. Rabia contra la injusticia, contra ver a mi mamá tan vulnerable y pobre en una casa donde los hombres tenían todo y ella, nada”, dice. Su padre se marchó pidiendo la nulidad a cambio de no hacerse cargo de ellos, hasta el punto de que, años después, Isabel tuvo que acudir a la morgue a reconocer un cadáver cuya cara jamás había visto: “No pude reconocer el cadáver de mi papá porque nunca había visto una fotografía suya”, cuenta; fue su padrastro quien lo acabó identificando.
De aquella injusticia nació a sus 12 años una convicción inquebrantable: “Las mujeres tenemos que velar por nosotras mismas. No puedes depender de nadie: ni de un padre, ni de un hermano, ni de tu hijo y mucho menos de tu pareja. Tienes que mantenerte sola”. Hoy, continúa siendo uno de los iconos feministas de la literatura en español.
Un acto de amor y memoria
Siguiendo el hilo del afecto y la ausencia, la charla derivó hacia la forma en que habitamos el desarraigo y el recuerdo. Allende, que conoce bien las grietas del exilio tras abandonar en 1975 Chile para intentar rehacer su vida en Venezuela, responde con sinceridad a la pregunta “¿Qué no entendemos del exilio aquellos que no lo hemos vivido?”: “Se ve con otros ojos, llenos de ideas preconcebidas”. Para ella, “en el exilio, te vas y nunca desarmas la maleta porque siempre estás listo para regresar, mirando hacia el pasado. Cuando emigras, te marchas a otra parte con la idea de empezar una nueva vida, pero dejando todo atrás y poniendo la mirada en el futuro. Yo he sido las dos cosas: exiliada y emigrante”.
Para sanar todas sus heridas y esa distancia entre el pasado, el presente y el futuro, convirtió el realismo mágico en una cotidianidad íntima, en un puente de luz entre los vivos y los ausentes. “Para mí, el realismo mágico no es más que una aceptación de que hay una dimensión misteriosa de la realidad”, nos confesó. No es superstición ni fe en los espíritus, sino el refugio cálido de sentirse sostenida por un amor inagotable de quienes ya no están.
“Uno quiere sentirse más seguro en este mundo y esa seguridad la busca en la espiritualidad. Otra gente la buscará en la superstición o en lo que sea”. Y añade: “Pero ¿cuál es la diferencia entre la superstición y la religión? Religión es lo que tiene uno y superstición es lo que tiene el otro, ¿no es cierto? Idioma es lo que habla uno y diálogo es lo que habla el otro, ¿no? Artesanía es lo que hacen las mujeres y arte es lo que hacen los hombres. ¿Qué decir de la literatura? Cuando uno dice ‘literatura’ a secas, la literatura la escriben los hombres blancos y, cuando se le pone adjetivo, la disminuye”.

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