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"El Fakir", influyente poeta, cuentista y ensayista ecuatoriano
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Palabras en el Homenaje a César Dávila Andrade.
[Este homenaje le debía el país a César Dávila Andrade desde hace mucho tiempo, debía haberse realizado cuando el poeta, en medio de la más grande necesidad física, atormentado por terribles agonías, acosado por la pobreza, caminaba estas mismas calles de Quito y de su corazón brotaba, en los crepúsculos tristes de esta ciudad andina y telúrica, una de las más desgarradas y bellas poesías que se han hecho en el Ecuador en todos los tiempos.
A veces, en la mesa ajena y gris de las habitaciones que no le pertenecían, con un pan que no era de él, en las tabernas de suburbio iluminadas por la ácida noche del alcohol, escribía su más bella poesía. Muchas veces, incontables noches de humanidad y de plazas solitarias, estuve con él; dialogábamos en el amanecer sucio, frío y gris de la incomprensión humana; el poeta, el hermano, se perdería en cualquier recodo que la sombra no terminaba de abandonar.
Este país, donde es tremendo que al poeta se le condene únicamente a la pobreza, a la desesperanza, que se le aleje de las manos los frutos más simples: el pan, el hogar, la sonrisa de los niños, el aire, la alegría, el agua; y en cambio otros pequeños fariseos hayan elevado sobre la pobreza de todos, sus cercadas casas, hayan guardado para ellos los frutos de oro que arranca con sus manos lastimadas el indio esclavizado. Este país donde se ha alambrado la antigua tierra comunitaria y el encomendero y el feudal lo tienen todo, y se deja morir o se obliga a la muerte a los verdaderos creadores de la patria, a los poetas que avizoran la gran aurora humana, terrible y bella.
Este país rinde ahora su homenaje a su mayor poeta, muerto en tierra extranjera, y surgen las tribus de las plañideras; pero pocos, pero casi nadie fue capaz de extenderle la mano a César Dávila Andrade cuando vivía acosado por la gran necesidad del pan y de los símbolos.
Decía mal: no fue la verdadera patria, la bella comarca de cereales y de tumbas, la que no le rindió en vida homenaje al poeta; creo que este homenaje lo rindieron siempre sus humildes y silenciosas gentes, con las cuales siempre estuvo.
Venía César Dávila Andrade de Cuenca, hermosa y dulce tierra hortelana cercada por ríos brillantes, donde quizás la gente, en su forma hogareña de vivir y de reconocerse todos, no tiene tanta incomprensión humana. El paisaje tranquilo, “los siete puentes de rosas”, las tardes dulces con un olor cercano de huertos y eucaliptos, impregnaron con un dulce sentido de retorno sus primeros poemas. Poesía adolescente de inicial descubrimiento del amor y de las cosas, diáfana, profundamente sencilla; se miran las metáforas como esas pequeñas piedrecillas preciosas en el fondo de los arroyos: nada sino una tenue listeza roza la superficie de agua y de canto. Ya en ese entonces César hacía una de las más bellas poesías líricas (…)
Luego de algunos años, el deslumbramiento, la hermosa arquitectura verbal de “Oda al Arquitecto”, “Canción del Tiempo Esplendoroso”, poesía de algún tiempo, canto de madurez, que él recoge y publica en “Espacio me has vencido”, y se coloca así en la primera línea de los mejores poetas ecuatorianos que hacían poesía en ese entonces. Algunos de sus más perdurables poemas están en este libro y crea así César una escuela, una de las tantas que, en su continua renovación, en su perenne buceo, creará (…)
En la poesía panteísta de “Espacio me has vencido”, de identificación con todo lo maravillosamente existente —dioses, cosas y bestias—, César hace una poesía plena de símbolos; su canto adquiere dimensiones y contornos universales; su mágica imaginería crea nuevos nombres para las cosas, nombres que siempre debieron tener y que el poeta descubre de nuevo, porque entre otros grandes fines la poesía tiene este: dar los nombres eternos a los seres.
Y mientras el poeta sigue creando nuevas formas, la vida, la vida desnuda, sobre todo, sigue devastando, quemando como una llama su débil carne humana. Se nutre de miles de experiencias amargas, convive con nuestra gente humilde, aprende los caminos que van de la saliva al alma cuando uno tiene pan; recorre el mapa de la pobreza, viejo como el mundo; llora sobre su ácida piel de abandono.
Desempeña los más humildes oficios: guardián de un penal, paje encargado de llenar una piscina que nunca terminaba de llenarse, paseador del perro mimado de una señora de un poetastro solemne y vacío. En suma, él era casi el personaje de muchos de sus cuentos. Tenía tal cantidad de vida que había devorado a todas sus criaturas, y para sus relatos las extraía de algún olvidado y dolorido pliegue de su propio corazón. Pero también la vida y el dolor le habían dado una gran santidad humana.
Parecía a veces un monje budista o un antiguo constructor de pirámides, ensamblando palabra a palabra, imagen a imagen, sus bellos poemas. Era lector apasionado de textos orientales. Para él, la vida y la poesía eran la misma cosa. En cuadernos escolares llenaba línea a línea, con clara caligrafía, sus deberes de eternidad.
Después advendrán los días de los símbolos terribles, del lenguaje duro que se advierte en “Corteza Embrujada” y en “Arco de Instantes”. “Origen”, quizá el más bello poema de César Dávila Andrade, es un canto sin misericordia, una afirmación de la propia soledad y de la muerte, aunque suavizada por evocaciones de la infancia.
César era el mismo como poeta y como hombre: irrepetible y solo. Su voz se fue sumando al coro de los grandes poetas del dolor humano. Luego volverá a su pueblo con “Boletín y Elegía de las Mitas”, su poema más perdurable, denuncia histórica del sufrimiento indígena y de la patria edificada sobre la humillación.
Debe hablarse también de su obra narrativa: “Abandonados en la Tierra”, “Trece Relatos” y “Cabeza de Gallo”, donde la pobreza, la locura y la muerte adquieren formas estremecedoras, escritas con una maestría implacable y una profunda ternura humana.
Este homenaje no es de muerte, sino de recuerdo. César Dávila Andrade permanece entre nosotros. Volverá con su pueblo humilde, porque somos una vieja raza de lamentos y la muerte no podrá con nosotros.
Hasta tanto duerme, hermano querido, tu largo sueño. Disgrégate, sepárate, renácete.
Hermano, adiós.
Jacinto Cordero Espinosa,
Cuenca, 7 de agosto de 1967.
[ Jacinto Cordero Espinosa en El Guacamayo y la Serpiente, Revista de la Sección de Literatura de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo del Azuay]
Fotografía: César Dávila Andrade.
Ca. Sd.
Archivo Proyecto Fotografía, Historia y Color.
R-PFHC- Proyecto Fotografía, Historia y Color.
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