jueves, 3 de abril de 2025
miércoles, 2 de abril de 2025
LLUEVA, TRUENE O RELAMPAGUEE
EL JUEGO POLÍTICO COMO POLÍTICA PÚBLICA:






QUE PASA CON EL TRANVÍA DE CUENCA
martes, 1 de abril de 2025
El helicóptero: un colibrí entre las máquinas
Una reflexión lírica sobre el helicóptero y la poesía del vuelo. Fue publicada el 26 de mayo de 1948. Además de sus acostumbradas greguerías, el autor incluye una referencia a Las mil y una noches, especialmente a las alfombras mágicas que años más tarde tendrán una aparición estelar en Cien años de soledad junto a los gitanos que llegan a Macondo.
Yo podría decir: ya vienen los helicópteros. Decir que a nuestro paisaje le está haciendo falta su presencia de pájaro fantástico, legendario. Que los niños campesinos sentirán el rumor de su vecindad por el hilo de las cometas. Que lo verán venir, absortos, abanicando el cielo de los árboles, a posarse sobre la tierra recién arada, a la orilla del agua, como un barco descendido.
Recordaría Las mil y una noches. Diría el hechizo de las alfombras mágicas que con sólo oír una voz se llevaban al hombre por encima de los camellos y las montañas. Anotaría que el viajero iba glorioso, bello y transfigurado, por entre las espadas del aire, respirando un olor de lejanía, mientras soltaba su canción luminosa y ancha como un alfanje.
Podría hablar de la aventura del vuelo. Decir que su embriaguez es la revelación de nuestra escondida bondad. Que cuando sentimos el avión suspendido sobre los hombros del aire, descubrimos inesperadamente que aún nos queda la capacidad de angelizarnos. Recordaría entonces las cosas que hemos visto otras veces desde nuestra elevada estatura arcangélica. Hablar de aquella aldea anónima pastoril, que pasó una vez a la orilla de nuestro viaje. Diría que el vientre de la aldea estaba curvado. Lleno de una gravidez frutal, de un silencio que se parecía en algo al de una madre dormida. Que más allá, desenvuelto, estaba el río indispensable. Y que venía mansamente, habitado de racimos y de niños, como si no corriera el paisaje sino por la memoria de la aldea.
Podría recordar ahora, como aquella vez, lo mucho de falsa, de artificial, que había en esa beatitud. Decir que hay un doloroso desequilibrio entre la velocidad de la máquina y la tranquilidad del espíritu. Que el trepidar de los motores, el ansia de la ruta que se va prolongando hacia el atrás como una sed insaciable, no puede proporcionarnos aquella blancura, aquella limpieza del alma.
Podría, ahora sí, volver al helicóptero. Decir que él tiene sobre el avión no sólo las ventajas de que puede anclar a la ribera de un árbol, descender hasta la espalda de la yerba, quedarse suspendido del aire, pensativamente; sino que tiene -y ésta es la principal- la ventaja de lograr la serenidad. Me acordaría de los pájaros y diría que lo poético, lo musical del helicóptero, es lo poco que tiene de máquina y lo mucho que tiene de colibrí.
Yo podría decir todas estas cosas y mucho más, y quedar al final con la desolada certidumbre de no haber dicho nada.
El acordeón, un animal triste
La historia del acordeón: desde sus orígenes inciertos hasta su implementación popular en el valle del Magdalena, en el Caribe colombiano. La nota fue publicada el 22 de mayo de 1948. En ella Gabo introduce un tema determinante para la concepción estética de su universo literario: el vallenato. Un par de décadas después, el escritor dirá que Cien años de soledad, una de sus novelas insignes, “no es más que un vallenato de 450 páginas”.
No sé qué tiene el acordeón de comunicativo que cuando lo oímos se nos arruga el sentimiento. Perdone usted, señor lector, este principio de greguería. No me era posible comenzar en otra forma una nota que podría llevar el manoseado título de «Vida y pasión de un instrumento musical». Yo, personalmente, le haría levantar una estatua a ese fuelle nostálgico, amargamente humano, que tiene tanto de animal triste. Nada sé en concreto acerca de su origen, de su larga trayectoria bohemia, de su irrevocable vocación de vagabundo. Probablemente haya quien intente remontarse por el árbol inútil de una complicada genealogía musical hasta encontrar en no sé qué ignorado sitio de la historia al primer hombre que se despertó una mañana con la necesidad inminente de inventar el acordeón. A nosotros, señor lector, nada de eso nos interesa. Debemos conformarnos con creer que -como todos los vagabundos decentes- este instrumento se presentó ante nuestros ojos sorprendidos sin partida de nacimiento y sin certificado de conducta. Tuvo -esto sí es indudable- una adolescencia disipada, oscura, rayada de amaneceres turbulentos. Sus mejores años discurrieron en el rincón anónimo, subido de vapores, de una taberna alemana. Allí, mientras la cerveza se trepaba por la sangre de los hombres, buscando la cima de la reyerta, él aprendió a decir su musiquita nostálgica, intrascendente, al oído de las mujeres derrumbadas. Él hizo de lino crudo, de cáñamo indómito, el sueño de la hembra a quien le ardía el hipo en el corazón y tenía, sin embargo, la dolorosa certidumbre de que nunca bajaría hasta su cintura.
Así, con esa implacable lección de humanidad, siguió meciendo la fiebre de los suburbios, desdoblando su vientre en todos los puertos como cualquier marinero irremediable. El vals francés pasó por sus pulmones diciendo esa carga de tristeza, esa irreparable melancolía que tumbaba luceros en los ojos de las Mignon y las Margot.
El acordeón ha sido siempre, como la gaita nuestra, un instrumento proletario. Los argentinos quisieron darle categoría de salón, y él, trasnochador empedernido, se cambió el nombre y dejó a los hijos bastardos. El frac no le quedaba bien a su dignidad de vagabundo convencido. Y es así. El acordeón legítimo, verdadero, es este que ha tomado carta de nacionalidad entre nosotros, en el valle del Magdalena. Se ha incorporado a los elementos del folklore nacional al lado de las gaitas, de los «millos», y de las tamboras costeñas. Al lado de los tiples de Boyacá, Tolima, Antioquía. Aquí lo vemos en manos de los juglares que van de ribera en ribera llevando su caliente mensaje de poesía. Aquí está con su vieja vestimenta de marinero sin norte. Como sé que no le faltan enemigos, he querido escribir esta nota que tiene principio y tendrá final de greguería.
Oiga usted el acordeón, lector amigo, y verá con qué dolorida nostalgia se le arruga el sentimiento.